SANTA MISA
HOMILÍA
FIESTA DE LA CANDELARIA 2026
Parroquia Nuestra Señora de la Candelaria
Hermanas y hermanos en el Señor: Hoy la Iglesia nos reúne con profunda alegría para celebrar la Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, la Purificación de María y el encuentro con Jesucristo, Luz verdadera que viene a iluminar a todos los pueblos. Es la fiesta de la luz, simbolizada en las velas que llevamos en nuestras manos; es la fiesta de la familia, representada en la Sagrada Familia de Nazaret; es la fiesta de la esperanza, encarnada en Simeón y Ana, dos ancianos que supieron esperar durante toda su vida el cumplimiento de las promesas de Dios. Todos ellos tenían algo en común: confiaban plenamente en el Señor, perseveraban en la fe, no se dejaban vencer por el cansancio ni por la decepción, y buscaban cumplir la voluntad de Dios con humildad y fidelidad. Hoy también nosotros somos parte de esta gran familia de Dios. Venimos con nuestras luces y con nuestras sombras, con nuestras alegrías y con nuestros dolores, con nuestras esperanzas y con nuestras preocupaciones. Y en medio de todo, María nos presenta a su Hijo, la Luz del mundo, para que ilumine nuestra vida personal, familiar, social y comunitaria.
En el centro de esta celebración se encuentra la Virgen Santa, María, Madre de la Luz. Ella llevó en su vientre al Hijo eterno del Padre, lo cuidó con ternura, lo acompañó con fidelidad y lo ofreció al mundo. Jesús no vino para quitarle dignidad al ser humano, sino para restaurarla, para sanarla, para coronarnos de dignidad, de esperanza y de vida nueva. María es mujer de fe, de escucha atenta de la Palabra, de silencio fecundo, de obediencia confiada. Ella no se guarda la luz para sí, no la esconde, no la privatiza. La comparte, la entrega, la multiplica. Nos enseña que la fe verdadera no se encierra en el templo ni se reduce a prácticas externas, sino que se transforma en vida, en servicio, en testimonio, en compromiso cotidiano.
Pero junto a la luz, hoy escuchamos también una palabra que atraviesa el corazón: la profecía de Simeón. “Este niño será signo de contradicción… y a ti, una espada te atravesará el alma”. María, Madre de la Luz, se convierte también en Madre de los Dolores. Desde ese momento comienza un camino silencioso de sufrimiento que culminará al pie de la cruz. Ella comprende las espinas clavadas en la cabeza de su Hijo, comprende los golpes, las burlas, el desprecio, el cuerpo herido, el costado traspasado, la soledad y el abandono. Comprende el dolor del Hijo que llevó en su vientre, que alimentó con su propio cuerpo, que sostuvo en sus brazos y que guardó siempre en su corazón. Por eso María entiende nuestros dolores. No es una madre distante ni indiferente. Es una madre que ha llorado, que ha sufrido, que ha experimentado la angustia y la incertidumbre, pero que nunca perdió la fe ni la esperanza. Es una madre que confía en Dios incluso cuando todo parece oscuro.
Hoy María también contempla con mirada maternal los dolores de nuestro tiempo y las heridas profundas de nuestro pueblo. Ella no mira desde lejos ni con indiferencia. Ella se detiene, escucha, acompaña y sufre con sus hijos. Como Madre, siente en su propio corazón las espinas que hieren a nuestra sociedad. Ve las espinas de las desapariciones de personas, de tantos hermanos y hermanas cuyo paradero se desconoce, de familias que viven en la angustia permanente, en la incertidumbre y en el dolor silencioso de no saber dónde están sus seres queridos. Ve el sufrimiento de madres, padres, hijos y esposos que buscan verdad, justicia y consuelo.
Ella ve también las espinas del tráfico de niños, de personas, de la trata humana, de la explotación y del comercio de la dignidad, donde el ser humano es reducido a objeto, a mercancía, a instrumento de intereses oscuros. Ve el drama del tráfico de órganos, de la venta del cuerpo, de la violación sistemática de la vida y de los derechos más sagrados. Contempla las espinas punzantes de las sustancias adictivas, especialmente de las drogas, que atrapan a tantos jóvenes y adultos, destruyen familias, apagan sueños, rompen proyectos de vida, debilitan comunidades enteras y generan violencia, pobreza y desesperación.
María ve también las heridas causadas por la corrupción, por la injusticia, por el abuso de poder, por la mentira, por la falta de transparencia, por el desprecio al bien común. Son clavos que crucifican la confianza pública, que hieren la credibilidad de las instituciones, que debilitan la convivencia social y que lastiman profundamente el alma de la nación. Son clavos que crucifican la esperanza, que generan desconfianza, que fomentan el desencanto, que empujan a muchos al individualismo, al resentimiento y a la indiferencia. Son heridas abiertas en el aquí y ahora de nuestra historia, heridas que reclaman sanación y reconciliación.
En este contexto iluminado por la Palabra de Dios y por la presencia maternal de María, resuena con fuerza el lema que guía nuestro caminar pastoral este año: “Denles ustedes de comer”. Estas palabras de Jesús no son solamente una respuesta ante una multitud hambrienta, sino una enseñanza permanente para sus discípulos y para toda la Iglesia. Jesús ve a la gente cansada, hambrienta, desorientada, necesitada. No la ignora, no la desprecia, no la despide. Se compadece. Se acerca. Y luego desafía a sus discípulos: “Denles ustedes de comer”. Con estas palabras, el Señor los invita a pasar de la simple observación al compromiso, de la comodidad a la responsabilidad, del egoísmo a la solidaridad.
Los discípulos, como muchas veces nosotros, responden con excusas: “No tenemos más que cinco panes y dos peces”, “no alcanza”, “es poco”, “no podemos”, “no es suficiente”. Jesús, sin embargo, no se detiene en la escasez. Toma lo poco, lo bendice, lo parte y lo multiplica. Así nos enseña que, cuando ponemos en sus manos lo que somos y lo que tenemos, Él lo transforma en bendición para muchos.
Esta escena del Evangelio se ilumina hoy con la Presentación del Señor en el Templo. María y José ofrecen a Jesús al Padre. Ofrecen lo mejor que tienen: su propio Hijo. No se guardan nada. No se reservan nada. Lo entregan todo. Así nos enseñan que el verdadero amor siempre sabe ofrecer, compartir y confiar.
Simeón y Ana, por su parte, reconocen en ese Niño al Salvador, a la Luz del mundo, al cumplimiento de las promesas. Su alegría no es egoísta ni cerrada. Es una alegría que se convierte en anuncio, en testimonio, en servicio. Ellos muestran que quien encuentra a Cristo no puede guardarlo solo para sí, sino que debe comunicarlo con la vida.
“Denles ustedes de comer” significa entonces alimentar el cuerpo y el espíritu, la vida material y la vida interior, la necesidad inmediata y la esperanza profunda. Significa dar pan, pero también dar dignidad. Dar alimento, pero también dar escucha. Dar ayuda, pero también dar acompañamiento. Dar respuestas, pero también abrir caminos. Significa luchar contra el hambre, contra la pobreza estructural, contra la exclusión social, contra la ignorancia, contra la violencia y contra la corrupción. Significa trabajar por una educación integral, por una salud accesible, por un trabajo digno, por una vivienda segura, por una sociedad más fraterna y solidaria.
En la fiesta de la Candelaria, este llamado adquiere una luz especial. Cristo es presentado como Luz para iluminar a las naciones. Pero esa luz quiere pasar por nuestras manos, por nuestros gestos, por nuestras decisiones. No es una luz pasiva. Es una luz que calienta, que orienta, que sana, que transforma.
María es la primera que vive este mandato. Ella da de comer a Jesús con su cuerpo y con su amor. Lo alimenta, lo protege, lo educa y lo acompaña. Pero también nos enseña a alimentar a los demás con ternura, con paciencia, con respeto y con compromiso. Su maternidad no es posesiva, sino generosa. No es cerrada, sino abierta al servicio.
Este lema nos invita también a revisar nuestras actitudes personales y comunitarias. ¿Somos una Iglesia que reparte o que acumula? ¿Que comparte o que reserva? ¿Que se acerca o que se aleja? ¿Que incluye o que excluye? ¿Que acompaña o que juzga? “Denles ustedes de comer” nos pide una Iglesia cercana, samaritana, misericordiosa, comprometida con la realidad concreta de su pueblo.
Dar de comer hoy significa también trabajar por estructuras más justas, por políticas públicas que protejan la vida, por instituciones transparentes, por una economía al servicio de la persona, por una educación que forme en valores, por una cultura del cuidado y del encuentro. No se trata solo de asistencia, sino de transformación social inspirada en el Evangelio.
La carta a los Hebreos nos recuerda que Jesús quiso ser de nuestra misma sangre para liberarnos del miedo, del pecado y de la muerte. Se hizo nuestro hermano para salvarnos. Se hizo pobre para enriquecernos. Se hizo pequeño para engrandecernos. Se hizo servidor para enseñarnos a servir. Y María es nuestra Madre. Ella nos sostiene cuando el camino se hace difícil, cuando nos cansamos, cuando dudamos, cuando sentimos que no podemos más.
Simeón y Ana nos enseñan también la perseverancia, la paciencia y la confianza. Esperaron toda la vida. No se rindieron. No se amargaron. No perdieron la esperanza. Y Dios los recompensó. En un mundo marcado por la prisa y el descarte, ellos nos recuerdan que la esperanza se construye con fidelidad cotidiana.
La espada que atravesó el corazón de María también nos interpela hoy. Nuestros pecados personales y sociales, nuestras omisiones, nuestras indiferencias, nuestras injusticias, siguen hiriendo el corazón de Cristo y de su Madre. Por eso somos llamados a una conversión verdadera: a cambiar el corazón, las actitudes, las prioridades, los estilos de vida y las relaciones. Dios es fuerte en misericordia y nos pide ser misericordiosos. Las obras de misericordia son el camino concreto del Evangelio.
¿Qué significa llevar una vela a casa en esta fiesta? Significa que no podemos esconder la fe. Que no podemos apagar la esperanza. Que no podemos vivir como si Cristo no existiera. Cada bautizado es una pequeña llama. Cada familia es un faro. Cada comunidad es un signo de luz. Estamos llamados a iluminar con la verdad, con la justicia, con la solidaridad, con la ternura y con la coherencia de vida.
Queridos hermanos, la Virgen de la Candelaria es Madre de la Luz, Madre de la Esperanza, Madre de los Dolores y Madre de la Misericordia. Ella camina con nosotros, sostiene nuestra fe y nos enseña a amar. Que nos ayude a vivir con fidelidad el lema de este año: “Denles ustedes de comer”. Que nos forme como discípulos comprometidos con el bien común. Que nos haga constructores de una sociedad más justa, fraterna y solidaria. Que mantenga encendida en nosotros la llama del Evangelio, para que nunca falte la luz en nuestras familias, en nuestras comunidades y en nuestro país.
Que María, Santa María del Camino, nos acompañe siempre.
Así sea.
Relacionados
- Actividades y Misas
- Campañas
- Carta Pastoral
- Catedral Metropolitana
- Catequesis
- Causa Monseñor Juan Sinforiano Bogarín
- Comunicación
- Comunicados
- Comunidades Eclesiales de Base
- Congreso Eucarístico 2017
- Congreso Eucarístico Arquidiocesano
- Decretos y Resoluciones
- Destacada
- Diaconado Permanente
- Educación
- Educación y cultura Católica
- El Evangelio de Hoy
- Evangelio en casa día a día
- Familia y Vida
- Familias
- Historia
- Homilías
- Instituto Superior San Roque González de Santa Cruz
- Juventud
- La Iglesia en Misión
- Liturgia
- Mes Misionero Extraordinario
- Movimientos Laicos
- Noticias del país y el mundo
- Orientaciones Pastorales
- Parroquias
- Pastoral de la vida
- Pastoral Social Arquidiocesana
- Santoral del día
- Semanario Encuentro
- Sin categoría
- Sínodo
- VISITA PAPAL
- Vocaciones y ministerios