La Misa de Toma de Posesión del Padre Aldo Bernal como Cura Rector de la Catedral Metropolitana y Canciller de la Arquidiócesis fue presidida por el Cardenal Adalberto Martínez Flores, Arzobispo Metropolitano, quien en su homilía, destacó varios aspectos, recordando al Monseñor Bogarín. 

El 21 de septiembre de 1894, el padre Juan Sinforiano Bogarín, fue designado por el papa León XIII, Obispo del Paraguay y consagrado como tal el 3 de febrero de 1895, (hace 129 años) día de San Blás, patrono del Paraguay. Fue consagrado Obispo, aquí en la Iglesia Catedral ante un inmenso gentío.  

Fortiter et suaviter era el lema de su escudo episcopal, principio que sustentó en el curso de su laboriosa carrera: fortaleza en la defensa de su magisterio y suavidad en el trato con los demás. Le correspondió solucionar con firmeza las irregularidades del sacerdocio descarriado de la posguerra,  de la Triple Alenza, perdonando a los caídos e inculcándoles el sendero apropiado para el ejercicio de su ministerio.

En relación a su elección y consagración como Obispo el mismo Bogarín, escribió en sus apuntes: Yo nunca había pensado ni remotamente que, alguna vez, se tendría en cuenta mi humilde persona para tan alta dignidad, pues desprovisto de todo mérito, me ocupaba silenciosamente del cumplimiento de mis deberes de Cura Párroco de la Catedral. Habiendo desempeñado el cargo de Secretario de Monseñor Aponte durante varios años, conocía a fondo todos los disgustos de un Obispo y los obstáculos que se le presentan.

Testigo es nuestro Dios de cuánto le amamos en Nuestro Señor Jesucristo y cuánto deseamos emplear en provecho de vuestras almas todo lo que tenemos y somos. Nuestras fuerzas, nuestra salud y hasta nuestra vida te pertenecen. Y todo lo sacrificamos gustosos con tal de guiarles por la senda de la salvación. Sentimos ensancharse nuestro corazón para abarcar a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, sabios e ignorantes, y como a hijos de una sola familia, estrecharnos en los lazos de una misma caridad.

Cuatro años han transcurrido apenas desde que hemos sido destinados a trabajar en esta bella porción de la viña del Señor, y ya durante este corto tiempo hemos podido visitar por primera vez toda la extensión de nuestra vasta Diócesis, vivir de vuestra vida vuestros desengaños, rendirnos cuenta exacta de sus múltiples necesidades y preparamos a remediarlas del mejor modo posible (…) animando siempre a todos al trabajo honrado, a la huida de la holgazanería, madre de todos los vicios, y a la perfecta obediencia a las autoridades constituidas. Recordamos con suma gratitud las demostraciones de simpatía que en todas partes ha recibido la alta dignidad de la cual estamos investidos en lo espiritual.

Mons. Juan Sinforiano Bogarin, hizo suyas las palabras de San Pablo (1 Cor. 9, 16-19. 22-23). Hermanos: No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por propia iniciativa, merecería recompensa; pero si no, es que se me ha confiado una misión. Entonces, ¿en qué consiste mi recompensa? Consiste en predicar el Evangelio gratis, renunciando al derecho que tengo a vivir de la predicación.

El Evangelio de hoy (cf. Mc 1, 29-39) nos presenta a Jesús, que, después de haber predicado el sábado en la sinagoga, cura a muchos enfermos. Predicar y curar: esta es la actividad principal de Jesús en su vida pública. Con la predicación anuncia el reino de Dios, y con la curación demuestra que está cerca, que el reino de Dios está en medio de nosotros.

Después, ya al terminar el sábado a la tardecita, cuando la gente ya podía  salir y llevarle los enfermos, cura a una multitud de personas afectadas por todo tipo de enfermedades: físicas, psíquicas y espirituales. Jesús, que vino al mundo para anunciar y realizar la salvación de todo el hombre y de todos los hombres, muestra una predilección particular por quienes están heridos en el cuerpo y en el espíritu: los pobres, los pecadores, los endemoniados, los enfermos, los marginados. Así, Él se revela médico, tanto de las almas como de los cuerpos, buen samaritano del hombre. Es el verdadero Salvador: Jesús salva, Jesús cura, Jesús sana.

La obra salvífica de Cristo no termina con su persona y en el transcurso de su vida terrena; prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios por los hombres. Enviando en misión a sus discípulos, Jesús les confiere un doble mandato: anunciar el Evangelio de la salvación y curar a los enfermos (cf. Mt 10, 7-8). Fiel a esta enseñanza, la Iglesia ha considerado siempre la asistencia a los enfermos parte integrante de su misión.

Cuando llegaba al ocaso de su vida, decía el Dr. Jerónimo Irala Burgos, digno ex miembro de la Suprema Corte de Justicia del Paraguay, el balance de la vida y obra de Mons. Juan Sinforiano Bogarin era imponente, estremecedor:

Había recorrido 48.425 kilómetros en sus giras pastorales, había confirmado en su fe a tres generaciones de paraguayos, había administrado 489.793 comuniones y había pronunciado 4.055 conferencias doctrinales.

¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!, decía San Pablo, si  yo lo hiciera por propia iniciativa, merecería recompensa; pero si no, es que se me ha confiado una misión.

Mons. Juan Sinforiano, fue un discípulo, obispo misionero, Ángel de la Paz, Gloria de la Iglesia y del Pueblo, Imagen viva del Buen Pastor, Lucero del Paraguay, son calificativos que florecieron sobre su memoria ya histórica. Nosotros hemos visto en él a un verdadero Evangelizador y Reconstructor moral de la Nación, por haber restaurado, entre las ruinas de la patria vieja, una sociedad humana -Patria sufrida-, que restañaba penosamente sus heridas, una Iglesia identificada con su suerte y su destino, y la fe católica de todo un Pueblo, muy americano, el Paraguay, como una de las notas fundamentales de su ser nacional. (Dr. Jerónimo Irala Burgos)

El Señor nos llama a restaurar, con suavidad y firmeza, restaurar al enfermo, devolver la dignidad, de hijos e hijas. Restaurar la comunidad herida, sanar las corrupciones que afectan el tejido social y moral de la nación, como ha sido Juan Sinforiano y tantos hijos de esta tierra que han permanecido fieles seguidores del Maestro. Él nos restaura con su Palabra de Vida y el Pan de la Eucaristía que nos proporciona para fortalecernos en la misión que él nos ha encomendado. Amén

 

+Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano de Asunción

Presidente de la Conferencia Episcopal Paraguaya

4 de febrero del 2024