Homilía | Viernes de Dolores.
Hermanas y hermanos en Cristo:
Hemos recorrido el camino de la Cruz, con el rezo del vía crucis. Es una oración por excelencia de la cuaresma y que está centrada en los misterios dolorosos de Cristo.
Los cristianos somos conscientes de que el vía crucis del Hijo de Dios no fue simplemente el camino hacia el lugar del suplicio. Creemos que cada paso del condenado, cada gesto o palabra suya, nos siguen hablando y enseñando, y nos interpelan para ver y sentir con los ojos de la fe las injusticias y los dolores que padece nuestro pueblo.
Cuántos mensajes nos ofrecen los padecimientos soportados por Jesús desde el Huerto de los Olivos hasta su condena a muerte: abandono de los suyos, negación de Pedro, flagelación, corona de espinas, vejaciones y desprecios. Y todo por amor a nosotros, por nuestra conversión y salvación.
Vivamos nuestra fe con la mirada puesta en las realidades que nos duelen hoy y pongamos todo nuestro esfuerzo en ser artesanos de la paz y constructores de una sociedad más justa, poniendo en el centro la dignidad de la persona humana, tan ignorada en este tiempo y aplastada por intereses del poder económico y político.
El papa Francisco enseñaba que la indiferencia es uno de los grandes pecados de nuestro tiempo. Así como Jesús, que no cometió ningún pecado, inocente, fue condenado, así también la cultura del descarte se manifiesta en condenas rápidas: condenamos a los migrantes por buscar un futuro mejor, a los pobres por su pobreza, a los jóvenes por sus errores. Jesús nos pide mirar con compasión, no con juicio, nos llama a no quedarnos indiferentes y preguntarnos por las cruces que vemos cargar a nuestro lado y buscar cómo aliviarlas involucrándonos.
Cargar la cruz de Cristo significa hacernos responsables de las cargas de nuestros hermanos. Cargar la cruz con Jesús es comprometerse activamente por un mundo más justo y fraterno, camino de la paz.
La vida no es cómoda, la fe no es un refugio cómodo. Es camino, es cargar, es amar al prójimo como testimonio de nuestro amor a Dios, como nos enseña san Juan: Nadie puede amar a Dios a quien no ve, si no ama al prójimo a quien ve.
Hoy recordamos a la Virgen de los Dolores. Aprendamos de ella. María no predica, no huye, no se queja. Aprendamos de María a estar junto a los que sufren. No con palabras vacías, sino con la presencia que consuela. María nos enseña a ser cercanos, con cada madre que llora un hijo muerto en la guerra, en la violencia, en la indiferencia de un mundo egoísta.
El papa Francisco ya advertía sobre una tercera guerra mundial en cuotas. Hoy estamos viviendo en carne propia las consecuencias de la guerra a pesar de que estamos a miles de kilómetros de la zona de conflicto. Todos perdemos con la guerra, excepto la industria bélicapero igualmente ganan para perder en humanidad.
Parecería que el conflicto en Oriente Medio es un campo de experimentación donde se compite en demostrar la sofisticación y poder destructivo de las armas utilizadas. Miles mueren ahora por la acción directa de las armas. Pero miles o millones de seres humanos de todos los rincones del planeta, sobre todo los más pobres, profundizan sus carencias básicas y, como consecuencia mediata de la guerra, mueren y seguirán muriendo por falta de alimentos, de agua, de hospitales.
El Paraguay no puede quedar indiferente ante tanta muerte y destrucción, y mucho menos puede justificarla y apoyarla. Todos debemos decir ¡No a la guerra, sí a la paz!
Jesús declara dichosos a quienes buscan activamente la paz, reconcilian conflictos y viven en armonía, ya que sus acciones reflejan la naturaleza de Dios y los reconocen como sus hijos.
Intensifiquemos nuestras oraciones y peticiones por la paz. Practiquemos el ayuno que agrada a Dios y que va más allá de no comer; es una transformación interna que lleva a romper cadenas de injusticia, compartir el pan con el hambriento, vestir al desnudo y liberar a los oprimidos. Dios busca sinceridad, compasión y un corazón dispuesto a amar.
27 de marzo de 2026
+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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