A continuación compartimos la homilía del Arzobispo Metropolitano, Monseñor Edmundo Valenzuela durante la Vigilia Pascual del Sábado Santo (26.03.2016).

En este año Jubilar de la Misericordia celebramos la solemne Vigilia Pascual haciendo presente una historia de amor fiel y eterno de nuestro Padre Dios manifestado en el rostro visible de su Hijo misericordioso.

La Resurrección de Jesús corona una larga historia de esperanza que es la misericordia en acto de Dios Padre en su Hijo Jesús, resucitado de entre los muertos. Como escuchamos a través de la Proclamación de la Palabra de Dios, todo comenzó con la creación del mundo, del hombre y de la mujer, continuando por la liberación del éxodo, los continuos reclamos de volver a la Alianza por parte de los profetas en especial Isaías y Ezequiel. Retomado luego esa historia de salvación por la Carta de San Pablo a los Romanos quien corona el anuncio de la Vida Nueva mediante el Bautismo.

La sorpresa de todas las maravillas es el anuncio que las Mujeres reciben de los Mensajeros de Dios y ese mismo anuncio las convierten en las primeras discípulas misioneras al llevar la extraordinaria noticia de que Jesús está vivo a los Apóstoles.

Toda esa larga travesía del proyecto de Dios misericordioso sobre una humanidad dividida, alejada, transgresora de la Alianza pactada tantas veces a lo largo de la Historia de Israel ahora se realiza definitivamente en la Resurrecció En gloriosa de Jesús. Es el sello de la autenticidad de nuestro Dios misericordioso.

En el evangelio  no se relata la resurrección de Jesús, pero sí se afirma. No describen ni el momento preciso ni la manera de cómo Jesús resucitó. Quienes inician el proceso de fe son precisamente las mujeres venidas con Jesús desde Galilea. Van al sepulcro, lugar de los muertos. Lucas ilumina sobre el destino de Jesús mediante dos imágenes: el sepulcro vacío, que produce desconcierto que no «produce» la fe, y los dos personajes con vestidos brillantes, una manera de decir que no son personajes humanos, sino seres enviados por Dios. Ellos anuncian a las mujeres que Jesús está vivo y que no hay que buscarlo entre los muertos; así, la fe de las mujeres comienza un giro distinto: ahora ya no se trata de seguir a Jesús y servirle materialmente (cfr. 8,1-3); sino, de una manera nueva: a través del anuncio de su resurrección; por eso ellas se ponen en camino e inmediatamente van a anunciar a los demás discípulos la Resurrección del Señor.

Pero los discípulos aún no están preparados para recibir y aceptar en su vida de fe la resurrección del Maestro. El hecho es que ellos siguen sin entender nada. Movido por la noticia curiosa, Pedro va hasta la tumba y, en efecto, la encuentra vacía, pero una vez más se constata que esto no es prueba de la resurrección; en las mujeres sólo había producido desconcierto y en Pedro, extrañeza, mas no la fe. Por tanto, Lucas insiste en que ninguna prueba material sería suficiente para demostrar la resurrección de Jesús; luego, la cuestión aquí no es «probar» la resurrección, sino abrirse a una experiencia de fe totalmente nueva y distinta.

Una experiencia real, por la que vale la pena vivir y morir. Así lo testimoniaron los Apóstoles, los primeros discípulos, los mártires de los primeros siglos hasta el día de hoy. Cuán agradecidos estamos por las mujeres paraguayas, por habernos transmitido la alegría del evangelio, hacernos llegar la fe y la cultura cristiana juntamente con la lengua guaraní.

San Pablo afirmará que si Cristo Jesús no hubiera resucitado es inútil, vana y vacía nuestra fe. Pero, no! Cristo es el primer resucitado, el vencedor de la muerte y del pecado. Él es el motivo de nuestra confianza porque es la Obra prodigiosa de Dios, el él está la nueva creación del hombre, el Hombre Nuevo, la liberación de la esclavitud de Egipto, el Salvador de la humanidad, el Espíritu nuevo que da vida y renueva la faz de la tierra!

Hoy día afrontamos, en el mundo de la globalización, cada vez más la incredulidad, la apostasía, la indiferencia. Muchos son víctimas del agnosticismo y del relativismo. Sus vidas dan lástima! Cuántas familias destrozadas! Cuántos víctimas del alcohol, las drogas, de la prostitución, de la miseria social y cultural.

Cuánta mentira, opresión, esclavitud y violencia nos rodea al día al día, por búsqueda de dinero, a cualquier precio. Esto genera lo que llamamos corrupción, una situación de individualismo, de grandes sufrimientos! Campea la inmoralidad, la falta de ética, la falta de fe y esperanza, aumentan los robos sin escrúpulos, sin juicios ni condenas.

Qué diferente es la vida de un auténtico cristiano, cuya fe se basa en la Resurrección de Jesús. Vive en la familia haciendo de ella un templo divino. Vive en la economía valorando la persona y haciéndola partícipe de los beneficios de la pequeña o grande empresa. Vive en la política cumpliendo su fin humanitario en la construcción del Bien Común mediante programas reales y solidarios, siempre en la búsqueda de mejores condiciones de vida para todos los ciudadanos. Vive en el mundo cultural creando belleza, en todas las artes, acercando a quienes se abren a un horizonte más allá del comer y del beber, a valorar la magia del arte que tiene su fuente en el Sumo Bien y la Suma Belleza. El cristiano, desde su fe en la Resurrección es el más activo en la humanización del hombre, ayudándolo a cristificarse mediante el uso de la libertad y del amor en camino a su plenitud de su ser trascendente.

Cuanto mejor cristiano mejor ciudadano se es. Enriquecido por la gracia de la fe y de la esperanza se pone en lucha contra el mal, la injusticia, el pecado. Este cristiano ciudadano viene a ser una antorcha humilde y a la vez, poderosa, para la sociedad, porque lleva consigo la luz de Cristo, su verdad, su amor, su misericordia. Lo que nosotros cristianos somos y conocemos, no es para vivir encerrados en el gozo de la fe, sino es para ser mensajeros y misioneros de esta verdad.

Eso es lo que esta noche celebramos. La victoria sobre la corrupción de la muerte, despojarnos de los sepulcros vacíos, de los vicios y esclavitudes, de  las ideologías de turno que pretenden construirse sin Dios, como en la Torre de Babel. Recibamos la noticia más sublime de la historia: no busquen entre los muertos al que está vivo. Ha resucitado Jesús, anúncienlo al mundo, a los agnósticos, a los que creen en su filosofía relativista y en las ideologías de consumo y y a quienes viven en las sombras de la cultura de la muerte, de la indiferencia, incredulidad y falta de confianza en sí mismos y en Dios.

¡Esta es la noche de las vigilias por excelencia! Agradecidos porque en la Muerte y Resurrección de Jesús la humanidad tiene un camino nuevo de humanización, de crisficación y de glorificación, por la Misericordia extraordinaria del Dios de la historia. ¡La Pascua es el triunfo del amor del Padre y del amor del Hijo Jesús! ¡Es el triunfo de la fe que vence al mundo!

Alabado sea Jesucristo! Por siempre sea alabado!

+ Edmundo Valenzuela, sdb
Arzobispo Metropolitano