SANTA MISA
HOMILÍA
Retiro anual del Clero Arquidiocesano 2026
Queridos hermanos sacerdotes:
Quisiera comenzar compartiendo con ustedes la experiencia que hemos vivido recientemente en el consistorio extraordinario convocado por el Santo Padre, el Papa León. Fueron días marcados por el diálogo, la escucha y el discernimiento. Entre los cardenales profundizamos especialmente en los ejes pastorales propuestos por el Papa Francisco en Evangelii gaudium. Volvimos a meditar su llamado a una Iglesia misionera, en salida, centrada en el anuncio kerigmático, en la conversión pastoral y en una renovación constante al servicio de la evangelización. Reflexionamos cómo este dinamismo sigue orientando el camino de la Iglesia universal y cómo interpela concretamente a nuestras diócesis. También la Iglesia en Paraguay se siente llamada a reconectar con ese impulso misionero para afrontar los desafíos actuales, entrando más profundamente en la escucha y en el discernimiento comunitario, con el fin de ir configurando caminos pastorales más orgánicos y coherentes. Y este proceso se articula de modo particular con el caminar de la Iglesia en Paraguay en torno al bien común, iluminados por esa exigencia evangélica: “Denles ustedes de comer”.
En ese clima fraterno tuve la oportunidad de saludar personalmente al Santo Padre. Le entregué una cruz pectoral de filigrana, artesanía paraguaya muy simbólica para nuestro pueblo, expresión de una fe sencilla pero profunda. Le dije, con cercanía, que era una cruz más liviana que la cruz que él lleva cada día. Él recibió el gesto con gratitud y nos envió su bendición. Hoy acogemos esa bendición como un signo concreto de comunión y esperanza para nuestra Iglesia.
En estos días hemos estado viviendo nuestro retiro espiritual como presbiterio, y hoy lo estamos concluyendo. Ha sido un verdadero espacio de fraternidad sacerdotal, de oración profunda y de intercambio sincero entre nosotros. Hemos compartido, contemplado y discernido nuestras propias vidas a la luz de Fratelli tutti, comprendiendo su profunda conexión con Evangelii gaudium: ambas nacen del mismo corazón evangélico, el encuentro con Cristo que se traduce en caridad concreta y compromiso misionero. La alegría del Evangelio se expresa en la fraternidad; y la fraternidad se sostiene en la alegría que brota del Evangelio. Para nosotros, esto se traduce en fortalecer nuestra fraternidad sacerdotal, evitando toda forma de fragmentación y creciendo en unidad y corresponsabilidad pastoral.
Este camino nos introduce en la razón de ser de nuestro ministerio y de nuestro presbiterio: seguir trabajando en la comunión, la misión y la participación. En estos últimos tres años hemos intentado discernir con seriedad el caminar de la Iglesia en nuestra Arquidiócesis, revisando sus estructuras y abarcando aquellos aspectos pastorales que, mirando el presente y el futuro, consideramos esenciales para nuestro caminar sinodal. De ese discernimiento han surgido pasos concretos: hoy contamos con una Delegación para la Vida Consagrada y los Institutos Seculares, que acompaña la riqueza de las numerosas congregaciones religiosas e institutos presentes en nuestra Arquidiócesis; hemos fortalecido la pastoral indígena, la pastoral del deporte y la pastoral de la salud; hemos dado un nuevo impulso a la pastoral educativa organizándola como dirección; y seguimos consolidando nuestra Dirección de Asuntos Jurídicos.
Asimismo, hemos rendido cuentas y transparentado las actividades realizadas durante el año pasado, 2025. Ha sido un trabajo conjunto con la Vicaría Pastoral, los decanos, las oficinas de la Curia y tantas personas que se han dedicado a recoger y sistematizar los datos recibidos. Esta rendición de cuentas, publicada en nuestros medios oficiales y redes institucionales, ha sido muy valorada por muchos, lo cual nos anima a seguir caminando en esta línea de transparencia y corresponsabilidad. Agradezco sinceramente el soporte constante de quienes colaboran para actualizar nuestras actividades y mantener informada a la comunidad. Todo ello fortalece nuestra comunión y nos impulsa a seguir mejorando nuestro organigrama y nuestras estructuras arquidiocesanas al servicio de la misión y del desarrollo humano integral.
Providencialmente, la Palabra de Dios de hoy ilumina todo este proceso. En la primera lectura vemos cómo el reino se divide porque el pueblo dejó de escuchar al Señor. La ruptura exterior comenzó con una sordera interior. El salmo lo expresa con fuerza: “Mi pueblo no escuchó mi voz”. Cuando el corazón se cierra a Dios, se debilita la unidad y se pierde el rumbo.
En el Evangelio, Jesús se acerca al hombre sordo y pronuncia esa palabra decisiva: “Effetá”, es decir, “Ábrete”. Jesús no solo habla: Él es la Palabra hecha carne que toca, que se acerca, que se inclina sobre la fragilidad humana. No se limita a comunicar un mensaje; realiza el milagro. Introduce sus dedos en los oídos, toca la lengua, suspira y pronuncia una palabra que transforma. Así actúa también hoy con nosotros. La Palabra no es un discurso exterior; es una fuerza viva que quiere abrir nuestros oídos, pero también nuestro corazón, para que podamos escuchar verdaderamente y responder. Cuando Cristo habla, crea lo que dice. Cuando nos dice “Ábrete”, nos capacita para la escucha, nos sana interiormente y nos habilita para proclamar con libertad.
El Señor quiere abrir nuestras sorderas del corazón, pero también nuestras sorderas sociales. Hay sorderas frente al clamor de la vida, frente a la dignidad humana, frente a los más vulnerables. A veces se instala una cultura que no quiere escuchar la verdad sobre la vida, sobre la justicia y sobre el bien común. Y, sin embargo, estamos llamados a proclamar la Palabra, incluso cuando parezca que predicamos en el desierto. Más que predicar en el desierto, estamos llamados a abrir surcos en el desierto y seguir sembrando con esperanza viva, confiando en que el Señor hará brotar vida por medio nuestro. No podemos abandonar la evangelización ni debilitar nuestro compromiso en la misión evangelizadora. La fidelidad no depende del resultado inmediato, sino de nuestra obediencia confiada al Señor que da el crecimiento.
El consistorio fue un ejercicio de escucha. El retiro que hoy concluimos ha sido un momento de apertura interior y de fortalecimiento de nuestra fraternidad sacerdotal. El caminar sinodal nos invita a seguir discerniendo juntos. Y el compromiso con el bien común nos exige respuestas concretas, valientes y perseverantes.
Que esta Eucaristía sea para nosotros un verdadero “Effetá”. Que el Señor abra nuestros oídos, fortalezca nuestra unidad y nos haga, como presbiterio, auténticos testigos de comunión, de misión y de esperanza. Amén.
13 de febrero 2026
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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