Homilía para la misa del viernes 9 de octubre

San Miguel Arcángel, defensor del pueblo de Dios

1. Queridos hermanos y hermanas: Permítanme comenzar con una escena sencilla. Imaginemos a un niño que mira la imagen de San Miguel y pregunta: «¿Y para qué tiene una espada?». Alguien le responde: «Para luchar contra el mal». Y el niño, después de pensarlo un momento, dice: «Entonces es para que nosotros no tengamos miedo». Su ocurrencia nos hace sonreír, pero nos ayuda a comprender el sentido de esta celebración: San Miguel nos recuerda que Dios está con nosotros y que el mal no tiene la última palabra.

2. Por eso, recibimos con mucha alegría esta Espada de San Miguel, que es un objeto de devoción y nos ayuda a mirar al Arcángel. No tiene un poder mágico: nuestra fe no está puesta en una espada, sino en Dios. La palabra ángel significa «mensajero». Los ángeles son criaturas espirituales e invisibles, servidores de Dios que cumplen una misión. Santa Teresita del Niño Jesús, en su poesía A mi ángel de la guarda, lo llama «mi amigo y consolador». También Santa Teresa de Jesús cuenta que vio a un ángel con un dardo de oro y que quedó «abrasada en amor grande de Dios» (Libro de la Vida, 29, 13). Ese dardo místico no representa violencia: expresa cómo el amor de Dios toca y transforma el corazón. San Agustín lo explicó con sencillez: «El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza». Arcángel significa «ángel principal». San Miguel es el Arcángel defensor de su pueblo.

3. Su nombre, en hebreo Mijael, significa: «¿Quién como Dios?». Es una pregunta que proclama que nadie es igual a Dios ni está por encima de Él. Nos invita a confiar en el Señor y a no poner nada ni a nadie por encima de Él.

4. La primera lectura, del libro del Apocalipsis, habla de un combate en el cielo: «Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. El dragón y sus ángeles combatieron, pero no resistieron y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Y fue arrojado el gran dragón, la antigua serpiente…» (Apocalipsis 12, 7-9). El mismo texto lo identifica como Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero.

5. El dragón es una figura propia del lenguaje simbólico del Apocalipsis. Representa el mal que engaña, acusa y busca apartar a las personas de Dios. Su hambre es insaciable: quiere devorar la verdad, la vida y la esperanza. La lectura nos recuerda que es vencido «por la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio» de los que permanecieron fieles (Apocalipsis 12, 11).

6. Esta imagen del dragón nos ayuda también a reconocer los dragones de muerte que amenazan hoy a nuestro pueblo: el crimen organizado, la trata de personas, la explotación de niños y niñas, los homicidios y los feminicidios. Está también el dragón de la corrupción, como una serpiente venenosa de muchas cabezas que extiende sus tentáculos por distintos ámbitos de la vida social. A veces parece la Hidra de Lerna: se corta una cabeza y aparecen otras. Esto requiere vigilancia constante y un compromiso firme para cortar esas cabezas y combatir la corrupción con transparencia, justicia y responsabilidad. Ante estos males, San Miguel nos recuerda que debemos defender la vida y proteger a las personas más vulnerables.

7. Esta lectura tenía un mensaje muy fuerte para los primeros cristianos, que vivían persecuciones. Muchos fueron llevados ante los tribunales, amenazados y pasados por la espada. No siempre podían reunirse libremente ni decir abiertamente que eran cristianos. Sin embargo, permanecieron firmes en su fe y dieron testimonio de Jesús, incluso hasta la muerte. Como dice el Señor: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» (Mateo 10, 28).

8. La espada que contemplamos hoy es signo de la justicia de Dios, que pone límite al mal y defiende al inocente. El salmista pregunta: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?». Y responde: «El que procede honradamente y practica la justicia» (Salmo 15 [14], 1-2). La lectura del Apocalipsis dice que el dragón ya no tuvo lugar en el cielo; el salmo nos muestra que quien puede habitar en la presencia de Dios es quien vive con rectitud y practica la justicia. Por eso, esta espada no es símbolo de agresión ni de odio: nos llama a defender el bien, la verdad y la vida, y a combatir el mal con la fuerza del Evangelio, empezando por nuestro propio corazón.

9. Nos duele especialmente el feminicidio de Deisy Paola Giménez Segovia, una joven de 22 años, ocurrido anoche en Lambaré. Según las informaciones publicadas, ella había denunciado amenazas y contaba con una medida de restricción. Su caso reclama justicia y nos lleva a pedir una protección real y oportuna para tantas mujeres que denuncian y piden ayuda. Las víctimas necesitan valor para acudir a la justicia, pero también necesitan ser escuchadas, protegidas y acompañadas. Ninguna denuncia de violencia debe quedar simplemente archivada o demorada sin una evaluación seria del riesgo y una respuesta eficaz. La justicia debe actuar con diligencia; la inoperancia y las negligencias pueden dejar a las víctimas expuestas y hacer que se llegue demasiado tarde. Les invito a guardar ahora un momento de silencio y a pedir al Señor por Deisy Paola, por todas las mujeres víctimas de feminicidio y violencia, y por sus familias.

10. El Evangelio de san Juan nos presenta el encuentro de Jesús con Natanael. Jesús lo ve acercarse y dice: «Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Juan 1, 47). El engaño no consiste solamente en mentir a los demás; también podemos mentirnos a nosotros mismos, ocultando la verdad o justificando aquello que sabemos que no está bien. Natanael, en cambio, es un hombre sincero, sin doblez.

11. Natanael se sorprende y pregunta a Jesús: «¿De qué me conoces?». Jesús le responde que ya lo había visto antes de que Felipe lo llamara. Jesús también nos ve y nos conoce en lo más profundo. Nos conoce tal como somos y nos llama a vivir en la verdad, sin máscaras ni engaños. Cuando nos dejamos mirar por Él, podemos reconocer nuestras luchas y confiar en que nos ayudará a seguirlo.

12. Natanael reconoce a Jesús y le dice: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Juan 1, 49). Entonces Jesús le anuncia que verá cosas mayores: «Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Juan 1, 51). Jesús es el Hijo de Dios y el camino que une el cielo y la tierra. Los ángeles sirven a Dios y cumplen su misión, pero Cristo es el centro de nuestra fe. También San Miguel está al servicio de Cristo y nos conduce a confiar más plenamente en Él.

13. La devoción a San Miguel está muy arraigada en el Paraguay. En las 17 circunscripciones eclesiásticas de nuestro país, tanto en la región Oriental como en la Occidental, hay varias parroquias y, según una estimación pastoral, cientos de capillas dedicadas a San Miguel. Su nombre forma parte de la fe y de la vida de muchas familias paraguayas.

14. También permanece en la memoria de nuestro pueblo la batalla de Boquerón, en 1932, cuya fecha de culminación coincide con la celebración de San Miguel. En medio del dolor de la guerra, muchos soldados y familias invocaron la protección de Dios y de San Miguel Arcángel.

15. La tradición sitúa en el monte Gargano, en Italia, el santuario de San Miguel Arcángel. Según esa tradición, allí se manifestó el Arcángel y la gruta quedó consagrada a su culto. Tuve la gracia de visitar ese santuario durante mi viaje a Roma en 2025. Allí pude ver la fe de tantos peregrinos que llegan para encomendarse a San Miguel.

16. La llegada de esta Espada tiende también un puente de fe entre el Santuario de San Miguel en el monte Gargano y nuestro país, el Paraguay. Es un signo de comunión entre pueblos y comunidades que, desde distintos lugares, elevan su oración a Dios y se encomiendan a la protección de San Miguel. Que este encuentro fortalezca nuestra devoción y nos ayude a vivir con mayor fidelidad el Evangelio.

17. Queridos hermanos, que esta visita nos ayude a levantar la mirada hacia Cristo y a vivir con valentía nuestra fe. Pidamos a San Miguel que acompañe a nuestro pueblo, proteja a nuestras familias y nos ayude a ser testigos de la verdad y de la paz.

18. Saludo con afecto al rector del Santuario de San Miguel Arcángel, situado en el monte Gargano, en Italia, el padre Ladislao Suchy; al vicerrector, el padre Marco Arciszewski; a los Padres Miguelitas que acompañan esta visita; a las hermanas religiosas de San Miguel y a todos los fieles que se han reunido para celebrar la Eucaristía. Agradezco al presidente de la República, Santiago Peña; a la Primera Dama, Leticia Ocampos; y a la embajadora del Paraguay ante la Santa Sede, doctora Romina Taboada, por su apoyo y colaboración. Agradezco también a todas las personas que trabajaron para que esta Espada pudiera salir de Italia por primera vez y llegar al Paraguay. Que el Señor bendiga a cada uno por este servicio a la fe de nuestro pueblo.

19. Terminamos encomendándonos a Santa María, a quien contemplamos en la mujer del Apocalipsis, que dio a luz a Jesús y lo entregó al mundo. María nos conduce a su Hijo, nuestro Salvador, el Dios-con-nosotros, cuya luz ilumina a todos.

Santa María, mujer del Apocalipsis, la mujer vestida de sol, y Madre de nuestro Salvador y Madre nuestra, acompáñanos, protege a nuestro pueblo y ayúdanos a permanecer fieles a Jesús Nuestro Señor. Amén.

Card. Adalberto Martinez Flores.

09 de octubre de 2026