HOMILÍA | MISA CRISMAL
Queridos hermanos y hermanas, queridos sacerdotes —diocesanos y religiosos—, queridos diáconos, consagrados, consagradas y fieles laicos, Pueblo de Dios.
Como pastor y como hermano, me alegra profundamente reunirnos hoy en torno al altar del Señor para celebrar esta Misa Crismal, signo visible y de la comunión de nuestra Iglesia de la Arquidiócesis de Asunción. Esta celebración tiene un significado muy profundo: en ella bendecimos los santos óleos —el de los catecúmenos, el de los enfermos y el santo Crisma— que acompañarán la vida de nuestro pueblo a lo largo del año, en los momentos de inicio, de sanación, de consuelo y de consagración.
Pero esta Eucaristía también nos conduce al corazón mismo de nuestra vocación, porque nos hace volver a aquel día en que, postrados en tierra —en un momento tan solemne como conmovedor—, con humildad de corazón, pronunciamos nuestras promesas sacerdotales y nuestros votos, entregando toda nuestra vida al Señor, al ministerio y a la misión. Hoy, una vez más, nos presentamos ante Él con sinceridad, para renovar esas promesas, para renovar esos votos, y para reavivar el amor primero con el que fuimos llamados y enviados.
En continuidad con el camino que venimos recorriendo como Iglesia, hoy abrazamos con gratitud a todo nuestro presbiterio y a nuestros diáconos, que sirven con generosidad en nuestra Iglesia local: en parroquias, comunidades religiosas, colegios y escuelas, universidades, hospitales, movimientos y asociaciones, así como en las periferias sociales y existenciales, donde el Evangelio sigue siendo anunciado con fidelidad, muchas veces en silencio, con sacrificio y con esperanza.
Hoy resuena con fuerza la Palabra del Evangelio: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21). Y desde esta certeza hacemos nuestra la oración del salmista: “Tú eres mi Señor, mi bien, nada hay fuera de ti” (Sal 16). En este Año del Bien Común reconocemos que el mayor bien al que puede aspirar el corazón humano es Dios mismo. Él es nuestro único bien. Y desde ese único bien aprendemos a buscar el bien de los demás, del Pueblo de Dios, acompañándolo como pastores. Como nos recordaba el Papa Francisco, el pastor sabe caminar delante para guiar, en medio para acompañar y detrás para sostener, sin dejar a nadie atrás. Así, el bien del rebaño se convierte verdaderamente en el bien de todos.
En este mismo camino resuena también la palabra del Señor: “Denles ustedes de comer” (Lc 9,13). Esta palabra nos compromete profundamente y nos remite a la oración que el mismo Señor nos enseñó: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Ese pan es, ciertamente, el pan de cada día necesario para vivir, el alimento indispensable para la vida humana. Pero también sabemos que hay hambre, y que ese pan falta en muchas mesas, especialmente en las comunidades más vulnerables y con mayores carencias de nuestro país.
Hay familias enteras y niños que no reciben una alimentación adecuada en los primeros años de la vida, en la primera infancia, y que, por esa carencia, quedan marcados por la desnutrición, que afecta gravemente a tantos niños y condiciona su crecimiento, su desarrollo y su futuro. El Señor mismo nos lo recuerda con fuerza: “Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber” (Mt 25,35). Porque en los hambrientos y sedientos reconocemos el rostro mismo de Cristo.
Pero también hay hambres más profundas: hambre de paz, de justicia, de igualdad, de equidad ciudadana, de dignidad. En nuestra sociedad existen brechas muy marcadas entre quienes tienen muy poco y quienes poseen bienes en abundancia; entre quienes padecen estrecheces y quienes viven en la acumulación y el derroche, como en la parábola del rico y el pobre Lázaro.
Estas desigualdades pueden causar mayores grietas sociales y alejarnos de aquello que anhelamos como pueblo y proclamamos en nuestro himno nacional: “ni opresores ni siervos alientan… donde reinan unión e igualdad, unión e igualdad, unión e igualdad”, que repetimos con fuerza y por tres veces, y que no sean solo palabras cantadas, sino palabras obradas y realizadas, como un símbolo patrio y cristiano que estamos llamados a encarnar en nuestra vida. Entre hermanos, trabajar por el bien común es trabajar por la unión, por el bien y el bienestar de todos, ensanchando el corazón y estrechando las desigualdades que nos separan y pueden agrietarnos más todavía.
Cuando rezamos el Padre Nuestro y decimos “Danos hoy el pan de cada día”, no solo pedimos el pan material, sino también el Pan de la Eucaristía, alimento y sustento espiritual que fortalece y renueva nuestra vida. En la Última Cena, el Señor se nos entregó diciendo: “Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre”, y nos dejó el mandato: “Hagan esto en memoria mía”. Y nos asegura: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”.
Así, el Señor no solo nos enseña a pedir el pan, sino que Él mismo se hace Pan para nosotros. La Eucaristía es el Pan de la unidad, el Pan de la vida, que ensancha el corazón y nos hermana como familia de Dios. Nosotros, sacerdotes, alimentados por su Cuerpo y su Sangre, estamos llamados a vivir de este misterio y a hacerlo presente en medio del pueblo, siendo servidores humildes de este don.
A la luz de este misterio, recordamos a San Juan María Vianney, quien decía: “Si comprendiéramos bien lo que es la Misa, moriríamos de amor”. La Eucaristía es la fuente inagotable de la vida de la Iglesia, y pedimos que ese amor no se apague en nosotros por el cansancio o por la rutina, sino que se renueve cada día en el encuentro vivo con el Señor.
En nuestra tierra, el testimonio del presbítero Julio César Duarte Ortellado nos ilumina y nos interpela. Él fue un sacerdote profundamente eucarístico, un constructor de puentes entre comunidades, un hombre cercano al pueblo, especialmente a los niños pobres y a los más necesitados. Su vida fue un servicio humilde, sencillo y fiel, sostenido desde el altar.
Y también miramos al padre San Roque González de Santa Cruz, quien fue cura párroco de esta Iglesia Catedral. Este año recordamos los 450 años de su nacimiento y su martirio en 1628. Su vida fue el testimonio más elocuente de su amor a Dios y a su pueblo, como lo expresó San Juan Pablo II en su canonización en 1988. Él nos enseña a ser pastores con corazón de Cristo, custodios de nuestro pueblo y defensores de los más pobres.
Nos unimos a la intención del Santo Padre en este mes, orando especialmente por los sacerdotes en crisis, por aquellos que están cansados, heridos o desanimados. Que no les falte la cercanía fraterna, la amistad sincera y el sostén de la oración del Pueblo de Dios, para que puedan renovar la esperanza y redescubrir la belleza de su vocación.
Y también nos unimos a su oración por la paz en el mundo, para que todos seamos verdaderos artesanos de paz. Que, de rodillas, pidamos incesantemente al Señor de la paz que derrame su don sobre la humanidad, especialmente en la Tierra Santa, nuevamente herida por la violencia. Que al acercarnos al Viernes Santo, contemplando la pasión y muerte de Cristo, podamos implorar que su sangre, derramada por nosotros y por muchos para el perdón de los pecados, sea fuente de reconciliación, fraternidad y paz verdadera.
Queridos hermanos y hermanas, cuidémonos entre nosotros con verdadera fraternidad, sosteniéndonos en la fe, acompañándonos con cercanía y compartiendo nuestras cargas, para que ninguno camine solo y todos perseveremos con esperanza en el ministerio.
Y pongámonos siempre del lado de Cristo, el Siervo de los siervos, que se abaja, se hace cercano y nos lava los pies, enseñándonos que el camino del ministerio es el servicio humilde, la entrega generosa y el amor concreto.
María Santísima, Virgen de la Asunción, ruega por nosotros; ruega por los sacerdotes hoy aquí presentes, tus hijos, que te invocan con unción y devoción. Acompáñanos, sostennos y condúcenos siempre a tu Hijo.
02 de Abril de 2026
+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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