SANTA MISA
HOMILÍA EN HONOR A SAN BLAS
MEMORIA AGRADECIDA DE JUAN SINFORIANO BOGARÍN
Y ACCIÓN DE GRACIAS POR NUESTRA ESCUELA Y COLEGIO
Parroquia San Blas – Loma Pytã

Hermanas y hermanos en Cristo:

Con profunda alegría, con gratitud al Señor y con espíritu de comunión, nos reunimos hoy para celebrar esta Santa Eucaristía en honor a San Blas, Obispo y Mártir, patrono del Paraguay, en esta querida comunidad de Loma Pytã, acompañados pastoralmente por los Padres Oblatos de María Inmaculada, a quienes agradecemos sinceramente su entrega misionera, su cercanía con el pueblo y su servicio constante.

Damos gracias a Dios por cada familia, por nuestros niños, jóvenes y adolescentes, por los adultos mayores, por los docentes, catequistas, agentes pastorales y por todos los que sostienen con su fe viva esta comunidad.

Hoy vivimos una fecha profundamente significativa, porque recordamos con gratitud la ordenación episcopal, en 1895, de Monseñor Juan Sinforiano Bogarín, primer obispo paraguayo, y porque hacemos memoria agradecida de nuestra querida Escuela y Colegio “Monseñor Juan Sinforiano Bogarín”, fundada en 1934, que desde entonces viene formando generaciones con fe, valores, responsabilidad y compromiso con el bien común.

Todo esto se une hoy en una sola acción de gracias: San Blas, nuestro patrono; Mons. Bogarín, nuestro gran pastor; y la educación cristiana como semilla de futuro para nuestra comunidad y para el país.

La primera lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos, nos recuerda que, justificados por la fe, estamos en paz con Dios por medio de Jesucristo, y que incluso las tribulaciones producen constancia, virtud probada y esperanza. Y esa esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.

El Salmo nos invita a proclamar: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia”, alabando al Señor por su amor fiel. En el Aleluia, Jesús nos asegura: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. Y en el Evangelio según san Marcos, el Señor resucitado nos envía: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la creación”. Ésta es la Palabra viva que hoy ilumina nuestra fe, nuestra historia y nuestra misión.

A la luz de esta Palabra, contemplamos la figura luminosa de San Blas, no solo como obispo y mártir, sino también como médico del cuerpo y del alma, cercano a los enfermos, a los pobres y a los abandonados. San Blas fue un pastor sensible al sufrimiento humano, capaz de curar heridas, aliviar dolores, acompañar a los enfermos, sostener a los débiles y consolar a los afligidos. Supo unir la fe con la caridad concreta, la oración con el servicio, la predicación con la cercanía.

Fue un testigo valiente de Jesucristo, manifestándose abiertamente como cristiano y discípulo fiel del Señor. Por esa fidelidad se encontró con la persecución de un sistema de poder intolerante, sostenido por un imperio que no aceptaba la fe cristiana porque proclamaba la dignidad de toda persona, la libertad de conciencia y la primacía de Dios sobre cualquier poder humano. Su coherencia molestaba, su fe incomodaba, su verdad denunciaba. Por eso fue perseguido, encarcelado, torturado y finalmente llevado al martirio, dando su vida por Cristo.

Aquel imperio no toleraba la luz del Evangelio, porque desenmascaraba la mentira, denunciaba la injusticia y cuestionaba la opresión. San Blas fue llevado al cadalso no por hacer el mal, sino por hacer el bien; no por dividir, sino por anunciar la verdad; no por odiar, sino por amar hasta el extremo.

Hoy, hermanos, aquel imperio antiguo ya no existe, pero han surgido nuevos imperios en nuestro tiempo, quizá más ocultos, pero no menos destructivos. Existe el imperio de la corrupción, del crimen organizado, del narcotráfico, del tráfico de niños y de personas, de la trata, de la explotación, de la violencia y de las desapariciones. Son imperios sin bandera visible, pero con ejércitos de muerte, sin leyes visibles, pero con dominio del miedo. No toleran la verdad, no toleran la justicia, no toleran la honestidad ni la fe vivida con coherencia, porque la luz de Cristo obstaculiza sus negocios, cuestiona sus ganancias y despierta conciencias. Por eso persiguen, amenazan, silencian, corrompen y eliminan.

Hoy, como ayer, el discípulo fiel se vuelve incómodo. San Blas fue incómodo para su imperio. Mons. Bogarín fue incómodo para sistemas marcados por la injusticia, el abandono y la indiferencia. Y hoy, todo cristiano coherente se vuelve incómodo para las estructuras del pecado.

Mons. Juan Sinforiano Bogarín no murió mártir de sangre, pero vivió un verdadero martirio cotidiano. Le tocó pastorear un Paraguay herido por la Guerra Grande, por las revoluciones internas, por la Guerra del Chaco y por profundas divisiones sociales. Recibió una nación empobrecida, fragmentada y necesitada de reconstrucción moral, espiritual y cultural. Con humildad evangélica se puso a sanar, a restañar heridas, a recomponer tejidos rotos y a devolver dignidad y esperanza. Fue, en cierto modo, un médico del alma nacional.

Tanto San Blas como Mons. Bogarín comprendieron que sanar no es solo curar heridas físicas, sino también educar el corazón y la inteligencia. Ambos apostaron por formar a su pueblo en la verdad, en los valores y en la fe. Mons. Bogarín hizo de la educación una prioridad pastoral, promoviendo la fundación de escuelas y colegios en todo el país. Durante su ministerio impulsó instituciones educativas como espacios de dignidad, libertad y futuro.

De ese espíritu nace nuestra Escuela y Colegio “Monseñor Juan Sinforiano Bogarín”, fundada en 1934. Esta institución ha formado y educado generaciones de niños, niñas, jóvenes y también adultos, sembrando fe, responsabilidad y compromiso social. Aquí se ha educado la inteligencia y el corazón, la conciencia y la solidaridad. Damos gracias por todos los docentes que han pasado por esta casa a lo largo de los años, que han entregado su vida con generosidad para formar generaciones y generaciones. Gracias a ellos, hoy tenemos ciudadanos, profesionales, padres y madres de familia con valores y con fe.

San Blas dio su vida en un martirio violento. Mons. Bogarín dio su vida en un martirio silencioso y prolongado. Uno derramó su sangre. El otro derramó su tiempo, su salud y su corazón. Ambos siguieron el camino de la cruz. El cristiano está llamado a morir cada día al egoísmo, al orgullo, a la comodidad y al miedo, y a abrazar la cruz de las dificultades, de las oposiciones y de las incomprensiones.

Hoy, como ayer, la Iglesia necesita cristianos comprometidos en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la política y en la sociedad. No podemos separar la fe de la vida, ni la oración de la justicia, ni la comunión de la solidaridad. Cada bautizado es misionero en su propio ambiente.

Jesús se identifica con los pequeños, los pobres y los frágiles. Toda forma de abuso, trata, violencia o explotación hiere al mismo Cristo. Renovamos nuestro compromiso con comunidades seguras, sanadoras y misericordiosas.

En este Año del Bien Común, la Palabra nos llama a una conversión personal y social profunda. La esperanza debe traducirse en honestidad, justicia, solidaridad, educación, trabajo digno y paz. No hay Evangelio sin compromiso social.

Agradecemos profundamente a los Padres Oblatos de María Inmaculada por su servicio misionero y su cercanía pastoral. Su carisma nos anima a salir al encuentro, acompañar y anunciar con alegría.

Queridos hermanos, hoy damos gracias por San Blas, por Juan Sinforiano Bogarín, por nuestra escuela y por esta comunidad viva. El Paraguay necesita cristianos con esperanza, la Iglesia necesita discípulos misioneros, la sociedad necesita ciudadanos honestos y solidarios, y el bien común necesita corazones convertidos.

Pidamos al Señor que renueve nuestra fe y nos haga instrumentos de su paz. Encomendamos estas intenciones a Nuestra Señora de la Asunción, a y a San Blas, nuestro patrono. Que Dios bendiga a esta comunidad, a sus familias, a sus educadores y a sus jóvenes.

Así sea.