SANTA MISA
HOMILÍA
SOLEMNIDAD DE MARÍA, MADRE DE DIOS
JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
PEREGRINOS DE ESPERANZA
- Queridos hermanos y hermanas: Hoy, 1 de enero, comenzamos un año nuevo bajo una luz muy particular: la luz de María, Madre de Dios. Iniciamos este tiempo nuevo contemplando a una madre que nos presenta a su Hijo, Jesucristo, el Señor de la historia y Príncipe de la Paz. No empezamos el año desde el ruido ni desde la prisa, sino desde el silencio fecundo del amor, desde un niño, desde una mujer creyente que acogió la vida y confió plenamente en Dios.
- La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos recuerda que toda vida necesita ser puesta bajo la bendición del Señor: “El Señor te bendiga y te proteja, el Señor haga brillar su rostro sobre ti”. Comenzar el año bendecidos es reconocer que la vida es don, que el tiempo no nos pertenece del todo y que cada día nos es confiado para ser vivido con responsabilidad, gratitud y esperanza.
- El Salmo nos ofrece una clave espiritual profunda para este tiempo: “Enséñanos a contar nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato”. Contar nuestros días no es lamentarnos por lo que pasó, sino reconocer cómo hemos vivido, cómo hemos amado, cómo hemos servido, cómo hemos respondido a la gracia de Dios. Es una invitación a la sabiduría del corazón.
- Por eso, al iniciar este nuevo año, somos invitados a realizar un balance sincero de nuestra vida. Un balance interior, personal y comunitario. No para acusarnos ni condenarnos, sino para mirarnos con verdad delante de Dios. Un balance de nuestra vida espiritual, de nuestra adhesión real a Jesucristo, el Señor, y de nuestra pertenencia viva a su Iglesia, una, santa, católica y apostólica.
- Inspirados por esta Palabra, nos preguntamos: ¿cómo administramos el tiempo que Dios nos regaló? ¿Fue tiempo entregado al amor, al servicio y a la esperanza, o tiempo consumido por la indiferencia, el cansancio y el individualismo? En este Jubileo que vivimos como Peregrinos de Esperanza, el balance no es para acusarnos, sino para convertirnos. Como peregrinos, no caminamos sin rumbo. Cada paso deja huella. Cada decisión construye o hiere.
- En primer lugar, miremos nuestra vida espiritual. ¿Hemos dedicado tiempo a la oración personal y comunitaria? ¿Hemos cultivado momentos de silencio y adoración? ¿Hemos participado con fe en la Eucaristía, reconociendo en ella el milagro cotidiano del amor de Dios? ¿Hemos escuchado la Palabra de Dios como luz para la vida o la hemos dejado de lado cuando incomodaba?
- El Evangelio nos presenta a María que conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Ella no habla mucho, pero escucha, guarda y contempla. María nos enseña que la fe se cuida en el silencio, en la escucha y en la fidelidad cotidiana. No entiende todo, pero confía; no controla todo, pero se abandona. Así también nosotros estamos llamados a comenzar este año desde una fe sencilla, profunda y perseverante.
- Este balance espiritual se prolonga en nuestra pertenencia concreta a la comunidad parroquial, a las capillas y a los centros comunitarios. ¿Nos sentimos verdaderamente parte de la Iglesia o solo acudimos cuando necesitamos algo? ¿Hemos participado en la vida comunitaria, en la catequesis, en la misión y en la caridad? ¿Hemos contribuido con generosidad al sostenimiento de la Iglesia y al cuidado de los más necesitados?
- El balance alcanza también nuestra vida familiar. La fe no se transmite solo con palabras, sino con el testimonio cotidiano. En el amor entre los esposos, en la paciencia con los hijos, en el perdón ofrecido, los hijos aprenden qué significa creer. Los hogares están llamados a ser verdaderas escuelas de humanidad y de fe.
- El tiempo que hemos vivido nos invita a ser familias que caminan con otras familias. ¿Hemos sido hogares abiertos y solidarios? ¿Hemos acompañado a familias en situación de fragilidad, heridas por la pobreza, la violencia o la exclusión? La familia cristiana está llamada a ser buen samaritano de otras familias, construyendo redes de cuidado donde nadie quede solo.
- Este espíritu samaritano nos confronta con una herida profunda de nuestro tiempo: las adicciones, especialmente entre los jóvenes. Muchos ven comprometido su futuro, muchas familias sufren en silencio y la sociedad entera se resiente. Frente a esta realidad, el balance nos interpela: ¿hemos sido buenos samaritanos o hemos pasado de largo? Apostar por la rehabilitación, la acogida y el acompañamiento es apostar por la vida.
- Este balance alcanza también nuestra vida comunitaria y eclesial. ¿Hemos cuidado verdaderamente a los niños, adolescentes y jóvenes? ¿Hemos acompañado a los adultos en situación de vulnerabilidad? ¿Hemos creado ambientes sanos y seguros? Vivir la cultura del cuidado es una exigencia del Evangelio.
- Pero este balance no se queda solo en el pasado. También nos invita a proyectarnos hacia el futuro. Así como una familia revisa su presupuesto para decidir cómo invertir mejor lo que tiene, también nosotros estamos llamados a preguntarnos cómo vamos a invertir nuestra vida, nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestros dones en este nuevo año.
- Por eso, este inicio de año es también momento de asumir resoluciones espirituales concretas. No promesas vacías, sino decisiones posibles: más tiempo para la oración, mayor fidelidad a la Eucaristía, escucha más atenta de la Palabra de Dios, compromiso real con la comunidad y con los más necesitados. Caminar en santidad no es algo extraordinario, sino aprender a vivir lo ordinario con amor.
- Creemos y confesamos que Jesús es el Señor. No solo lo creemos en el corazón, sino que lo proclamamos con nuestros labios y lo expresamos con nuestras decisiones. Nuestro credo no es una fórmula vacía, sino una adhesión personal y viva a la persona de Jesucristo, que vino para salvarnos y darnos vida en abundancia.
- Comprendemos que el Señor sigue llamándonos a abrir las puertas del corazón. El verdadero santuario que Dios quiere habitar es nuestra vida. Abrir el corazón es permitir que Él actúe durante este año que se nos concede, con sus desafíos, sus luchas, sus aventuras y también con sus alegrías.
- Nos encomendamos a María, Madre de Dios, para que nos ayude a desatar los nudos de las guerras, de los conflictos, de las violencias, de los homicidios y de los feminicidios que tanto dolor causan. Le pedimos que los niños puedan habitar hogares seguros, hogares que cuiden, que abracen, que respeten la unidad familiar y la dignidad de cada persona.
- Recordamos también, con especial cuidado y ternura, a los niños por nacer. Pedimos que encuentren abrigo y protección en el vientre de sus propias madres, y acompañamiento solidario en sus familias y en la sociedad. Que nunca se les niegue el derecho a nacer, porque toda vida humana es don de Dios y esperanza viva para el mundo. Cuidar a los más pequeños y vulnerables, incluso antes de ver la luz, es un acto de justicia, de amor y de responsabilidad colectiva.
- Reconocemos con gratitud que hemos nacido en esta patria, el Paraguay, no por casualidad, sino como una vocación. Hemos sido puestos en esta tierra para trabajar unidos y seguir construyendo un país verdaderamente libre: libre de esclavitudes antiguas y nuevas, libre de la corrupción, de la violencia y de toda forma de exclusión que hiere la dignidad humana.
- La patria se construye desde uno mismo y desde la comunidad, desde el propio corazón y desde los gestos cotidianos que dan forma a la vida social. En este horizonte resuena con fuerza el anhelo de una patria soñada, tan presente en la conciencia y en la cultura de nuestro pueblo. Recordamos al poeta pilarense Carlos Miguel Jiménez, nacido el 5 de julio de 1914 y fallecido el 29 de agosto de 1970, quien vivió 56 años y dejó un testimonio elocuente como laico profundamente comprometido con su comunidad y con el destino del Paraguay. En su poesía y en su canto Mi Patria Soñada expresó, con palabras sencillas y hondas, el sueño de un país distinto: una patria sin odios ni cadenas, donde el pan alcance para todos, donde la justicia no sea privilegio y donde la paz pueda habitar en cada hogar. Su palabra no fue evasión ni romanticismo vacío, sino una esperanza activa, nacida del amor al pueblo y del dolor por sus heridas.
- Hoy, ese sueño nos interpela para que la patria soñada no quede solamente en versos o canciones, sino que se haga carne en decisiones concretas, en comunidades solidarias, en familias comprometidas y en ciudadanos que, desde lo pequeño y lo cotidiano, trabajan unidos por el bien común.
- Con humildad y compromiso, iniciamos este nuevo año dispuestos a trabajar por el bien común, anteponiéndolo a los intereses personales y construyendo una sociedad más justa, más fraterna y más humana.
- Que María, Madre de Dios, nos acompañe en este camino. Que el Señor haga brillar su rostro sobre nosotros, nos conceda la paz y nos regale la gracia de vivir este año como verdaderos Peregrinos de Esperanza.
- Amén.
Card. Adalberto Martínez Flores
Arzobispo de Asunción
01 de enero de 2026
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