Misa conclusiva del Congreso Internacional de Catequesis
«Formando a nuevos discípulos misioneros ante el cambio de época.

Queridos hermanos y hermanas, queridos congresistas catequistas: reciban un saludo cordial y fraterno. Llegamos a esta Eucaristía conclusiva después de estos días de formación, oración, reflexión y encuentro. No estamos simplemente cerrando un Congreso; estamos celebrando un envío. Volvemos a nuestras diócesis, parroquias y comunidades con la misión renovada de anunciar a Jesucristo.

La primera lectura nos ofrece una expresión muy fuerte: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jer 20,7). Jeremías conoció el cansancio, la incomprensión y hasta el deseo de callar, pero llevaba dentro «como un fuego ardiente, encerrado en los huesos» (Jer 20,9). Algo de ese fuego debe permanecer también en el corazón del catequista. Quien ha sido alcanzado por Cristo siente la necesidad de anunciarlo.

El salmo nos hace decir: «Señor, mi alma tiene sed de ti» (Sal 62[63],2). Antes de enseñar a otros a buscar a Dios, necesitamos mantener viva nuestra propia sed. Los métodos, materiales y tecnologías son importantes, pero nada sustituye la oración, la PALABRA de Dios, la Eucaristía y la comunidad.

Por eso, la Iniciación a la Vida Cristiana, la IVC, debe ser integral, permanente y transversal. Integral, porque abraza toda la persona; permanente, porque nunca terminamos de crecer como discípulos; y transversal, porque atraviesa la familia, la liturgia, la comunidad, la formación humana, la caridad, la cultura del cuidado, el compromiso social y la misión.

Aquí aparece una palabra antigua de la Iglesia: mistagogia. Viene del griego y significa conducir hacia el misterio. Pero misterio no quiere decir algo oscuro o incomprensible. Se refiere a la profundidad inagotable de Dios, de su amor, de su gracia y de su presencia en nuestra vida. La mistagogia es entrar cada vez más, incesantemente y profundamente, en esa amistad con Dios.

Podríamos decirlo sencillamente: conocer a Dios es júbilo, es un verdadero jubileo, pero no una jubilación. De la vida cristiana no nos jubilamos, y del aprendizaje de la fe tampoco. Nunca podemos decir: «Ya conozco suficientemente a Dios». Él es una fuente inagotable. Estamos llamados a conocerlo cada vez más, a sintonizar profundamente con su amor y a dejarnos transformar por Él. En ese camino descubrimos también la plenitud de la vida: cuanto más entramos en la amistad con Dios, más aprendemos a amar, servir y vivir según el corazón de Cristo.

San Pablo nos dice: «No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente» (Rom 12,2). Esta palabra ilumina muy bien el lema de nuestro Congreso: «Formando a nuevos discípulos misioneros ante el cambio de época». Cambian los lenguajes, las tecnologías y las formas de relacionarnos, pero el Evangelio permanece. Necesitamos encontrar nuevos caminos para anunciar con fidelidad la misma Buena Noticia.

Este Congreso ha sido un momento formativo importante. Lo escuchado, reflexionado y trabajado aquí no debería quedarse solamente entre quienes participaron. Llevémoslo a nuestras parroquias, decanatos, equipos y comunidades; compartámoslo y profundicémoslo para que sus frutos se multipliquen.

En estos días han vivido también la conversación en el Espíritu, escuchándose y discerniendo juntos. Han trabajado itinerarios mistagógicos y pastorales y propuestas desde las parroquias. Todo esto podrá enriquecerse en nuestros diálogos sinodales con las coordinaciones parroquiales, pastorales y decanales. La catequesis no camina aislada; forma parte de toda la misión de la Iglesia.

En el Evangelio, Jesús corrige a Pedro: «Tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres» (Mt 16,23). Ser discípulos significa procurar que nuestros pensamientos, criterios y decisiones estén cada vez más anclados en Dios y sintonizados con el corazón de Cristo. Necesitamos buscar su voluntad en la Sagrada Escritura, la oración, el Magisterio, los sacramentos y en una lectura creyente de nuestra realidad.

En cierto sentido, se trata de sintonizar con Aquel que es Amor. El catequista mira a Jesucristo, el único Maestro, aprende de Él y procura reflejar su manera de amar, escuchar, servir, perdonar y acompañar. La catequesis no forma solamente personas que saben cosas sobre Jesús; forma discípulos que procuran vivir como Él.

Jesús añade: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). La catequesis no forma admiradores de Jesús, sino discípulos que caminan detrás de Él. Antes que maestro de palabras, el catequista está llamado a ser discípulo del Maestro.

En este camino ocupa un lugar fundamental la familia, primera escuela de la fe. Los padres son los primeros catequistas de sus hijos, especialmente con su ejemplo. Allí se aprende a rezar, amar, perdonar, respetar y descubrir que cada niño, niña, adolescente y joven es profundamente amado por Dios.

El catequista está llamado también a promover una verdadera cultura del cuidado: velar por los niños, niñas y adolescentes, fomentar el buen trato y las relaciones sanas, y permanecer atentos ante cualquier indicio de abuso, violencia o maltrato que pueda amenazar su dignidad e integridad. Muchos niños y adolescentes llegan a nuestras comunidades llevando heridas de sus ambientes familiares o sociales. El catequista no reemplaza a los profesionales ni a las instituciones responsables, pero sí debe saber escuchar, acompañar, no minimizar señales de alarma y comunicar responsablemente por los canales adecuados. Cuidar es proteger, prevenir, acompañar y actuar responsablemente.

Hoy, 30 de agosto, celebramos a Santa Rosa de Lima (1586-1617), primera santa de América, que vivió 31 años. Su vida nos recuerda que evangelizar no consiste solamente en hablar de Cristo, sino en hacerlo visible con la propia existencia. Santa Rosa convirtió su profunda unión con el Señor en servicio a pobres y enfermos. En ellos reconocía el rostro de Cristo, y ellos podían descubrir en su cercanía y caridad algo del amor de Jesús.

Junto a Santa Rosa recordamos a nuestra beata María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga (1925-1959), que vivió 34 años. Separadas por siglos, ambas fueron mujeres jóvenes profundamente enamoradas de Cristo. Chiquitunga, desde joven catequista en Villarrica y después como maestra, comprendió que anunciar a Jesús no era solamente transmitir contenidos, sino hacer de toda la vida testimonio de Aquel que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6).

Su ejemplo nos recuerda que no puede existir un divorcio entre la catequesis y la vida cristiana cotidiana. La catequesis continúa en la familia, en el trabajo, en la manera de hablar, servir, perdonar, cuidar y relacionarnos. Lo que enseñamos con los labios debe estar sostenido por el testimonio de la vida.

Este año recordamos también los 450 años del nacimiento de san Roque González de Santa Cruz (1576-1628), quien vivió 51 años, a solo dos días de cumplir 52. Primer santo paraguayo y gran evangelizador de nuestros pueblos, nos enseña que la catequesis debe permanecer fiel al Evangelio y, al mismo tiempo, saber encarnarse e inculturarse en cada época. Aprendió la lengua de los pueblos, conoció sus costumbres y buscó anunciar a Jesucristo de manera que llegara a su mente y a su corazón.

Ese desafío continúa hoy. El papa León XIV, en Magnifica Humanitas, nos recuerda que, cuando cambian los lenguajes y las herramientas, cambian también los gestos cotidianos y las relaciones sociales (n. 131), y nos invita a «permanecer profundamente humanos» (n. 15). En medio de las transformaciones culturales y tecnológicas, la dignidad de cada persona debe permanecer siempre en el centro: una dignidad que no depende de la productividad, de la eficiencia ni de las capacidades, sino de haber sido querida, creada y amada por Dios (cf. nn. 50-53). También nuestra catequesis está llamada a inculturar el Evangelio en estos nuevos escenarios: comprender los lenguajes, las preguntas y las búsquedas de nuestro tiempo para anunciar la misma verdad de Jesucristo de una manera capaz de llegar a la mente y al corazón, sin disminuir la fuerza ni la exigencia del Evangelio.

Santa Rosa, Chiquitunga y san Roque González fueron, en el sentido profundo de Jeremías, personas seducidas por Dios. Aquí seducir no significa algo romántico o superficial. Significa dejarse atraer, conquistar y tocar profundamente el corazón por Dios, hasta permitir que Él oriente toda la existencia. Ellos dejaron que Dios ocupara el centro de sus vidas y pudieron así amar, servir, evangelizar y perseverar.

Al concluir, expresamos nuestro agradecimiento a quienes han impulsado y sostenido este camino: de manera especial a Mons. Edmundo Valenzuela, Arzobispo Emérito de Asunción, quien dio un gran impulso a la IVC en nuestra Arquidiócesis; a Mons. Guillermo Steckling, asesor de la Catequesis; al Consejo del DECAR; a Cristina La Guardia; y a tantos sacerdotes, religiosos, religiosas, coordinadores, equipos y catequistas.

Recordamos también con cariño a los catequistas que ya han partido a la Casa del Padre, especialmente a quienes formaron parte de nuestros equipos y consejos y colaboraron con amor en la preparación de este Congreso. Su entrega pertenece a la historia viva de nuestra catequesis.

Nuestro agradecimiento también a nuestros invitados internacionales: al P. Omar Osiris López, de México; al P. Jorge Barros Bascuñán, de Chile; y al P. José Luis Quijano, de Argentina. Gracias por compartir su experiencia y enriquecer nuestro camino. Y gracias a cada uno de ustedes, queridos congresistas catequistas, por su compromiso y disponibilidad para seguir siendo verdaderos discípulos misioneros.

Y ahora, al terminar esta homilía, nos disponemos al Rito de Effetá. Effetá es una palabra aramea que significa «Ábrete». Jesús la pronunció al abrir los oídos y liberar la lengua de un hombre (Mc 7,34). Que este gesto diga por nosotros lo esencial: oídos abiertos para escuchar la PALABRA, corazón abierto para dejarnos transformar por ella y labios abiertos para anunciarla. Porque, como enseña san Pablo, «la fe viene de la escucha» (Rom 10,17); y, como dice Isaías, el Señor «despierta mi oído para que escuche como los discípulos» (cf. Is 50,4-5).

Que María, primera discípula y misionera, nos acompañe. Ella escuchó la PALABRA, la guardó en su corazón y «se levantó y partió sin demora» (cf. Lc 1,39) para llevar a Cristo. Que también nosotros podamos decir con Jeremías: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir», y llevar ese fuego a nuestras comunidades.

Amén.

30 de agosto de 2026.

 

Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción