El banquete de Dios y el camino del Buen Pastor
1. Hoy, 11 de octubre, recordamos la memoria litúrgica del querido san Juan XXIII, el Papa bueno. Se cuenta que, durante una visita a un hospital, le preguntó a un niño qué quería ser cuando fuera grande. El niño respondió que policía o Papa. Juan XXIII, riéndose de sí mismo, le aconsejó ser policía y añadió: «Cualquiera puede llegar a ser Papa; mírame a mí». Con esa broma, mostraba su sencillez. La anécdota nos invita a pensar también en nuestra vocación de ser cristianos: seguir a Jesús. Pero a veces nos desviamos del camino o tomamos decisiones equivocadas. Entonces, el GPS nos avisa: «Recalculando la ruta». Y, en nuestra vida cristiana, cuando la voz de la conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, nos dice: «Recalculando el rumbo», podemos corregir nuestros pasos y volver al camino del Buen Pastor.
2. El Salmo 23, que hemos cantado esta mañana, es el salmo del Buen Pastor. Nos recuerda que atravesamos preocupaciones, desatinos y momentos oscuros. Pero no estamos solos: el Señor, nuestro Pastor, nos guía y nos sostiene. Hoy nos ha conducido a su casa, hasta la mesa de su Palabra y de la Eucaristía, para abrevarnos en sus fuentes tranquilas, alimentarnos y recuperar las fuerzas.
3. Isaías fue uno de los profetas de Israel. Vivió en el siglo VIII antes de Cristo y recibió su vocación profética en Jerusalén hacia el año 742 a. C. En la lectura de hoy anuncia que Dios preparará un banquete para todos los pueblos y arrancará el velo que los cubre (Isaías 25, 6-10a). Ese velo puede representar las penas y oscuridades que nos cubren y abruman: una enfermedad, un problema familiar, la violencia o la incertidumbre ante lo que viene. El profeta promete que Dios enjugará las lágrimas. Y el Salmo 23 nos da palabras para esos momentos: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo».
4. Jesús retoma la imagen del banquete en la parábola del rey que prepara la boda de su hijo (Mateo 22, 1-14). Algunos invitados rechazan la invitación, pero el rey no cancela la fiesta: manda llamar a todos los que encuentren por los caminos, buenos y malos. La sala se llena. Dios quiere que nadie quede fuera de su mesa.
5. Pero la parábola añade un detalle que nos interpela: el rey encuentra a un invitado sin traje de fiesta y le pregunta por qué ha entrado así. El traje no es una ropa elegante; expresa la respuesta que damos a la invitación de Dios. Benedicto XVI, al comentar esta parábola, recordó una enseñanza de san Gregorio Magno: el traje de fiesta representa el amor a Dios y al prójimo. Dios nos ofrece su gracia; nosotros estamos llamados a dejar que ese amor transforme nuestra vida y se note en nuestras acciones. Ese amor es el traje con que respondemos a la invitación y participamos de verdad en el banquete de Dios.
6. Un testimonio concreto de ese amor fue san Juan XXIII, el querido Papa que recordamos al comienzo. Un día como hoy, hace 64 años, en 1962, inauguró el Concilio Vaticano II, una reunión de obispos de todo el mundo —también participaron obispos paraguayos— para reflexionar sobre la vida y la misión de la Iglesia. Podemos imaginar aquel Concilio como un gran banquete espiritual: el Papa convocó a pastores de todas partes para reunirse, compartir y nutrir la vida de la Iglesia con la riqueza de la doctrina y los aportes de los Padres conciliares. En su discurso, afirmó que la verdad del Señor permanece, mientras las opiniones y los errores pasan como la niebla ante el sol. Por eso, la Iglesia debía responder a las necesidades de su tiempo mostrando la fuerza de su doctrina y usando «la medicina de la misericordia» más que la severidad. Frente a la violencia, las armas y el predominio político, debía mostrarse como madre cercana y extender la caridad, que promueve la concordia, la paz justa y la unión fraterna.
7. El amor de Cristo nos reviste con el traje de la misericordia y nos hace portadores de esa medicina para quienes sufren. Nos duele el feminicidio de Deisy Paola Giménez Segovia, como tantos otros que han ocurrido últimamente. A la luz de la promesa de Isaías, pedimos al Señor que arranque el velo de tantas tragedias que cubren nuestra tierra, tan fecunda y, sin embargo, regada con sangre inocente. Somos guardianes unos de otros. En un Estado de derecho, la justicia debe resguardar a los ciudadanos de los atropellos. No dejemos que el dragón de la muerte, nacido de corazones en tinieblas, disperse el rebaño. Que Dios enjugue las lágrimas de las víctimas y de sus familias, y que haya justicia y protección para quienes sufren violencia.
8. Ante estas heridas y tantas necesidades, san Pablo nos recuerda que conoció la abundancia y la escasez, pero encontró su fuerza en Cristo (Filipenses 4, 12-14.19-20). También agradece a quienes lo socorrieron en sus dificultades. Su experiencia nos enseña que la fe se sostiene en Cristo, y en esa fe nos sostenemos mutuamente: compartiendo, acompañando y ayudando a quien lo necesita. En este espíritu de oración y fraternidad, encomendamos también al papa León XIV, que en los próximos días será intervenido para extirpar un nódulo localizado en el pulmón. Él mismo se ha confiado a nuestras oraciones. Pidamos al Señor que acompañe la intervención y le conceda una pronta recuperación.
9. También nosotros, fortalecidos por el Señor, nos acercamos hoy a su banquete. Él nos alimenta con su Palabra y con la Eucaristía, y nos guía como buen Pastor. En estos días, la visita de san Miguel Arcángel nos recuerda que Dios también nos cuida y nos defiende por medio de sus ángeles. Que san Juan XXIII nos anime a trabajar para que la Iglesia sea siempre de puertas abiertas, salga al encuentro de todos y anuncie el Evangelio sin excluir a nadie. Que el Señor quite los velos que oscurecen nuestra vida, nos ayude a corregir el rumbo cuando nos desviamos y nos vista con el traje del amor. Al salir de esta celebración, llevemos a otros la invitación de Dios y cuidémonos unos a otros.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo de Asunción
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