HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN VICENTE DE PAÚL
Domingo 27 de septiembre de 2026 – Misa de las 19:00 horas
«San Vicente de Paúl: un reflejo de la luz de Cristo que sigue iluminando al mundo»
Queridos hermanos y hermanas: Hoy celebramos con alegría la fiesta de San Vicente de Paúl, quien supo reconocer el rostro de Jesucristo en los pobres, los enfermos y los abandonados. Su vida nos recuerda que el amor de Dios no puede quedarse solamente en las palabras: debe manifestarse en nuestras obras. El Evangelio nos presenta a dos hijos invitados a trabajar en la viña de su padre. Uno promete ir, pero no cumple; el otro se niega inicialmente, pero se arrepiente y va. Esta Palabra nos ayuda a comprender la vida de San Vicente, quien respondió a la llamada del Señor entregándose al servicio de la Iglesia y de los más necesitados.
- Un niño campesino que llegó a ser padre de los pobres
San Vicente nació el 24 de abril de 1581 en Pouy, una pequeña aldea del suroeste de Francia, cerca de Dax. Procedía de una familia campesina de recursos modestos. Desde niño ayudó a sus padres en los trabajos del campo y cuidando los animales. Conoció las largas jornadas de trabajo y las dificultades de quienes cultivaban la tierra para llevar el pan a sus hogares. Sus padres hicieron importantes sacrificios para que pudiera estudiar. Fue ordenado sacerdote el 23 de septiembre de 1600, cuando tenía 19 años.
Su vida fue también un camino de conversión. Inicialmente buscaba cierta seguridad económica que le permitiera ayudar a su familia. Sin embargo, el encuentro con los campesinos abandonados, los enfermos y las personas empobrecidas transformó profundamente su sacerdocio. Aquel niño que había trabajado la tierra con sus padres terminaría cultivando otra tierra: el corazón de las personas, donde sembró la buena semilla del Evangelio.
- Del Faro de Alejandría al Faro de Belén
La vida de San Vicente nos ofrece una hermosa imagen para comprender la santidad: el famoso Faro de Alejandría. Hace más de 2.300 años, el rey Ptolomeo I Sóter ordenó construir, en la isla de Faro, a la entrada del puerto de Alejandría, una enorme torre que fue terminada durante el reinado de su hijo Ptolomeo II. Su construcción se atribuye tradicionalmente al arquitecto griego Sóstrato de Cnido.
Aquel monumento, considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, orientaba a los navegantes durante las noches oscuras, les advertía de los peligros de la costa y los ayudaba a encontrar una entrada segura al puerto. Durante siglos, su luz guio a las embarcaciones, hasta que los terremotos acabaron destruyendo aquella extraordinaria construcción.
Pero hubo otra luz que nació en la humildad de Belén y que jamás se apagará: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. En aquella noche santa, cuando María dio a luz al Salvador y lo recostó en un pesebre, comenzó a resplandecer para toda la humanidad una luz que ninguna oscuridad puede vencer. Belén se convirtió en un faro para todos los pueblos: el Faro de Belén, cuya luz es Jesucristo, el Salvador del mundo, una luz que nunca se apaga. Jesús mismo nos dice: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).
A diferencia del Faro de Alejandría, que terminó destruido, la luz del Faro de Belén permanece para siempre. Es Cristo, nuestro Salvador, quien nos orienta en medio de las tempestades de la vida y nos conduce al puerto seguro del amor del Padre. Los santos han recibido esa luz de Cristo y la reflejan con sus obras. San Vicente fue uno de esos faros: iluminó la vida de los pobres y los abandonados, disipando las tinieblas de la indiferencia. Aunque han transcurrido más de tres siglos desde su muerte, su testimonio continúa llegando hasta nosotros.
- Los jóvenes, llamados a reflejar la luz de Cristo
El pasado viernes, el papa León XIV se encontró con unos 80.000 jóvenes en el Stade de France, en Saint-Denis, cerca de París. Durante aquella vigilia de oración se recordó la vida de numerosos santos de Francia, entre ellos San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac. El Santo Padre animó a los jóvenes a seguir a Cristo sin miedo y a comprometerse con el amor y el servicio a los demás.
Este encuentro nos recuerda que la santidad no pertenece solamente al pasado. También nuestros jóvenes están llamados a continuar la obra de San Vicente, llevando la luz de Cristo a quienes viven en la pobreza, la soledad y la desesperanza. Como nos dice Jesús: «Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,14).
- San Vicente supo organizar la caridad
En agosto de 1617, siendo párroco de Châtillon, San Vicente recibió la noticia de que una familia estaba gravemente enferma y no tenía quién la atendiera. Durante la predicación dominical, compartió aquella necesidad con sus feligreses. Numerosas mujeres acudieron con alimentos y ofrecieron su ayuda. Pero observó que toda aquella generosidad llegaba el mismo día y que podía faltar en los siguientes. Comprendió entonces que la caridad necesitaba organización y perseverancia. Así nació la primera Cofradía de la Caridad, con turnos establecidos para atender a los enfermos y procurarles asistencia material y espiritual.
El papa Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas est, especialmente en el número 20, nos recuerda que el amor al prójimo es responsabilidad de cada cristiano y de toda la comunidad eclesial. ¡Qué importante es esta enseñanza para nuestras comunidades! No basta con entregar alimentos una vez. Necesitamos acompañar a las familias, visitar a los enfermos, atender a los ancianos que viven solos y ayudar a quienes no encuentran trabajo. La caridad cristiana debe ser generosa, organizada y perseverante.
- Una gran familia vicentina en el mundo y en Paraguay
El carisma de San Vicente continúa vivo en la Congregación de la Misión, fundada en 1625; las Hijas de la Caridad, fundadas junto con Santa Luisa de Marillac en 1633; y numerosas asociaciones de laicos y jóvenes que comparten su misión de evangelizar y servir a los pobres.
En Paraguay, recordamos con gratitud a los Padres Lazaristas, quienes contribuyeron a la reconstrucción espiritual del país después de la Guerra de la Triple Alianza. El 4 de abril de 1880, hace 146 años, fue reabierto el Seminario Conciliar de Asunción, cuya dirección les fue confiada. Entre sus primeros seminaristas estuvo Juan Sinforiano Bogarín, futuro obispo del Paraguay.
Saludamos a toda la Familia Vicentina presente en nuestro país. Que su testimonio siga ayudándonos a reconocer el rostro de Cristo en los más necesitados y a comprometernos con su dignidad.
- San Vicente, fiel a la llamada del Señor para trabajar en su viña
San Vicente trabajó incansablemente en la viña de la Iglesia, anunciando el Evangelio y convirtiéndose también en un gran sostén de la vida del clero. Promovió la formación sacerdotal, organizó retiros para quienes se preparaban a recibir las órdenes sagradas e impulsó las conocidas Conferencias de los Martes, en las que los sacerdotes compartían sus experiencias, profundizaban en su vocación y se animaban mutuamente en el ministerio.
Como los discípulos de Jesús y tantos santos a lo largo de la historia, conoció incomprensiones, críticas y resistencias, incluso dentro de la propia Iglesia. Sin embargo, no permitió que aquellas dificultades lo apartaran de su misión. Tenía un carácter firme, sabía defender sus convicciones y perseveraba cuando encontraba obstáculos, pero aprendió a dominar sus reacciones, a escuchar y a responder con humildad, sin alimentar rencores ni convertir las diferencias en enemistades.
El Evangelio nos recuerda que no basta con decir sí a la llamada de Dios: debemos cumplir su voluntad. San Vicente lo hizo mediante una fidelidad perseverante, incluso cuando el camino se volvía difícil. El profeta Ezequiel nos enseña que siempre es posible arrepentirse y cambiar de vida. Y san Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, a no actuar por rivalidad ni presunción y a buscar el bien de los demás. Ante las incomprensiones y los conflictos, estamos llamados a escucharnos, perdonarnos y continuar trabajando unidos en la viña del Señor.
- La caridad y los desafíos de nuestro Paraguay
En el Paraguay de hoy, como en la Francia de los tiempos de San Vicente, encontramos profundas desigualdades e injusticias. Nuestro país ha recibido muchas luces a través de sus santos, de sus hombres y mujeres de fe y de tantas personas que trabajan silenciosamente por los demás. Sin embargo, todavía vivimos en una especie de penumbra, marcada por la corrupción, la impunidad, las injusticias y tantos atropellos contra la dignidad humana.
Hay familias sin trabajo digno, enfermos que necesitan medicamentos, niños que sufren hambre, ancianos abandonados, migrantes y personas que viven en asentamientos sin los servicios indispensables. Cuando se desvían recursos destinados al bien común, cuando la justicia no llega a todos por igual o cuando los más vulnerables quedan desprotegidos, se oscurece la vida de nuestra sociedad. No podemos acostumbrarnos a estas situaciones ni permanecer indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos.
San Vicente nos enseña que la caridad no consiste solamente en aliviar las consecuencias de la pobreza, sino también en comprometernos con la dignidad de las personas. Nuestras parroquias, las organizaciones vicentinas, Cáritas y las demás instituciones de servicio están llamadas a trabajar en comunión, promoviendo una solidaridad organizada y perseverante. Necesitamos también instituciones transparentes, una justicia independiente y autoridades que administren responsablemente los bienes públicos, al servicio de todos y especialmente de los más necesitados.
Que las luces de tantos hombres y mujeres que han trabajado por nuestro Paraguay no queden opacadas por las sombras de la corrupción y la injusticia. Como San Vicente, estamos llamados a llevar la luz de Cristo allí donde se vulnera la dignidad humana, a construir puentes de reconciliación y a trabajar por una sociedad más fraterna, justa y solidaria. La caridad no sustituye a la justicia; nos impulsa a promoverla y a comprometernos con el bien común.
- La Eucaristía, fuente de nuestra caridad
San Vicente falleció en París el 27 de septiembre de 1660, a los 79 años, después de una vida fecunda dedicada a la evangelización, la formación sacerdotal y el servicio a los pobres. Su obra continúa viva y nos invita a seguir sus pasos.
Al celebrar esta Eucaristía, contemplamos a Jesucristo, que se entrega por nosotros y nos enseña a entregar nuestra vida por los demás. Él es la luz que nunca se apaga y la fuente de toda santidad. Que San Vicente de Paúl interceda por nuestra Iglesia y nos ayude a construir comunidades donde nadie se sienta abandonado. Que nos conceda un corazón sensible ante el sufrimiento, manos generosas para servir y sabiduría para organizar una caridad que permanezca y dé frutos.
Que nuestros jóvenes descubran que también ellos están llamados a ser santos y a iluminar con sus buenas obras la vida de sus familias, de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. Que María Santísima, Madre de los pobres y consuelo de los afligidos, acompañe a toda la Familia Vicentina de Paraguay y del mundo.
Card. Adalberto Martinez Flores
27 de septiembre de 2026
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