HOMILIA DEL MONS. GABRIEL ESCOBAR SDB – OBISPO AUXILIAR DE ASUNCIÓN Y REFERENTE  DE LA CONFERPAR POR LA CEP

Asunción, 30 de octubre de 2026

Encuentro de la Conferencia de Religiosos del Paraguay

«LEVANTARNOS PARA SANAR, ACOGER Y DEVOLVER LA DIGNIDAD»

Lectura Evangelio Lucas 14,1-6

Hermanos y hermanas en la vida consagrada:

La Palabra de Dios que hoy nos regala el Evangelio de san Lucas nos presenta una escena profundamente provocadora. Jesús entra en la casa de uno de los principales fariseos para compartir la mesa, pero también para confrontar una mentalidad religiosa que, en ocasiones, se preocupa más por cumplir las normas que por atender el sufrimiento de las personas.

Allí le presentan a un hombre enfermo de hidropesía. Jesús conoce las miradas de quienes lo observan, sabe que están pendientes de si curará o no en sábado. Entonces plantea una pregunta que atraviesa los siglos y llega hoy hasta nosotros: «¿Está permitido curar en sábado o no?»

Ante el silencio de los presentes, Jesús toma al enfermo, lo cura y lo despide.

¡Qué hermoso y qué exigente es este gesto de Jesús! Para Él, la persona está por encima de cualquier formalismo. La dignidad humana no puede quedar encerrada en una estructura, ni la misericordia puede quedar prisionera de una interpretación rígida de la ley.

Y esta Palabra adquiere una fuerza especial cuando la escuchamos en el contexto de la vida consagrada y de la Conferencia de Religiosos del Paraguay.

  1. Una vida consagrada que no puede acostumbrarse al sufrimiento del pueblo

Jesús no pasa indiferente ante el hombre enfermo. Lo ve, lo reconoce y se acerca a él.

Esta es también nuestra primera misión como religiosos y religiosas: tener ojos para ver el sufrimiento, corazón para sentirlo y manos para comprometernos con su transformación.

En nuestra realidad paraguaya encontramos muchas personas que viven situaciones de vulnerabilidad: familias empobrecidas, comunidades campesinas que reclaman condiciones dignas, jóvenes que buscan oportunidades, niños expuestos a diferentes formas de violencia, mujeres que sufren discriminación, adultos mayores abandonados y personas que no encuentran respuestas en las instituciones que deberían protegerlas.

También nos encontramos con hermanos y hermanas que viven en los márgenes de la sociedad, en los asentamientos, en las periferias urbanas y en comunidades indígenas que esperan ser escuchadas y respetadas en su dignidad.

Frente a esta realidad, la vida religiosa no puede encerrarse en sus conventos, comunidades, obras apostólicas o instituciones educativas y sociales.

No hemos sido consagrados para vivir tranquilos, sino para ser signos de esperanza.

La pregunta que debemos hacernos como Conferencia de Religiosos del Paraguay es: ¿Estamos mirando la realidad con los ojos de Jesús? ¿Estamos escuchando el clamor de los pobres? ¿Nuestras comunidades son espacios donde los heridos de la vida encuentran acogida, consuelo y esperanza?

Porque una vida consagrada que pierde la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento humano corre el riesgo de conservar sus estructuras, pero perder la fuerza profética del Evangelio.

  1. Jesús nos enseña que la misericordia no puede esperar

En el Evangelio, Jesús realiza la curación en sábado. No espera que cambien las circunstancias, no busca excusas ni posterga el bien.

Para Jesús, el sufrimiento de una persona no puede quedar aplazado por conveniencias religiosas.

¡Qué importante es esta enseñanza para nosotros!

A veces podemos caer en la tentación de organizar demasiadas reuniones, elaborar muchos proyectos, discutir estructuras, planificar actividades y multiplicar documentos, mientras la realidad de nuestros hermanos sigue esperando una respuesta concreta.

La vida consagrada necesita organización, formación y planificación, pero nunca debe olvidar que su razón de ser es el Evangelio vivido en el servicio.

Hoy necesitamos una vida religiosa que se anime a salir, a escuchar, a acompañar y a sanar heridas.

Una vida religiosa que no tenga miedo de acercarse a las situaciones difíciles de nuestra sociedad: la corrupción, la injusticia, la violencia, la desigualdad, la falta de oportunidades y la indiferencia ante el dolor ajeno.

No se trata de convertirnos en protagonistas de todas las respuestas, sino de ser presencia evangélica, voz de quienes no tienen voz y compañía de quienes han perdido la esperanza.

La profecía de la vida consagrada no está solamente en lo que decimos, sino fundamentalmente en lo que hacemos y en la manera como vivimos.

  1. Una Conferencia de Religiosos llamada a construir comunión

El Evangelio también nos invita a mirar la actitud de quienes rodean a Jesús.

Están observando, pero no se comprometen. Están presentes, pero parecen más preocupados por juzgar a Jesús que por ayudar al enfermo.

Esta actitud puede convertirse en una tentación para nuestras propias comunidades religiosas.

Podemos estar juntos, pero no vivir verdaderamente la fraternidad. Podemos pertenecer a una misma Conferencia, pero caminar por caminos separados. Podemos tener diferentes carismas, espiritualidades y apostolados, pero olvidar que todos hemos sido llamados por el mismo Señor.

La Conferencia de Religiosos del Paraguay está llamada a ser mucho más que un espacio de representación institucional. Está llamada a ser una verdadera casa de comunión, encuentro, discernimiento y misión compartida.

En un tiempo en que muchas congregaciones experimentan disminución de vocaciones, envejecimiento de sus miembros, desafíos económicos, nuevas exigencias pastorales y dificultades para sostener determinadas obras, necesitamos redescubrir la riqueza de caminar juntos.

No podemos responder individualmente a los grandes desafíos de nuestro tiempo.

Necesitamos escucharnos, respetarnos, compartir recursos, acompañar a los religiosos y religiosas en sus procesos personales y comunitarios, y buscar juntos nuevas formas de presencia evangelizadora.

La diversidad de nuestros carismas no debe dividirnos; debe enriquecernos.

Los franciscanos, salesianos, jesuitas, dominicos, congregaciones femeninas y masculinas, institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica tenemos una riqueza espiritual que puede convertirse en una gran fuerza evangelizadora para nuestro Paraguay.

No estamos llamados a competir por espacios, sino a complementarnos en la misión. No estamos llamados a defender solamente nuestras obras, sino a anunciar juntos el Reino de Dios.

  1. La vida consagrada debe recuperar su dimensión profética

Jesús no se limita a hablar del amor: realiza un gesto concreto que devuelve salud y dignidad.

La vida consagrada tiene una misión profética en la Iglesia y en la sociedad paraguaya.

Ser profetas significa no acostumbrarnos a lo que deshumaniza. Significa anunciar la esperanza, pero también denunciar aquello que destruye la dignidad de las personas.

Significa educar para una sociedad más justa, acompañar a los jóvenes, defender la vida, promover la dignidad de las mujeres, cuidar la creación, trabajar por la reconciliación y construir una cultura de paz.

Pero también debemos preguntarnos si nuestras propias comunidades son testimonio de aquello que anunciamos.

¿Existe verdadera fraternidad entre nosotros? ¿Sabemos perdonarnos? ¿Respetamos los procesos de los hermanos y hermanas mayores? ¿Acompañamos con paciencia a las nuevas generaciones? ¿Tenemos espacios para escuchar las crisis, los cansancios y las heridas de nuestros consagrados?

No podemos anunciar misericordia afuera si no somos capaces de practicarla dentro de nuestras propias comunidades.

No podemos hablar de sinodalidad si no aprendemos a escucharnos.

No podemos anunciar fraternidad si nuestras relaciones están marcadas por la indiferencia, la competencia o el individualismo.

La renovación de la vida consagrada comienza también en el corazón de cada comunidad.

  1. María, mujer consagrada y servidora de la esperanza

En este camino no podemos dejar de mirar a María.

Ella, que se puso en camino para visitar a Isabel, nos enseña que la verdadera espiritualidad siempre nos conduce al encuentro y al servicio.

María no se quedó encerrada en la experiencia extraordinaria de la Anunciación. Salió al encuentro de una mujer que necesitaba compañía.

En Caná estuvo atenta a una necesidad concreta: «No tienen vino».

En el Calvario permaneció junto a su Hijo y junto a los discípulos, incluso cuando todo parecía perdido.

María nos enseña que la consagración no es huida del mundo, sino disponibilidad para que Dios pueda entrar en la historia humana.

Que ella acompañe a la Conferencia de Religiosos del Paraguay, para que nuestros carismas sean verdaderos instrumentos de comunión, nuestras comunidades sean hogares de fraternidad y nuestras obras sean espacios donde los pobres y necesitados encuentren el rostro misericordioso de Dios. Amén.