SANTA MISA
HOMILÍA 

Tercer Domingo de Cuaresma 

Catedral Metropolitana de Asunción

Queridos hermanos y hermanas:

Al comenzar esta celebración eucarística y esta reflexión dominical, quiero compartir con ustedes que en estos días hemos vivido un importante momento de encuentro y trabajo pastoral de Iglesia en el Paraguay. Se ha realizado una asamblea conjunta ampliada, convocada por la Conferencia Episcopal Paraguaya, con la participación de su Comisión de Pastoral, en diálogo y colaboración con la Conferencia de Religiosos y Religiosas del Paraguay.

Este encuentro se llevó a cabo en el Seminario Metropolitano y ha sido un tiempo muy significativo de escucha, reflexión y trabajo conjunto. Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y colaboradores pastorales hemos compartido un espacio de comunión para discernir juntos los desafíos y caminos de la misión de la Iglesia en nuestro país.

Estos momentos de encuentro son muy importantes, porque nos recuerdan que la Iglesia no camina sola ni aislada, sino en comunión, buscando siempre servir mejor al pueblo de Dios y responder con fidelidad al Evangelio en las realidades concretas de nuestro tiempo.

En el marco de esa asamblea y también en nuestras celebraciones, hemos elevado de manera muy especial nuestra oración por la paz en el mundo. En estos días, el Arzobispado de Asunción ha dirigido también un mensaje a la ciudadanía, invitando a todos comunidades, familias y personas de buena voluntada unirnos en una oración ferviente por el fin de la violencia y por el don de la paz. Oramos particularmente por los pueblos que sufren los efectos de la guerra, especialmente en Oriente Medio, así como en Rusia y Ucrania. Encomendamos al Señor a las personas fallecidas víctimas de esta barbarie bélica, a los heridos, a los refugiados y a sus familias, para que Dios conceda consuelo, fortaleza y esperanza a quienes hoy viven el dolor y el desarraigo. A la vez pedimos con insistencia el cese de esta barbarie y que los países involucrados puedan buscar caminos de alto al fuego, de diálogo y de construcción de una paz verdadera y duradera.

Y en este contexto de nuestra vida eclesial y de la realidad del mundo, la Palabra de Dios que hemos escuchado hoy nos habla de una experiencia profundamente humana: la sed.

El Evangelio según san Juan nos presenta una escena llena de profundidad. Jesús llega a Sicar, en Samaria, y se sienta junto al pozo de Jacob, cansado del camino, cerca del mediodía. Allí llega una mujer samaritana para sacar agua. Este encuentro es sorprendente: un judío que habla con una samaritana, un hombre que dialoga con una mujer desconocida, en medio de tensiones religiosas y culturales entre judíos y samaritanos. Sin embargo, Jesús rompe esas barreras y comienza un diálogo que poco a poco transforma el corazón de aquella mujer. Partiendo de una necesidad muy sencilla el agua del pozoel Señor la conduce a descubrir un don mucho más grande.

En medio de ese diálogo, Jesús revela algo extraordinario y dice a la mujer: «El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial que brota para la vida eterna» (Jn 4,14).

 Jesús se presenta así como el agua viva, la fuente que puede saciar la sed más profunda del corazón humano. Pero también recordamos que, al final de su vida terrena, Jesús en la cruz pronunció una de las palabras más conmovedoras de su agonía: Tengo sed(Jn 19,28). El que es fuente de agua viva manifiesta su sed: sed de misericordia, sed de justicia, sed de paz para la humanidad.

Cuando escuchamos en el Evangelio esta palabra tan humana la sedno podemos dejar de pensar también en nuestras propias realidades. Muchas veces la sed no es solamente una imagen espiritual; es también una realidad concreta que golpea la vida de nuestros pueblos.

En nuestro propio país, en el Paraguay, existen comunidades que conocen muy bien lo que significa tener sed. Pensemos en muchas zonas del Chaco paraguayo, donde el acceso al agua sigue siendo una dificultad cotidiana para numerosas familias, que muchas veces deben recorrer largas distancias para conseguir agua y, en ocasiones, se ven obligadas incluso a beber aguas contaminadas, con graves consecuencias para la salud y para la dignidad de la vida humana.

Y, sin embargo, nuestra región posee una riqueza natural extraordinaria. Bajo nuestra tierra se extiende el Acuífero Guaraní, una de las mayores reservas de agua dulce del planeta, que se extiende bajo Paraguay, Brasil, Argentina y Uruguay.

Se estima que este inmenso reservorio subterráneo contiene decenas de miles de kilómetros cúbicos de agua dulce, una cantidad que podría abastecer a millones de personas durante siglos si se gestiona responsablemente. En Paraguay se encuentra una parte importante de este sistema, aunque una gran proporción del acuífero se extiende también bajo el territorio del Brasil.

Y, sin embargo, esta riqueza natural convive con una paradoja que nos interpela profundamente: en algunas regiones de nuestro país comunidades enteras siguen sufriendo la falta de agua potable.

Cuando escuchamos la palabra de Jesús Tengo sed, también podemos escuchar el clamor de muchos hermanos y hermanas. Tengo sed, gritan también muchos pueblos indígenas, tantas veces expoliados de sus tierras y viviendo situaciones de destierro incluso en sus propios territorios ancestrales.

Tengo sed” —podrían decirnossed de tierra, sed de techo, sed de trabajo digno, sed de políticas agrarias que favorezcan a las comunidades.

 Tengo sed” —clama también la población que espera una atención médica digna, una salud integral y universal.

 Tengo sed” —podría decir también nuestra sociedad cuando se enfrenta a los engranajes de la corrupción y a los sistemas corruptos, que tantas veces desvían los recursos destinados al bien común y terminan privando a los más pobres de lo que les corresponde.

Frente a todo esto surge una pregunta profunda: ¿en qué pozo encontrar el agua que realmente sacia la sed del ser humano?

El Evangelio nos conduce hacia la respuesta: Cristo mismo es la fuente del agua viva, capaz de renovar el corazón humano y de inspirar caminos de justicia, de solidaridad y de esperanza.

Además, hoy 8 de marzo recordamos el Día Internacional de la Mujer. Providencialmente, el Evangelio que hemos escuchado nos presenta a Jesús dialogando con una mujer, la samaritana. En una sociedad llena de barreras culturales y religiosas, Jesús se acerca a ella con respeto, la escucha y le revela el misterio del agua viva. En este día queremos felicitar y saludar a todas las mujeres del Paraguay, recordando aquellas palabras del Papa Francisco: Dios bendiga a la mujer paraguaya, la más gloriosa de América. Tantas mujeres que han sido víctimas y siguen siéndolo de discriminaciones,intolerancias y violencias. Voz femeninas que claman por justicia y por ser más justamente valoradas y respetadas en su dignidad de personas.

 Después de encontrarse con Jesús, la mujer samaritana deja su cántaro y corre al pueblo para anunciar lo que ha descubierto.

Este encuentro nos recuerda también la dignidad y la misión de tantas mujeres que sostienen la vida de las familias, de las comunidades y de la Iglesia.

 Pero existe también otra sed profunda: la sed de la Palabra de Dios. El profeta Amós decía: Vendrán días oráculo del Señoren que enviaré hambre a la tierra: no hambre de pan ni sed de agua, sino de escuchar la Palabra del Señor(Am 8,11).

En medio de tantas voces, el corazón humano sigue buscando una palabra que ilumine y dé sentido a la vida.

Cuando la samaritana escucha a Jesús, descubre una palabra que llega al corazón y abre caminos de esperanza.

 Recordamos también que nosotros mismos hemos nacido de esa agua viva en nuestro bautismo: por el agua y el Espíritu hemos sido sumergidos en la vida, en la muerte y en la resurrección de Cristo y hemos renacido como hijos e hijas de Dios.

Y cuando bebemos de esa agua viva, nace un compromiso nuevo: trabajar para que nadie tenga sed.

Que el Señor nos conceda beber de esa fuente que nunca se agota.

 Contemplamos finalmente a María Santísima al pie de la cruz. Ella ha escuchado a su Hijo decir: Tengo sed. Y, sin embargo, María permanece fiel como la humilde Sierva del Señor. Ella ha bebido profundamente del agua viva de la misericordia que brota del corazón de su Hijo y nos conduce siempre hacia esa fuente de gracia.

08 de Marzo 2026

Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano