Hermanas y hermanos, hoy damos gracias a Dios por los 67 años del natalicio al cielo de la Beata María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga, que partió al Padre en la madrugada del 28 de abril de 1959, con apenas 34 años. Fue de madrugada, cuando todavía había sombras, y qué hermoso contemplarlo con ojos de fe: atravesó la noche del dolor y de la agonía para nacer en la claridad del Resucitado y contemplar a Dios cara a cara. Lo que parecía ocaso fue aurora; lo que parecía muerte fue Pascua. No murió en la noche; atravesó la noche para amanecer en Dios.

Su enfermedad —primero hepatitis y luego aquella dolorosa púrpura que agravó su estado— no fue solo una prueba: fue también su último ofertorio. Su agonía fue oración; su vida fue ofrenda hasta el final. Aquella joven que amó profundamente al Señor, especialmente en los pobres, en los pequeños y en los más vulnerables, hizo de toda su existencia una oblación agradable a Dios. Como el pan y el vino presentados sobre el altar, también ella fue presentada al Padre. Su juventud, sus alegrías, sus sufrimientos y su enfermedad fueron colocados en las manos de Dios. Su vida entera fue ofertorio; su muerte, consumación de esa ofrenda.

En aquella noche santa pidió escuchar: “Muero porque no muero.” Y luego brotó de sus labios aquella confesión de amor: “¡Jesús, te amo! ¡Qué dulce encuentro! ¡Virgen María!” Allí está condensada su visión de la muerte: encuentro, Pascua, plenitud. También en la enfermedad escribía: “Ya estoy esperando a Jesús… sólo espero cumplir su voluntad.” Así entendía el tránsito: dejarse encontrar por Aquel a quien había amado toda la vida.

Qué providencial que su partida ocurriera en pleno tiempo pascual, nueve días antes de la Ascensión y en camino hacia Pentecostés. Como si la luz del Resucitado abrazara su tránsito. Y por eso la Palabra hoy parece escrita para iluminar su vida. San Pablo proclama: “¡Ay de mí si no evangelizara!”  . Ese ardor lo vivió desde la Acción Católica, aprendiendo a vertebrar la cristiandad, saturando de Cristo todos los ámbitos de la sociedad, comenzando por los corazones.

Evangelizar, para Chiquitunga, era dejar que Cristo impregnara la cultura, la familia, el trabajo, la amistad, la vida social. Por eso decía: “En todos los trabajos que estoy realizando trato de poner el sello de nuestro espíritu cristiano, porque quiero que todo se sature de Cristo.” ¡Qué programa de vida tan actual! No sólo una mística interior, sino una espiritualidad que transforma la historia.

Cuando Pablo dice: “Me hice todo para todos para salvar a algunos,” vemos reflejada su existencia. Ella misma escribió: “En medio de todo, yo siento que el apostolado, ya sea de oración o de acción, ésa es mi vocación.” Como Marta y María a la vez: contemplación y misión, silencio y apostolado, oración y servicio. Y con radicalidad añadía: “Mi consagración al Señor está hecha; ya nada me pertenece, ni me pertenezco.” Allí está el secreto de su libertad.

Su nombre religioso —de Jesús Sacramentado— resume toda una vida eucarística. De ahí brota su oración ardiente: “Dame fuerzas para la lucha y dame sobre todo mucho, mucho amor… hazme una verdadera apóstol.” En el Pan vivo aprendió a hacerse pan partido para los demás. Toda su existencia parece resumirse en su lema: “¡Todo te ofrezco, Señor!” No como simple jaculatoria, sino como programa de vida.

Y en esa intimidad con Cristo Eucaristía brota este precioso poema suyo, verdadero canto de amor: “¡Qué bien se está, Jesús, cuando se está contigo! / Las rodillas al suelo y los brazos en cruz; / media noche y rodeada de misterio, / sólo el alumbrar de algunas estrellas la luz. ¡Qué bien se está, Jesús, cuando se está contigo! / Reclinada la frente sobre tu pecho, ¡así! / y mientras van pasando las horas más sublimes, / como el perfume suave de aquel blanco jazmín. ¡Qué bien se está, Jesús, cuando se está contigo! / ya casi no se escucha latir el corazón, / y van callando, una a una, las plegarias / en los labios que estrujan besándote en la cruz.”

Aquí está el corazón de Chiquitunga. Aquí está la fuente de su santidad. No nace primero del esfuerzo heroico, sino de la amistad con Jesús. De estar con Él. De reclinar la frente sobre su pecho. De dejar que la oración se vuelva perfume, como ese blanco jazmín del que ella habla, y que el amor se vuelva ofrenda.

Y quizás por eso su vida tuvo esa fragancia de Evangelio que sigue llegando hasta nosotros. No es casual que aparezca la imagen del jazmín: su santidad tiene perfume. El perfume de una vida escondida en Cristo. El perfume de quien aprendió que qué bien se está con Jesús cuando se está con Él. Y tal vez por eso, quien pasó la vida reclinada sobre el pecho de Cristo, pudo en la hora final suspirar hacia el cielo eterno para contemplarlo cara a cara.

Hermanas y hermanos, celebrar la vida de Chiquitunga es celebrar la gran esperanza, la esperanza que ha representado su profunda unión con Dios. Su testimonio ha sido para nuestro pueblo una verdadera medicina espiritual en tiempos de heridas y cansancios del alma; una inspiración para aferrarnos al Amor de los amores, Cristo crucificado y resucitado, y no rendirnos ante las tribulaciones.

Desde aquel 23 de junio de 2018, cuando fue elevada a los altares, esta atleta de Dios, desde el podio de la santidad, encendió una antorcha en el corazón nacional. Ha despertado esperanza, ha tocado la vida de tantos jóvenes, ha suscitado caminos de entrega. Su testimonio sigue derramando, como aroma de jazmines de santidad, una fragancia evangélica sobre nuestro pueblo.

En medio de los sufrimientos físicos y espirituales de nuestro tiempo, su santidad aparece como verdadera medicina espiritual contra el desaliento y la desesperanza, contra el egoísmo y el desamor. Porque ella no se rindió ante las pruebas; no cedió ante la dificultad; se aferró a Cristo, y nos enseña a hacer lo mismo.

Y hoy resuenan también las palabras del profeta Jeremías: “El Señor extendió su mano, tocó mi boca y me dijo: yo pongo mis palabras en tu boca… para arrancar y derribar… para edificar y plantar.” También el Señor tocó el corazón de Chiquitunga con la brasa ardiente de su amor. Con ese toque divino pudo arrancar obstáculos, derribar miedos, edificar santidad y plantar semillas de Evangelio, de fe, esperanza y caridad en tantos corazones.

Ella misma decía: “Quiero abarcar todo.” No por ambición, sino por caridad apostólica. Quería llevar consuelo, irradiar una sonrisa, dejar un rayito de luz donde estuviera. Y cuánto consuelo trae escucharla decir: “Que tenga a flor de labios siempre una canción y una sonrisa… y te diga: Gracias, Señor.” ¡Eso es santidad! Acción de gracias en medio de las pruebas.

También confesaba: “No veo mi felicidad fuera de una entrega total de abnegación y sacrificio… por la gloria de Dios y salvación de las almas.” Aquí está la lógica del Evangelio vivida hasta el fondo.

El Evangelio de hoy resuena entonces con fuerza nueva: “El que no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo.” Ella no sólo escuchó esa palabra; la vivió. Su cruz no fue estéril; fue fecunda. Qué imagen guardar hoy en el corazón: una joven carmelita, consumida por la enfermedad, pero encendida en el amor, suspirando hacia el cielo eterno, atravesando la noche para amanecer en Dios. No murió solamente una religiosa; nació al cielo una enamorada de Cristo. Su tránsito fue Pascua. Su último suspiro fue encuentro. Su muerte fue una homilía viva sobre la esperanza.

Pidamos entonces que también nosotros aprendamos a hacer de la vida un ofertorio agradable a Dios, a saturar de Cristo todos los ámbitos de la sociedad, a no rendirnos ante las tribulaciones, a caminar con esperanza, y a dejarnos fortalecer por esa verdadera medicina espiritual que es el testimonio de los santos.

Que como Chiquitunga tengamos una canción en los labios, una sonrisa en el rostro, el Evangelio en el corazón y el amor de Cristo como centro de todo; y que podamos repetir con ella, renovando nuestra ofrenda cotidiana: “¡Todo te ofrezco, Señor!”

Beata María Felicia de Jesús Sacramentado, inspiración de santidad para nuestro pueblo, enséñanos a vivir como ofrenda, a ser apóstoles, a dejarnos inundar por el aroma de los jazmines de la santidad, y a decir cada día contigo: “¡Todo te ofrezco, Señor!” Ruega por nosotros. Amén.

Asunción, 28 de abril de 2026

 

✠ Adalberto Cardenal Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano de Asunción