Homilía — Fiesta de la Virgen de Fátima y Confirmación de adultos

Lecturas: Isaías 61,9-11; Salmo 44,11-12.14-17; Lucas 11,27-28.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando nos invitan a una fiesta, suelen pedirnos que confirmemos la presencia. Así el anfitrión calcula cuántas sillas preparar y cuánta comida servir. Porque si todos confirman y después faltan, ¡le queda comida para toda la semana! Esta tarde, nuestros hermanos y hermanas confirmandos sí han venido, con sus mejores atuendos y después de prepararse en la catequesis para conocer más a Jesús. En esta celebración harán algo más que confirmar su asistencia: recibirán el sacramento que fortalece su fe y serán ungidos con el santo crisma, sello del don del Espíritu Santo.

Celebramos con alegría la fiesta de nuestra comunidad parroquial, bajo la advocación de la Virgen de Fátima. Bajo el celestial manto de la Virgen Santa hay un lugar para cada uno de sus hijos e hijas. La Palabra de Dios nos ayuda a descubrir que, en esta celebración, la imagen de la vestimenta une las lecturas, a María y a nuestros confirmandos.

El profeta Isaías proclama: «Yo desbordo de alegría en el Señor, mi alma se regocija en mi Dios» (Is 61,9-11). Y expresa el motivo de esa alegría: Dios lo ha revestido con las vestiduras de la salvación y lo ha envuelto con el manto de la justicia. No se trata de un adorno exterior, sino de una vida transformada por Dios, una vida en la que germinan la justicia y la alabanza.

El salmo nos presenta a una hija vestida con brocado y conducida ante el rey: «Embellecida con corales engarzados en oro y vestida de brocado, es llevada hasta el rey» (Sal 44,11-12.14-17). Es la imagen de una reina adornada para entrar en el palacio. La liturgia nos invita a contemplar en ella también la belleza de María, que no consiste solamente en lo que aparece por fuera, sino en su fe, en su escucha y en su disponibilidad para Dios.

María es la mujer «vestida del sol» que aparece en el libro del Apocalipsis (Ap 12,1). Y podemos llamarla, con una imagen de fe, «vestida de la Palabra»: la Palabra habitó en ella y tomó carne en su seno. Si el salmo habla de una hija vestida con brocado, podríamos decir que María está revestida por la presencia del Espíritu Santo: no con un tejido material, sino con la gracia y la vida de Dios. Su mejor adorno es Cristo, el Hijo prometido, la Palabra viva que bajó del cielo. Por eso podemos contemplarla también como una torre firme, enteramente revestida de la Palabra: la escuchó, la guardó en su corazón y la llevó al mundo.

En Fátima, los pastorcillos describieron a la Virgen como una Señora vestida de blanco y más brillante que el sol. Esa luz nos ayuda a comprender que la verdadera belleza de María viene de Dios y señala a Jesús.

A María la llamamos tradicionalmente «Esposa del Espíritu Santo». Esta expresión no habla de un matrimonio humano ni de una unión física. Expresa la relación única de María con el Espíritu. En la Anunciación, el ángel le dice: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). Esa sombra no significa oscuridad ni que María quede escondida. En el lenguaje de la Biblia, la nube es signo de la presencia de Dios que acompaña y habita en medio de su pueblo; así ocurrió cuando la nube cubrió la Tienda del Encuentro (Ex 40,34-35). María queda cubierta por la presencia fecunda de Dios y acoge, con fe y libertad, la misión de ser Madre de Jesús. Su respuesta es: «Que se cumpla en mí tu palabra».

Queridos confirmandos: ustedes también han venido con sus mejores atuendos, pero la vestimenta más importante es la que Dios quiere darles por dentro. Hoy el Espíritu Santo fortalecerá en ustedes la gracia recibida en el Bautismo y los revestirá de su fuerza para ser testigos de Jesús. La Confirmación no es una graduación de la fe ni el final de la catequesis. Es un nuevo impulso para vivir como discípulos en la familia, en el trabajo, en la comunidad y en la sociedad. El cristiano no se jubila de la misión.

San Juan XXIII fue elegido Papa a los 76 años. A los 80 convocó y abrió el Concilio Vaticano II, invitando a la Iglesia a renovar su vida y su lenguaje para anunciar mejor el Evangelio al mundo de su tiempo. Su edad no le impidió ofrecer a la Iglesia un nuevo servicio.

El papa Francisco también nos ayudó a comprender que la misión cristiana no tiene edad de jubilación. En una homilía de 2019 dijo: «El cristiano no se jubila nunca». No quería decir que todos debamos mantener las mismas tareas o el mismo ritmo durante toda la vida. Nos recordaba que el Espíritu Santo sostiene en nosotros una juventud interior: aun cuando cambian nuestras fuerzas y responsabilidades, siempre podemos orar, dar testimonio, acompañar y servir.

El Evangelio nos muestra a una mujer que proclama la dicha de María: «¡Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!». Jesús responde: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» (Lc 11,27-28). Jesús no disminuye la grandeza de su Madre; nos revela el secreto de su felicidad. María escuchó la Palabra, confió en ella y la puso en práctica. La llevó primero en su corazón y después en su seno.

En la última aparición de Fátima, el 13 de octubre de 1917, María se presentó como la Señora del Rosario y pidió que se siguiera rezando el Rosario todos los días. También dejó un llamado serio a la conversión: «¡No ofendan más a Nuestro Señor, que ya está muy ofendido!». Es una invitación a volver a Dios y a pedir perdón; a construir la paz en lo concreto de cada día y a llevar la luz del Evangelio a las oscuridades causadas por las ofensas que persisten en nuestra sociedad.

Oremos también por la salud del Santo Padre, el papa León XIV, sucesor de Pedro. Jesús confió a Pedro la misión de fortalecer en la fe a sus hermanos: «Confirma a tus hermanos» (Lc 22,32). Pidamos que el Señor sostenga al Papa en su servicio y que, con su palabra y su testimonio, nos ayude a permanecer firmes en la fe.

Que la Virgen de Fátima acompañe a esta comunidad parroquial y a quienes hoy reciben la Confirmación. Que nos enseñe a escuchar la Palabra, como ella la escuchó; a recibir al Espíritu Santo con disponibilidad, y a llevar a Jesús a los demás con nuestras palabras y nuestras obras. Que nuestros atuendos festivos nos recuerden que Dios quiere revestirnos de salvación, justicia y.

Card. Adalberto Martínez Flores

13 de octubre de 2026