SANTA MISA

HOMILÍA 

Catedral San Pablo Apostol

Queridos hermanos y hermanas:

En estos días hemos vivido una gracia muy grande como Iglesia. En Roma, con motivo del reciente consistorio extraordinario, el Santo Padre, el Papa León XIV, convocó a los cardenales de todo el mundo para vivir jornadas de escucha, de reflexión compartida y de discernimiento sobre el caminar de la Iglesia en un tiempo complejo para la humanidad. No se trató simplemente de reuniones formales, sino de una verdadera experiencia de comunión eclesial, donde se compartieron las alegrías y las preocupaciones de los pueblos, los desafíos pastorales, las heridas del mundo y también los signos de esperanza que el Espíritu Santo sigue sembrando en la Iglesia.

Este modo de proceder del Santo Padre manifiesta un estilo profundamente evangélico y sinodal: caminar juntos, escucharnos, compartir con libertad y proyectar el futuro con esperanza. El Papa convoca a sus colaboradores más inmediatos para discernir comunitariamente, confiando en que el Espíritu Santo sigue guiando a la Iglesia, la sostiene y la renueva incluso en medio de las tensiones y dificultades de nuestro tiempo. En ese clima de comunión y cercanía, pude dirigirle un mensaje personal, llevándole el afecto y la oración de nuestro pueblo paraguayo, expresándole gratitud por la cercanía y asegurándole la oración de la Iglesia en Paraguay. El Santo Padre respondió con palabras sencillas y llenas de paternidad pastoral, enviando su saludo y una bendición especial para todos los fieles. Hoy acogemos esa bendición con gratitud y la hacemos nuestra como signo de comunión, de esperanza y de aliento para nuestra Iglesia.

Estos encuentros coincidieron también con la clausura del Año Jubilar 2025, Peregrinos de Esperanza, que se cerró el día 6 de enero. Ha sido un tiempo de gracia vivido con profundo fervor en la Iglesia universal y también en nuestro país. En Paraguay, nuestras diócesis, los movimientos eclesiales, las coordinaciones pastorales, las parroquias, comunidades religiosas y tantos grupos del Pueblo de Dios han sabido expresar su fe poniéndose en camino, con peregrinaciones, celebraciones jubilares y momentos de reconciliación y renovación espiritual. Nuestro pueblo ha caminado junto, fortaleciendo la fe, la esperanza y la fraternidad.

La clausura de una puerta jubilar no significa que la gracia se haya cerrado. Aunque se hayan cerrado puertas materiales en Roma y en muchas catedrales del mundo, las puertas del corazón de Cristo permanecen siempre abiertas. Como peregrinos impulsados y animados por el jubileo vivido, seguimos caminando fortalecidos en la fe, en la esperanza y en la caridad. El lema que nos ha acompañado sigue siendo verdadero y actual: la esperanza no defrauda, porque está fundada en el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.

Y precisamente en continuidad con este camino, el día 10 de enero de este año 2026, el Santo Padre ha declarado un Año Jubilar Franciscano, con motivo de los 800 años de la partida al cielo de san Francisco de Asís, ocurrida en el año 1226. Unas puertas se cerraron y ahora se abren otras nuevas. De manera muy especial, se abren para estas tierras profundamente franciscanas, donde grandes evangelizadores han labrado la tierra con solicitud evangélica, han abierto surcos profundos y han sembrado la buena semilla del Evangelio con el lema de paz y bien. De esa siembra florecieron comunidades vivas, fraternidades y laicos terciarios franciscanos que supieron encarnar el carisma de la fraternidad, de la colaboración y de la ayuda mutua entre hermanos, dejando una huella que sigue viva y fecunda hasta hoy.

Este Año Jubilar Franciscano se nos regala como un tiempo de gracia para volver a las raíces del carisma franciscano: la fraternidad sencilla, la solidaridad concreta, la hospitalidad abierta y el cuidado amoroso de la casa común. Es un tiempo para reaprender a vivir como hermanos, reconociendo a la hermana agua, tan humilde y tan preciosa; al hermano sol, que nos da luz y calor; a la hermana luna y a las estrellas que embellecen el cielo; y a la hermana madre tierra, que nos sostiene, nos alimenta y nos cobija. Volver al carisma franciscano significa aprender de nuevo a vivir no como dueños, sino como custodios agradecidos de la creación y de la vida.

Desde esta experiencia de Iglesia, la Palabra de Dios que hoy hemos proclamado ilumina de manera especial este séptimo día del novenario de San Pablo, dedicado a practicar la justicia. El profeta Isaías nos recuerda que la verdadera religiosidad que agrada a Dios no se queda en gestos exteriores, sino que se traduce en una vida justa: romper las cadenas injustas, liberar a los oprimidos, compartir el pan con el hambriento y no desentendernos del hermano. Entonces, dice el profeta, delante de nosotros avanzará la justicia del Señor. Y el Evangelio según san Mateo nos lleva al corazón mismo del mensaje de Jesús, cuando el Señor se identifica con el hambriento, el sediento, el extranjero, el desnudo, el enfermo y el preso, y nos dice con claridad que lo que hacemos o dejamos de hacer con ellos, lo hacemos o dejamos de hacer con Él mismo.

Por eso, este jubileo vivido nos impulsa a que nuestras comunidades sean cada vez más solidarias y responsables, viviendo una auténtica opción preferencial por los más necesitados y por los más vulnerables. El Evangelio debe mover nuestro corazón y animarnos a fortalecer en nuestras parroquias y comunidades una pastoral social viva, orientada al desarrollo humano integral, y al mismo tiempo a consolidar una cultura del cuidado y de la prevención, especialmente en la protección de niños, niñas y adultos vulnerables. Cuidar, proteger y prevenir es una exigencia evangélica irrenunciable. Jesús nos lo dice con claridad: lo que hacemos al más pequeño, se lo hacemos a Él. Por eso, maltratar o abusar de un niño no es solo una injusticia humana, es una herida al mismo Señor, que ama y protege de manera especial a los más pequeños.

Practicar la justicia implica también aprender a cuidar el cuerpo, no solo el cuerpo personal, sino el cuerpo social del que todos formamos parte. Así como cuidamos nuestro propio cuerpo prestando mayor atención a las partes más frágiles o enfermas, del mismo modo la sociedad necesita cuidar con especial esmero a sus zonas más vulnerables y debilitadas. Hay sectores de nuestro cuerpo social que padecen más pobreza, más exclusión y más abandono, y precisamente allí estamos llamados a poner mayor atención, más recursos, más cercanía y más compromiso. Cuando una parte sufre, todo el cuerpo sufre; y cuando fortalecemos los tejidos debilitados de la sociedad mediante la justicia, la equidad y el bien común, toda la comunidad sana y crece en dignidad.

Vivimos en una realidad donde pocos concentran mucho, mientras nuestros pueblos indígenas y muchas comunidades campesinas carecen de lo que les corresponde por derecho. No se trata solo de una carencia material, sino de una herida profunda en la dignidad de personas y comunidades que han sido despojadas, desplazadas o relegadas en sus propios territorios. Por eso, practicar la justicia nos exige trabajar con decisión por la equidad y por la restauración de las tierras, para devolver vida y futuro a esas tierras maravillosas que Dios nos ha confiado, y para restituir lugar, voz y esperanza a los descartados y desterrados de sus propios territorios. El Evangelio nos llama a construir una sociedad donde nadie sea extranjero en su propia tierra, sino hermano con derechos y dignidad reconocidos.

Este camino ha sido vivido con radicalidad por testigos de nuestra propia tierra. Lo vemos en María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga, quien siendo joven de la Acción Católica caminaba con otros jóvenes hacia las zonas más necesitadas para visitar enfermos, acompañar a los ancianos y servir a los más pobres, buscando tocar al Señor en la carne sufriente del hermano. Lo vemos también en el testimonio luminoso de nuestra querida y recordada Pamela Perdomo, una joven profundamente tocada por Dios, que quiso tocar al Señor en la carne herida de Cristo yendo a las periferias de Caazapá, organizando acciones caritativas en favor de los niños y de las familias más vulnerables.

Estas tierras han sido evangelizadas con espíritu franciscano. Recordamos con gratitud a fray Luis de Bolaños, quien desde el manantial de su corazón hizo brotar la frescura de la vida en Cristo, como lo recuerda el Ykuá Bolaños, signo de una fe que sigue dando vida. Recordamos también la vida entregada hasta el martirio de fray Juan Bernardo, quien derramó su sangre para irrigar y regar estas tierras con su testimonio, para que crecieran buenos frutos de vida cristiana. De esa vida sembrada, plantada y cuidada, han brotado muchos frutos de santidad en estas tierras. Podemos recordar asimismo al presbítero Julio César Duarte Ortellado, hijo de estas tierras, que sirvió fielmente el altar y celebró la Eucaristía en esta misma iglesia, dejando un testimonio sencillo y fecundo de entrega sacerdotal al servicio del Pueblo de Dios.

En el marco de este Año Jubilar Franciscano, también nuestra poesía y nuestra cultura se convierten en camino espiritual. En el Canto a Caazapá, el poeta y compositor caazapeño Alcides Roa expresa con palabras fieles y profundas la belleza original de esta tierra cuando escribe: “De raro hechizo es tu Ykuá Bolaños, fuente de leyendas, milagros y payé”, y cuando proclama con alegría: “Caazapá ya vy’ajha, erés jardín primaveral, pueblito mío sin igual”. El poeta canta el agua cristalina, la tierra que florece y el gozo que nace al contemplarla. Estas palabras, nacidas del alma del pueblo, hoy nos interpelan con fuerza, porque aquello que fue cantado como don necesita ser cuidado, protegido y restaurado.

Vivir el Jubileo Franciscano nos llama a una conversión ecológica concreta, a respetar y cuidar la hermana agua, a sanar ríos que han perdido su frescura, a proteger florestas y campiñas que han sido abusadas y mal utilizadas por intereses particulares. Para que la poesía cantada no quede solo en palabras, es necesario que todos trabajemos juntos, con espíritu franciscano, para que el sueño de un Caazapá florecido, reconciliado con la creación y con las personas, se haga realidad. Solo así la belleza se transforma en compromiso, la memoria en misión y el jubileo en un verdadero tiempo de restauración y esperanza.

Todo esto nos devuelve al corazón del mensaje de hoy: la justicia. Practicar la justicia no es una opción secundaria, sino el núcleo del Evangelio. La caridad debe estar siempre organizada y orientada al bien común, para que nadie quede excluido y para que la dignidad de cada persona sea respetada.

Que san Pablo, san Francisco de Asís, María Felicia de Jesús Sacramentado, nuestros mártires franciscanos y tantos testigos de caridad de nuestra tierra intercedan por nosotros. Y confiamos también a la intercesión del Siervo de Dios, el presbítero Julio César Duarte Ortellado, hijo de estas tierras, para que su testimonio siga animando a nuestra Iglesia a vivir con sencillez, fidelidad y amor al Evangelio. Que sepamos vivir como verdaderos peregrinos de esperanza, practicando la justicia, amando sin medida y sirviendo con alegría, para que un día podamos escuchar del Señor: “Vengan, benditos de mi Padre, porque cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”.

Amen

Cardenal Adalberto Martínez Flores

21 de enero de 2026