Santos de carne y hueso, llamados a caminar con Cristo

1. En una misa, un pa’i preguntó a los feligreses: «¿Quién quiere ir al cielo?». Todos levantaron la mano, menos una señora. El sacerdote le preguntó: «¿Usted no quiere ir al cielo?». Y ella respondió: «Sí, pero en el próximo viaje, porque este ya está lleno». La respuesta nos hace sonreír y pensar en la multitud de santos que ya llegaron al cielo, cada uno con sus esfuerzos, sus luchas y sus defectos. También ellos rezaban el Padre Nuestro y pedían: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». La santidad no consiste en no tener defectos, sino en dejar que Dios nos transforme.

2. A veces se oye en guaraní «Marangatu heñói marangatu», como diciendo que el santo ya nace santo. Pero, sobre todo, podemos decir «Marangatu ojejapo ko yvy ape ári»: el santo se va haciendo santo en esta vida. La santidad es un camino en construcción. Nadie nace ya perfecto en la santidad. Somos santos porque Dios nos llama y nos sostiene; seguimos a Cristo en medio de las dificultades y corremos la carrera. Como dice san Pablo, los atletas se privan de todo para obtener una corona corruptible, mientras que nosotros corremos por una corona incorruptible (1 Cor 9,25). El papa Francisco, en Gaudete et exsultate, recuerda que la santidad es «el rostro más bello de la Iglesia» y que todos estamos llamados a ella.

3. El sacerdote y escritor español Jesús Urteaga publicó en 1978 el libro Los defectos de los santos. Y bueno, espero que los santos me perdonen por hablar de sus debilidades; lo hago con respeto, porque ellos mismos fueron humildes y reconocieron que necesitaban la gracia de Dios. En sus páginas, Urteaga nos acerca a santos que también tuvieron defectos, debilidades y luchas personales. No se trata de justificar esos defectos, sino de comprender que Dios trabaja con personas reales y las ayuda a crecer.

4. San Agustín, que vivió entre los siglos IV y V, llegó a ser uno de los grandes santos y maestros de la Iglesia. Pero su camino no fue fácil ni comenzó con una vida perfecta: él mismo cuenta en sus Confesiones que buscó la verdad durante mucho tiempo y que tuvo que convertirse. Su historia nos recuerda que la santidad también consiste en dejarse encontrar por Dios y cambiar de rumbo.

5. San Roque González de Santa Cruz, misionero del siglo XVII, tampoco fue un hombre sin límites. En una carta de 1620, el superior general de los jesuitas le recomendaba tratar con más suavidad a sus compañeros y hacía referencia a su temperamento enérgico y a sus escrúpulos (dudas y preocupaciones de conciencia). También los santos tuvieron que trabajar sobre sí mismos y dejarse corregir.

6. Santa Teresita del Niño Jesús vivió en el siglo XIX. De pequeña podía ser terca y enojarse con facilidad. Con los años fue aprendiendo a ofrecer a Dios sus reacciones y a vivir con amor en las cosas pequeñas. Su camino nos muestra que la santidad también se aprende en lo cotidiano.

7. Pensemos también en Juan Sinforiano Bogarín, primer arzobispo de Asunción, recordado como «Reconstructor moral de la Patria». Nació antes que santa Teresita, pero vivió muchos años después de ella: murió en 1949. Le tocó servir al Paraguay después de la Guerra de la Triple Alianza, entre revoluciones y conflictos. Recorrió el país y buscó la pacificación. Un testimonio de 1892 describe su carácter enérgico: algunos clérigos le temían por esa energía y el autor de la carta advertía que podía excederse en ella. Así vemos en Bogarín a un hombre de personalidad fuerte, llamado a poner sus cualidades al servicio de Dios y de su pueblo.

8. El padre Pío, que vivió entre 1887 y 1968, tuvo una vida de profunda oración y servicio, pero también conoció sus propias debilidades. En una carta a su director espiritual reconoció que, al corregir a otros, a veces levantaba la voz, y que eso le causaba pesar. No ocultaba su lucha: buscaba vencer esa reacción y seguir sirviendo a Dios.

9. También santa María Felicia de Jesús Sacramentado, nuestra querida Chiquitunga, vivió momentos de lucha interior. En sus escritos llegó a llamarse «ruin y pecadora». Lo decía desde la conciencia de su fragilidad y de su necesidad de la gracia, no para negar el amor de Dios. La santidad no consiste en creerse perfecto, sino en confiar en Dios y dejarse transformar.

10. Conviene recordar esto: los santos fueron personas de carne y hueso. No debemos idealizarlos como si nunca hubieran luchado, sentido tentaciones o pasado por dificultades. La Iglesia los propone porque, con sus límites, se dejaron conducir por la gracia de Dios y buscaron vivir el Evangelio.

11. En las Escrituras, el apóstol Pablo llama «santos» a los cristianos de sus comunidades. Por ejemplo, escribe a «la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos» (1 Cor 1,2). La santidad, por tanto, no es una palabra reservada únicamente a quienes murieron y fueron canonizados. Todos estamos llamados a vivir como hijos de Dios. En esta solemnidad celebramos especialmente a quienes ya gozan de su presencia, conocidos y desconocidos, y ellos nos muestran el camino.

12. El papa Francisco habla también de «los santos de la puerta de al lado»: personas que viven su fe en lo cotidiano. Puede ser una madre que cuida con paciencia, un padre que se esfuerza por su familia, alguien que trabaja con honestidad o que acompaña a quien sufre. La santidad crece en esas decisiones sencillas, hechas por amor.

13. En el Evangelio (Mt 5,1-12a), Jesús llama dichosos a quienes confían en Dios y viven con misericordia, con un corazón limpio y con compromiso por la justicia y la paz. Ser pobre de espíritu es reconocernos necesitados de Dios; llorar con quien sufre es no quedar indiferentes ante su dolor; trabajar por la paz y la justicia es comprometerse con los demás. Jesús no glorifica el sufrimiento: anuncia que Dios acompaña y sostiene a quienes lo atraviesan. En las causas de los santos, la Iglesia examina si una persona vivió las virtudes cristianas de manera heroica; también considera el martirio y, en ciertos casos, el ofrecimiento de la propia vida. Pero todos estamos llamados a seguir a Jesús, que caminó entre los suyos, se acercó especialmente a quienes vivían en las periferias y defendió la dignidad de cada persona.

14. Jesús proclama: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios» (Mt 5,9). Esta bienaventuranza nos interpela ante los hechos de violencia que han ocurrido entre estudiantes de algunos colegios. Algunos estuvieron precedidos por provocaciones o amenazas en las redes sociales, y también se reportaron estudiantes heridos. Esta situación nos invita a buscar caminos de paz, diálogo y contención, y a preguntarnos: ¿estamos escuchando suficientemente a los jóvenes?, ¿qué nos está faltando en el diálogo con ellos, en las familias y también dentro de las aulas? Nuestras comunidades educativas católicas pueden ser un buen lugar para comenzar: allí podemos hablar de la paz como un don de Dios y una tarea de todos, y preguntarnos cómo ser artesanos de paz desde el respeto mutuo. La comunidad educativa está formada por los estudiantes, los docentes, los directivos y también las familias. Juntos podemos promover talleres sobre la paz, la concordia, el bienestar y la cultura del buen trato en todos los ámbitos, también en las pantallas. Podemos dialogar sobre el uso responsable de las redes sociales y de la inteligencia artificial, y sobre los desafíos virales a los que están expuestos nuestros jóvenes. Los adultos también debemos revisar nuestras actitudes, porque nuestro modo de relacionarnos influye en ellos. Cuidar su dignidad y su seguridad requiere acompañamiento y acciones concretas para prevenir toda forma de violencia.

15. La solemnidad de Todos los Santos no nos invita solamente a admirar a quienes llegaron al cielo. Nos llama a caminar hacia la santidad: a vivir las bienaventuranzas, pedir perdón cuando nos equivocamos, construir la paz y la concordia, levantarnos cuando caemos y confiar en la gracia de Dios.

16. Que María, madre de Jesús y madre nuestra, nos acompañe en este camino. Que los santos intercedan por nosotros y nos ayuden a vivir, día tras día, como hijos e hijas de Dios. Amén.

1 de noviembre del 2026

Card. Adalberto Martínez Flores 

Arzobispo Metropolitano