Presentación de la Encíclica del Papa León XIV
“Magnifica Humanitas”
sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial
al Clero de la Arquidiócesis de Asunción
Seminario Metropolitano, 2 de julio de 2026
El 25 de mayo de 2026, el Papa León XIV ha promulgado su primera encíclica, “Magnifica Humanitas” (MH). El título ya nos abre al contenido del documento: la grandeza del ser humano, creado a imagen de Dios, debe ser custodiada en esta nueva era de la IA.
No es casual la fecha de la firma: 15 de mayo de 2026, 135 años después de la “Rerum Novarum”, del Papa León XIII (1891). De tal manera, queda claro que MH se añade al rico patrimonio de la Doctrina Social de la Iglesia, que cuenta con estos principios de referencia:
– el bien común, que no procede de la suma de intereses individuales, sino que se constituye como una realidad relacional, “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de su propia perfección” (MH60);
– el principio de la destinación universal de los bienes, considerando también los bienes inmateriales y digitales de nuestro tiempo;
– la subsidiariedad, que tutela la responsabilidad de las personas, de las familias y de los cuerpos intermedios frente a la concentración excesiva del poder;
– la solidaridad, que se presenta como una conciencia real de la interdependencia entre personas y pueblos, sintetizada en la afirmación de que “nadie se salva solo”.
Con estos principios, la Doctrina social de la Iglesia sitúa a la Iglesia no ya fuera del mundo, sino en el camino de los pueblos, reconociendo en la historia el lugar en el que el Evangelio interpela la experiencia humana. No se trata de una injerencia indebida en las cuestiones temporales, sino de la responsabilidad propia de la Iglesia hacia el bien común. De esta conciencia nace una actitud de escucha y de diálogo con los lenguajes del presente, que no es mera atención sociológica, sino un auténtico discernimiento espiritual. En esta percepción, la Doctrina social se presenta como un patrimonio dinámico, que crece con el tiempo sin traicionar el núcleo esencial de la fe.
En MH el Papa desarrolla temas – como dice el subtítulo – “en el tiempo de la inteligencia artificial”, no “sobre la inteligencia artificial”. Como a través de un prisma, la transición digital refleja muchas cuestiones que impregnan la vida humana: la dignidad de la persona, el trabajo, la libertad, la calidad de los vínculos sociales, la paz, la justicia, la responsabilidad hacia nuestra casa común.
Quiero empezar por un elemento central que encontramos en el título de la encíclica: la humanidad es considerada magnífica. El Papa no deja de ser muy concreto y realista, por lo tanto, no esconde la terrible capacidad de maldad que hay en el ser humano. La matanza de miles de niños e inocentes en guerras contrarias al derecho internacional; gente reducida a las formas más diversas de esclavitud; la indiferencia, el cinismo, la crueldad en nuestras relaciones humanas. Sin embargo, León XIV usa el término “magnífica”. Esto se entiende a raíz del mensaje central de la Encíclica: todo ser humano tiene una dignidad infinita y nunca pierde esa sublime capacidad de amar que Dios le dio cuando lo creó.
Con la “Rerum Novarum” León XIII reconoció las transformaciones industriales de su tiempo como una cuestión profundamente humana y social. Hoy, ante el poder de las tecnologías digitales, la Iglesia está llamada a discernir las novedades de la historia y a ofrecer, a la luz del Evangelio, una contribución al bien de toda la humanidad.
Por cierto, la IA es uno de los grandes logros del ingenio humano. La humanidad puede estar orgullosa de lo que tantos hombres y mujeres de ciencia han logrado. Reconocemos que todo lo que la inteligencia humana alcanza revela algo de la grandeza de la persona humana. Esta perspectiva nos permite afrontar los retos de la IA con gratitud y discernimiento. La IA aparece como una herramienta poderosa, capaz de ofrecer beneficios reales, pero también de amplificar formas de dominio cuando se separa de una orientación ética y antropológica. El Papa recuerda que “nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma” (MH4), subrayando la urgencia de orientar dicho poder hacia el bien común. El crecimiento de la potencia técnica no coincide automáticamente con el bien: “más poderoso no significa necesariamente mejor” (MH93). Por lo tanto, en la perspectiva de la Iglesia, el criterio decisivo sigue siendo la dignidad de la persona y no la eficiencia de los medios.
Existe una distinción fundamental entre la inteligencia humana y la inteligencia artificial. Los sistemas de IA, aunque son capaces de imitar algunos lenguajes y comportamientos, permanecen ajenos a la experiencia propiamente humana, “no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad” (MH99). Por este motivo no pueden asumir una responsabilidad moral ni comprender el sentido último de las decisiones que contribuyen a generar. Aún más grave es el caso de la IA que interviene en los procesos de decisiones que afectan directamente a la vida, la reputación, el acceso a las oportunidades y los derechos de las personas. “Confiar, en la práctica, a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión, significa encomendarle la tarea de redefinir los límites de las posibilidades humanas” (MH103).
Por esta razón, es comprensible que frente a la IA existan dos reacciones: un entusiasmo acrítico y un temor paralizante. Si de un lado la IA puede contribuir a una coexistencia más justa y al desarrollo de los pueblos, del otro lado implica una concentración exagerada de poder en manos de privados, aumenta las desigualdades y deja más emarginados a aquellos que ya se encuentran al margen de la sociedad.
En esta antitética lectura de la IA, la Iglesia no se propone por sus competencias técnicas, solo quiere entrar en diálogo con los actores económicos, políticos e industriales que impulsan la transformación social. ¿Qué es lo que puede aportar la Iglesia? La herencia de sabiduría que recibe de la Revelación de Cristo. A partir de la Revelación contamos con una comprensión de la persona humana, de su dignidad, de su libertad y de su vocación relacional. Prescindiendo de esta comprensión, incluso las tecnologías más avanzadas corren el riesgo de perder la medida de su auténtico progreso.
Hoy, el poder de la IA supera la capacidad de las instituciones – e incluso de la conciencia individual – para dirigirlo. Algunas formas de “transhumanismo” nos invitan a pensar que, gracias a dispositivos sofisticados se resolverán problemas y aumentarán nuestras capacidades, transformando nuestra vida en un paraíso. Como creyentes, sabemos que la persona humana tiene una dimensión espiritual que no puede reducirse a los mecanismos de un sistema tecnológico. Ya el Papa Francisco señaló que cuando el poder técnico se separa de la sabiduría se convierte en dominación sobre la humanidad. En la era de la IA, esta conciencia adquiere una nueva urgencia.
La pregunta que se impone es: ¿qué tipo de mundo estamos construyendo y qué lugar ocupa la persona humana en él? En una época en la que el poder crece más rápido que la sabiduría necesaria para gobernarlo, estamos llamados a redescubrir con urgencia el valor profundamente humano de las limitaciones. Algunas teorías antropológicas proponen como meta de la humanidad la superación de todos los límites. Ante esta propuesta, MH habla del valor y la fecundidad de nuestra experiencia del límite (nn. 118-121). El límite, de hecho, no siempre es un defecto que debe corregirse, sino un “espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación” (118). El Santo Padre afirma: “el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (118), y añade: a través del límite “podemos encontrar una nueva sabiduría” (119), maduramos, crecemos como personas.
Por cierto, en todo ser humano existe un deseo genuino de superación. Pero nosotros sabemos que la verdadera posibilidad de este “más allá” se llama gracia. “El ser humano no está encerrado en los límites de la propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo” (127). Esto es posible gracias a la iniciativa libre, sorprendente y sobreabundante de Dios, que nos ofrece un proceso de elevación y transformación que “supera” nuestras capacidades limitadas.
El Papa menciona algunas consecuencias concretas de la transformación digital en la vida personal y social, en tres ámbitos en los cuales la IA va moldeando progresivamente los comportamientos, las relaciones y las estructuras de la convivencia: la verdad, el trabajo y la libertad:
– la verdad: la difusión de información manipulada, imágenes alteradas y narrativas polarizadoras corre el riesgo de volver inciertos los límites entre lo verdadero y lo falso. Nosotros sabemos muy bien que la verdad nace solo de relaciones fiables y prácticas compartidas de responsabilidad. Es por eso que la verdad se presenta como una realidad frágil, que tenemos que custodiar mediante una educación crítica y un uso responsable de las tecnologías;
– el trabajo, que es dimensión constitutiva de la dignidad de la persona y vía ordinaria de participación en la vida social: la automatización y la IA ofrecen posibilidades de transformación, pero también implican riesgos significativos de precarización y exclusión. Cuando el criterio dominante se vuelve la eficiencia, el trabajo corre el riesgo de perder su valor humano y relacional;
– la libertad, que está amenazada tanto por las adicciones digitales como por las nuevas formas de control social basadas en la recolección masiva de datos. Las tecnologías pueden orientar comportamientos de manera invisible, reduciendo el espacio de una decisión verdaderamente libre. “La libertad, en la era digital, no es sólo una cuestión interior; es también un asunto público” (MH171), que requiere normas justas, responsabilidad compartida y educación.
En su conjunto, estos tres ámbitos muestran que la transformación digital no es neutra y requiere un compromiso común para custodiar las condiciones de una vida auténticamente humana, capaz de verdad, trabajo digno y libertad real.
Considerando la forma con que la IA está marcando la vida humana, el Papa usa una expresión muy fuerte: “desarmar la IA”. La Iglesia es consciente de que todo gran poder tecnológico puede afectar la vida de las personas y, por lo tanto, debe ir acompañado de un discernimiento moral y un control público adecuados. La IA exige ser “desarmada”, es decir liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte, y ponerse al servicio de todos y del bien común. La alternativa no es entre aceptar o rechazar la tecnología, sino entre un uso que desintegra y otro que custodia lo humano.
Sin embargo, desarmar no es suficiente. Estamos llamados también a construir. El Papa nos ofrece la imagen bíblica del profeta Nehemías: ante las ruinas de los muros de Jerusalén, él reúne a las personas desanimadas para dar vida a un nuevo nacimiento. Ladrillo tras ladrillo va tomando forma una convivencia más justa, capaz de salvaguardar la dignidad de todos.
En este ámbito se entiende la invitación a un desarrollo integral, según la enseñanza de san Pablo VI: todo desarrollo tiene que involucrar «cada persona y a la persona en su totalidad». «Cada» significa que no se puede dejar a nadie al margen de la transformación digital. «En su totalidad» significa que nadie puede ser reducido a la productividad, al rendimiento cognitivo o a simples datos. Cada persona lleva en sí misma una libertad, una interioridad y una vocación al amor que ninguna máquina puede sustituir ni detener. Con esta visión integral la IA se podrá orientar hacia el bien común. Solo juntos – quienes diseñan los sistemas y quienes sufren sus efectos, los países más ricos y los más pobres, las instituciones y los individuos, los centros de poder y las periferias – se logrará construir un futuro no para unos pocos privilegiados, sino para toda la familia humana.
Así alcanzaremos esa civilización del amor de la que hablaba san Pablo VI y que san Juan Pablo II señaló con tanta fuerza como una dirección, un proyecto histórico concreto, fundamentado en la justicia, la fraternidad y el diálogo. La civilización del amor asume la mirada de las víctimas como criterio de juicio y reconoce en la diplomacia y el diálogo los instrumentos ordinarios para la construcción de la paz. En este horizonte, la paz no es signo de debilidad, sino una opción exigente y realista, ya que “con la paz no se pierde nada, mientras que con la guerra todo se puede perder (MH219)”. En este contexto, el Papa – durante la presentación de documento – dijo: “Aprendamos a escucharnos unos a otros, a afrontar los desafíos actuales con valentía y a cooperar en la construcción de una sociedad más humana y fraterna. (…) Lleven consigo el compromiso de permanecer vigilantes y, como «artesanos de la esperanza», de seguir construyendo la obra de nuestro tiempo”.
El horizonte que sostiene esta esperanza está confiado al cántico de María, “el Magníficat”, signo de una lógica que invierte la lógica del poder y reconoce valor en la humildad. De aquí nace la invitación final a elegir qué tipo de constructores ser en la historia: “constructores de comunión, no arquitectos de Babel” (MH 16), para que la humanidad no pierda su grandeza y el mundo pueda reconocer, en el corazón del hombre, el lugar donde Dios desea habitar.
Estas consideraciones nos dejan una pregunta fundamental para nuestra conciencia: ¿Quiero pertenecer a esa humanidad cerrada sobre sí misma, decadente, vacía e insensible, orgullosa de sus recursos tecnológicos hasta el punto de adorarse a sí misma? O ¿deseo pertenecer a esa magnífica humanidad con la que Dios soñó, capaz de amar, de dar la vida por los demás, de sufrir con ellos?
“Tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos”.
¿Cuáles son los riesgos que MH señala?
El primero es el poder tecnocrático, un desarrollo sin límites éticos, capaz de beneficiar solo a unos pocos y marginar a los vulnerables. La IA “tiende a aumentar sobre todo el poder de quien ya dispone de recursos”. Además, la propiedad de los datos “no puede confiarse solo al sector privado”.
Segundo riesgo: la deshumanización. La IA carece de conciencia moral, corazón y capacidad de amor. No puede sustituir al hombre.
Tercer riesgo: la nueva Babel, una “Babel tecnológica”, donde mandan los algoritmos y las personas están sometidas a lo que los algoritmos deciden.
Frente a este panorama, ¿qué propone León XIV?
– volver a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: bien común, destinación universal de los bienes, solidaridad y subsidiariedad;
– relaciones humanas marcadas por la transparencia, la regulación internacional, y un diálogo abierto entre la teología, las ciencias humanas y los líderes de la industria tecnológica;
– apoyar al discernimiento común, no para condenar la tecnología, sino para humanizarla.
Para los sacerdotes: ¿Qué significa custodiar la magnífica humanidad en nuestras comunidades? Nuestra realidad tiene luces y sombras, una profunda religiosidad popular y una excelente cercanía con nuestro pueblo, pero también somos testigos de brechas que marcan nuestra sociedad: comunidades rurales sin acceso, jóvenes hiperconectados, trabajadores informales.
Monseñor Vincenzo Turturro,
Nuncio Apostólico en Paraguay
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