Hermanas y hermanos en Cristo Resucitado:
Hoy, 21 de abril, hacemos memoria agradecida del primer aniversario de la partida a la casa del Señor de nuestro querido Santo Padre, el Papa Francisco. Lo recordamos desde la luz de la Pascua, con serenidad y esperanza, sabiendo que su vida ha sido ofrecida y recibida en Cristo Resucitado.
¡Qué grande es la misericordia de Dios que nos regaló un pastor bueno, un padre cercano, humilde y misericordioso, que supo caminar con su pueblo y que amó profundamente al Paraguay y a los paraguayos!
Como el junco, frágil pero firme; como el árbol de raíces profundas que resiste la tormenta, Francisco vivió siempre sostenido por su fe. Y en un gesto que permanece en nuestra memoria, en vísperas de su Pascua definitiva, nos dejó su último testimonio: su mensaje de Pascua, su bendición a la ciudad y al mundo, su cercanía con los niños, su palabra de paz y esperanza.
Y así, en un lunes de Pascua, se unió plenamente a Cristo Resucitado, a quien sirvió con fidelidad hasta el último aliento. Con San Pablo podemos decir de él: “He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe” (2 Tim 4,7).
Desde el inicio de su pontificado nos pidió con sencillez: “Recen por mí”. Y la oración del pueblo de Dios lo sostuvo en su camino, especialmente en sus últimos días, cuando, en la fragilidad y el sufrimiento, vivió su propia subida a Jerusalén, su propio camino pascual, participando del misterio de la cruz y de la esperanza de la resurrección.
Recordamos también aquellas palabras que nos dejó en un lunes de Pascua, cuando meditaba el Evangelio y nos repetía con insistencia: “No tengan miedo”. Sabía bien que el miedo habita en el corazón humano, que nace del dolor, de la incertidumbre, de la enfermedad y, en lo más profundo, del temor a la muerte. Pero con la fuerza de la fe nos recordaba que Cristo ha vencido la muerte y que, por eso, podemos caminar con confianza, sabiendo que Él está con nosotros.
Hoy, al recordarlo a un año de su partida, estas palabras resuenan con nueva fuerza en nuestro corazón creyente.
Durante su pontificado, que se extendió por cerca de doce años, el Papa Francisco fue un testigo valiente del Evangelio. No tuvo miedo de impulsar procesos, de abrir caminos, de invitar a la Iglesia a salir de sí misma para encontrarse con los demás, especialmente con los más pobres y olvidados.
Ya antes de ser elegido, como Cardenal Bergoglio, expresaba con claridad que la Iglesia está llamada a no encerrarse, a no volverse autorreferencial, sino a salir hacia las periferias existenciales para llevar la alegría del Evangelio. Y esa intuición la vivió con fidelidad, con perseverancia y con una profunda confianza en la acción del Espíritu Santo.
Asumió el nombre de Francisco como un programa de vida. En él quiso reflejar la humildad, la fraternidad y el amor a los pobres del santo de Asís. Su vida fue coherente con ese nombre: una vida sencilla, cercana, profundamente evangélica.
Su legado es grande y seguirá iluminando el camino de la Iglesia. En Evangelii Gaudium nos dejó una hoja de ruta para la renovación misionera; en Laudato Si’, una llamada urgente al cuidado de la casa común; y en Fratelli Tutti, un llamado a redescubrir la fraternidad universal, recordándonos que todos somos hermanos y que solo el encuentro y el diálogo pueden sostener la paz.
Y nosotros, como pueblo paraguayo, guardamos en el corazón un recuerdo particularmente vivo de su visita apostólica en julio del año 2015.
Durante aquellos días, recorrió con sencillez el alma de nuestro pueblo. Se hizo cercano a los más vulnerables, visitó el Buen Pastor, alentó a las autoridades a trabajar por el bien común, animó a los laicos a vivir una fe comprometida, y se encontró con los jóvenes, sembrando en ellos esperanza.
En Caacupé, ante la Virgen de los Milagros, contempló con amor la historia de nuestro pueblo y expresó con profunda admiración una palabra que quedó grabada en nuestra identidad: la mujer paraguaya es “la más gloriosa de América”, reconociendo en ella la fuerza de la fe, la capacidad de sostener la vida y la esperanza en medio de las dificultades.
En el Bañado Norte nos recordó que nadie puede quedar excluido, que cada persona tiene una dignidad que debe ser respetada y promovida. Y en Ñu Guasu nos hizo experimentar la alegría de ser pueblo de Dios, caminando unidos en la fe y en la esperanza.
Así fue su paso entre nosotros: sencillo, cercano, profundamente humano y profundamente evangélico.
Hoy damos gracias a Dios por su vida, por su ministerio y por el testimonio que ha dejado en la Iglesia y en el mundo. Su palabra sigue viva, su ejemplo sigue iluminando y su llamado sigue interpelándonos.
Gracias, querido Papa Francisco, por tu vida entregada, por tu cercanía, por tu ternura de pastor, por enseñarnos a mirar a los demás con misericordia y a caminar como hermanos.
Como nos pediste tantas veces, seguimos rezando por ti, confiados en que el Señor te ha recibido en su Reino y que ahora intercedes por la Iglesia que tanto amaste.
Que la Virgen de Caacupé, Madre de nuestro pueblo, te lleve en sus brazos al encuentro definitivo con su hijo, Jesucristo Resucitado.
Así sea.
Asunción, 21 de abril de 2026
✠ Adalberto Cardenal Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de Asunción
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