Fiesta Patronal de San Alfonso María de Ligorio
1. Queridos hermanos: hoy nuestra comunidad parroquial está de fiesta. Celebramos a nuestro santo patrono, San Alfonso María de Ligorio. Este año recordamos los 330 años de su nacimiento. Nació el 27 de septiembre de 1696, en Marianella, cerca de Nápoles. Era el mayor de ocho hermanos. Nadie imaginaba que aquel niño llegaría a ser obispo, Doctor de la Iglesia, fundador de los Misioneros Redentoristas y uno de los grandes santos de la Iglesia. Pero Dios comenzó su obra mucho antes de la universidad o del sacerdocio: la comenzó en su propia familia.
2. Su padre, don José de Ligorio, capitán de las galeras reales del Reino de Nápoles, era un hombre de disciplina, rectitud y responsabilidad. Su madre, doña Ana Catalina Cavalieri, era una mujer de profunda fe y la primera catequista de sus hijos. En aquella casa, el padre educaba con firmeza y la madre con ternura. Una mano fortalecía el carácter; la otra modelaba el corazón. Lo más importante de aquel hogar no eran sus paredes, sino el ambiente espiritual que allí se respiraba. Era una verdadera Iglesia doméstica, donde la fe no solo se enseñaba, sino que se vivía.
3. ¡Qué actual resulta esta enseñanza! El nicho familiar sigue siendo el primer lugar donde se transmite la fe. Hoy muchas familias, por ignorancia o por negligencia, han dejado de ofrecer a sus hijos la leche buena de la Palabra de Dios, sabiendo que este alimento espiritual es indispensable para nutrir sus vidas. San Pedro nos exhorta: «Como niños recién nacidos, deseen la leche espiritual pura, para que por ella crezcan hacia la salvación» (1 Pe 2,2). San Alfonso bebió desde muy pequeño de esa leche espiritual. Aprendió a rezar en su hogar, a amar a Jesucristo y a la Virgen María, y a descubrir que la Sagrada Escritura alimenta el alma como la leche alimenta el cuerpo.
4. El evangelista san Lucas nos dice que Jesús «iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52). Así también deben crecer nuestros niños. Pero cuando falta este alimento espiritual aparecen verdaderas desnutriciones del alma. Muchos niños y jóvenes no alcanzan a encontrar la fe porque nunca la recibieron como la herencia más valiosa de sus padres. Podemos dejarles bienes, estudios o una profesión; pero ninguna herencia será más grande que enseñarles a conocer, amar y seguir a Jesucristo.
5. Dos días después de su nacimiento, el pequeño Alfonso fue llevado a la pila bautismalde la iglesia de Santa María dei Vergini, en Nápoles. Allí comenzó la aventura más importante de su vida. Mucho antes de ingresar, a los doce años, en la Universidad de Nápoles, ingresó por el Bautismo en la gran familia de Dios. El Padre lo recibió como hijo, Cristo lo incorporó a su Iglesia y el Espíritu Santo comenzó a modelar su corazón. La universidad le dio una brillante formación; el Bautismo le regaló la vida nueva de los hijos de Dios.
6. La tradición conserva un hermoso recuerdo. Poco después de su Bautismo, San Francisco de Jerónimo, el gran jesuita conocido como el Apóstol de Nápoles, tomó al pequeño Alfonso en sus brazos, lo bendijo y anunció que aquel niño haría grandes cosas para Dios. Aquellas palabras fueron una verdadera profecía. La gracia sembrada en el Bautismo comenzó a crecer silenciosamente.
7. Alfonso fue un joven de inteligencia extraordinaria. A los doce años ingresó en la Universidad de Nápoles y a los dieciséis obtuvo el doctorado en Derecho Civil y Derecho Canónico. Sin embargo, comprendió que la inteligencia es un don de Dios para servir y no para buscar prestigio. Después de una brillante carrera como abogado, escuchó la llamada del Señor y decidió seguir a Jesucristo.
8. Entonces comenzó a hacerse realidad en su vida la primera lectura que hemos escuchado: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado para anunciar la Buena Noticia a los pobres.» Estas palabras se cumplieron plenamente en Jesucristo y, por la gracia de Dios, iluminaron también la vocación de San Alfonso.
9. El Señor lo condujo hasta las montañas de Scala, donde encontró pastores y campesinos casi abandonados espiritualmente. Aquella experiencia cambió su vida. Descubrió que la pobreza más profunda no era solamente la falta de pan, sino también la falta de la Palabra de Dios, de los sacramentos y de pastores que acompañaran al pueblo. Aprendió a mirar a los pobres con los ojos de Jesucristo y comprendió que el Señor lo esperaba precisamente allí.
10. Así nació la Congregación del Santísimo Redentor. San Alfonso no quiso que llevara su propio nombre, sino el de Jesucristo, porque estaba convencido de que el centro de toda misión no es el misionero, sino el Santísimo Redentor. También nuestra parroquia está llamada a vivir ese mismo espíritu: ser una comunidad misionera, alimentada por la Palabra de Dios, con familias fuertes en la fe y con un corazón abierto a los más pobres, a los más alejados y a todos los que necesitan experimentar el amor de Cristo.
11. El salmo responsorial nos hizo cantar: «Cantaré eternamente las misericordias del Señor.» Toda la vida de San Alfonso fue un canto a la misericordia de Dios. Quería que cada persona descubriera que Dios nunca se cansa de perdonar, de levantar al caído y de abrir un camino nuevo para quien vuelve a Él con un corazón sincero. Por eso quiso que la Congregación que fundó llevara el nombre del Santísimo Redentor y no el suyo propio. Él deseaba que todos miraran a Cristo, único Redentor del mundo.
12. La segunda lectura nos presenta tres imágenes que describen admirablemente su vida: el soldado, el atleta y el agricultor. Como buen soldado de Cristo, permaneció fiel en medio de las pruebas, de la enfermedad y de las incomprensiones. Como atleta, recorrió pueblos y montañas anunciando el Evangelio y, cuando ya no pudo caminar por la enfermedad, siguió corriendo con el corazón detrás de Jesucristo. Como agricultor, sembró con paciencia la Palabra de Dios y hoy la Iglesia continúa recogiendo los frutos de aquella siembra.
13. El Evangelio nos muestra el corazón de Jesús: «Al ver a la multitud, se compadecía de ella, porque estaban fatigados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.» Ese mismo corazón aprendió San Alfonso. Descubrió que la compasión no consiste solamente en sentir pena, sino en salir al encuentro del que sufre. Así nacieron las misiones populares y el espíritu misionero de los Redentoristas: llevar el Evangelio a quienes estaban más abandonados espiritual y humanamente.
14. También hoy el Señor nos invita a mirar nuestra realidad con esos mismos ojos. Este 1 de agosto recordamos con dolor los 22 años de la tragedia del Ycuá Bolaños, donde perdieron la vida más de 360 personas y centenares quedaron heridas. Aún hoy muchas familias llevan en el corazón las heridas de aquel dolor. Rezamos por el eterno descanso de las víctimas y por el consuelo de sus seres queridos.
15. Aquella tragedia nos dejó una enseñanza que no debemos olvidar: la vida humana es un don sagrado. La prevención, la responsabilidad, el cuidado y la seguridad de las personas forman parte del amor al prójimo. El Evangelio nos llama a construir una auténtica cultura del cuidado, donde cada vida sea respetada, protegida y promovida desde su concepción hasta su fin natural.
16. Siguiendo el ejemplo de San Alfonso, queremos que esta parroquia sea una verdadera familia de familias. Que los niños encuentren aquí un lugar seguro, protegido y libre de toda forma de violencia, abuso o maltrato. Que los jóvenes encuentren razones para vivir y esperanza para el futuro. Que los matrimonios fortalezcan su amor. Que los abuelos transmitan la fe. Que los enfermos encuentren consuelo. Que los pobres sean acogidos con dignidad y que quienes se han alejado de la Iglesia descubran que siempre hay un lugar para ellos en la casa del Padre.
17. Los santos nunca pasan de moda. San Alfonso sigue hablándonos porque nos conduce a Jesucristo. También nosotros estamos llamados a renovar nuestra opción personal por Él y a caminar juntos hacia la santidad. Trabajemos por el bien común, dialogando, escuchándonos, perdonándonos y saliendo al encuentro de quienes más necesitan esperanza. Nuestra parroquia no puede vivir encerrada en sí misma; debe tener un corazón abierto, misionero y solidario, como el de San Alfonso.
18. Queridos hermanos, quizá hoy haya entre nosotros un niño o una niña a quienes el Señor llama a ser los santos del mañana. Todo puede comenzar en una familia donde nunca falte la leche buena de la Palabra de Dios, el ejemplo de unos padres creyentes y el encuentro con Jesucristo. Pidamos a San Alfonso María de Ligorio que interceda por nosotros, para que nuestras familias sean verdaderas Iglesias domésticas, nuestra parroquia sea una comunidad segura, misionera y fraterna, y todos renovemos hoy nuestra opción por Jesucristo, el Santísimo Redentor. Amén.
Asunción, 02 de agosto de 2026
Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
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