HOMILÍA – “JESÚS, AMIGO QUE LLORA Y DA VIDA”
(V Domingo de Cuaresma – Jn 11, 1-45)
1. Queridos hermanos y hermanas: para comprender mejor el Evangelio de hoy, es importante situarnos en el contexto. Betania, el pueblo de Marta, María y Lázaro, se encontraba muy cerca de Jerusalén, a unos 3 kilómetros aproximadamente. Era un pequeño pueblo de campaña, pero muy significativo para Jesús, porque allí tenía amigos, allí encontraba descanso, cercanía y acogida. En cambio, cuando Jesús recibe la noticia de la enfermedad de Lázaro, Él no estaba allí, sino en otra región, probablemente al otro lado del Jordán, a varios días de camino, lo que explica que, cuando finalmente llega, Lázaro ya llevaba cuatro días en el sepulcro.
2. Este dato es importante, porque humanamente podríamos pensar que Jesús llegó tarde. Y de hecho, Marta y María lo expresan con dolor: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.
3. Pero en esta escena aparece algo central: la relación de Jesús con esta familia. El Evangelio lo dice con claridad: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. No eran desconocidos, eran amigos cercanos. Su casa era un lugar de intimidad, de confianza. Marta, activa en el servicio; María, contemplativa a los pies del Señor; y Lázaro, el amigo querido. Por eso, lo que sucede no es un simple milagro, es un acontecimiento que toca el corazón mismo de Jesús.
4. Y entonces escuchamos uno de los versículos más breves y más profundos de toda la Escritura: “Jesús se echó a llorar” (Jn 11,35). Jesús llora por su amigo, llora por el dolor de Marta y María, llora ante la realidad de la muerte que hiere la vida. Pero este no es el único momento en que Jesús llora. También, al contemplar Jerusalén, “lloró por ella” (cf. Lc 19,41), porque no reconocía el camino de la paz. Y en los días de su pasión, ofreció súplicas “con fuerte clamor y lágrimas” (cf. Hb 5,7). Es decir, Jesús llora por el amigo, llora por su pueblo, llora por la humanidad entera. Sus lágrimas revelan el corazón de Dios: un Dios cercano, que no es indiferente, que entra en nuestro sufrimiento y lo comparte.
5. Y podemos decir con verdad que esas lágrimas de Jesús no se quedaron solo en Betania. Hoy también se mezclan con las lágrimas de la humanidad. Se mezclan con el dolor de tantas madres y padres que han perdido a sus hijos en las guerras, con las familias destruidas, con los pueblos marcados por la violencia. Hemos visto escenas desgarradoras: cuerpos envueltos en sábanas, llevados en brazos, gritos de dolor, lágrimas que no encuentran consuelo. Es el mismo llanto de Marta y María que se repite en nuestro tiempo. Y es allí donde nos identificamos, y hacemos nuestras las lágrimas de Marta y María, y también las lágrimas de Jesús.
6. Hoy ese llanto tiene también un rostro concreto y desgarrador: miles y miles de víctimas de las guerras, en la guerra en curso, actualmente en el Medio Oriente, niños que han quedado huérfanos y tantas familias, padres y madres que han quedado huérfanos de hijos e hijas bajo los escombros, muertos, familias enteras, derrumbadas por la violencia. Hemos podido ver en unas imágenes de derrumbe en Beirut, capital del Líbano, a una mujer que gritaba su desesperación, con un lienzo donde estaba envuelta su hija, muerta, de 13 años, llevándola, cargándola en sus brazos para darle cristiana sepultura. Es el dolor llevado en brazos de la humanidad herida que clama al cielo; en esos brazos, la vida inocente quebrada por la violencia, que nos recuerda a la Madre que sostiene a su Hijo, Jesús muerto bajado de la cruz.
7. Estas sábanas, humedecidas de lágrimas y dolor, representan también a tantas otras lágrimas de aquellos, desplazados y refugiados, que caminan hoy entre escombros, de familias enteras que han dejado todo, sus hogares, aplastados y destruidos, caminando la dolorosa peregrinación hacia horizontes de paz y seguridad.
8. Beirut, la capital del Líbano, está separada de Betania por apenas 200 km, aunque hace más de 2000 años en Betania sucedió la muerte de Lázaro, parecieran dos ciudades distantes en el tiempo, pero la línea recta de kilometrajes las hacen cercanas en el hoy, aquí, ahora, cercanas en el tiempo y en el espacio donde llanto y lágrimas de las familias, derramadas por sus seres queridos, confluyen, como afluentes de dolores, que desembocan en un único río de lágrimas.
9. El corazón humano, que comienza a latir desde el vientre materno, ha sido creado para la vida, para amar, para conocer y para servir a Dios. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos confronta con la realidad de la muerte y de la descomposición, cuando Marta le dice a Jesús: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días” (Jn 11,39). Es la experiencia concreta de la descomposición del cuerpo de Lázaro. Descomponerse es perder la armonía, la unidad, el orden para el cual fuimos creados. Como nos enseña la Iglesia, el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, llamado a vivir en comunión con Él (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 355-357). Ese corazón está hecho para latir en sintonía con la vida, para amar empáticamente, para abrirse al bien.
10. Sin embargo, ese mismo corazón puede ser herido y contaminado por el pecado. El pecado introduce una descomposición interior: rompe la armonía, divide, endurece, corrompe. Y así como un cuerpo en descomposición comienza a desprender un olor fuerte, también el corazón humano puede “oler mal” cuando se deja dominar por la corrupción, el egoísmo y la violencia. Esa descomposición no se queda en lo personal: contagia, se expande, hiere el tejido social, destruye relaciones y genera estructuras de muerte.
11. Y, sin embargo, incluso esos corazones que parecen cerrados, que están como sepultados bajo piedras pesadas, pueden ser sanados. Como nos recuerda el Papa Francisco, el corazón humano, aun cuando está herido por el pecado, puede ser tocado por la gracia y renovado. Hay corazones que huelen mal por la descomposición que llevan dentro, pero que todavía pueden ser liberados, desatados, rescatados. Corazones que necesitan que la piedra sea removida, que el peso que los aplasta sea quitado, para que puedan volver a latir con vida nueva.
12. Por eso Jesús dice: “Quiten la piedra”. Es una invitación a dejar que Dios entre, a no bloquear su acción, a permitir que su gracia toque lo más profundo de nuestra vida. Y luego grita: “¡Lázaro, sal de allí!”. Es la voz que llama a la vida, la voz que rompe la muerte, la voz que devuelve la dignidad.
13. Y añade: “Desátenlo, para que pueda andar”. Es decir, estamos llamados a ayudarnos unos a otros, a acompañar, a sanar, a reconstruir el tejido humano herido. A ser instrumentos de vida en medio de tanta muerte.
14. Queridos hermanos, al acercarnos al Viernes de los Dolores, contemplamos a la Madre que también ha llorado, la que permaneció firme en medio del sufrimiento, la que acompaña hoy el dolor de tantos. Recemos también por la paz, para que la construcción del amor pueda más que la destrucción del odio y las guerras. Que ella nos enseñe a no perder la fe, a permanecer junto a la cruz y a esperar en Dios.
15. Y que, escuchando la voz de Jesús, nuestro amigo, podamos levantarnos y caminar hacia la vida. Porque el amigo verdadero no abandona. Y Cristo, nuestro amigo, siempre llega, incluso cuando parece tarde.
Amén.
22 de marzo de 2026
+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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