SANTA MISA
HOMILÍA
Clausura de la Novena Misión Juvenil Nacional.
Cardenal Adalberto Martínez Flores.
Queridos jóvenes, queridos hermanos y hermanas: hoy damos gracias a Dios por este tiempo de gracia que hemos vivido en la Novena Misión Juvenil Nacional. Han sido días intensos, días de encuentro, de servicio, de oración, de cansancio y también de mucha alegría. Y hoy, al cerrar este camino, queremos mirar con fe todo lo que el Señor ha hecho en nosotros y a través de nosotros.
Vivimos en un mundo donde muchas cosas se presentan lindas por fuera, pero vacías por dentro. Hoy abundan cursos, charlas, talleres, encuentros virtuales y presenciales sobre cómo hablar mejor, cómo convencer, cómo influir, cómo triunfar, cómo ser exitoso. Hay “expertos” que te endulzan la píldora, te motivan, te emocionan, te prometen cambios rápidos y resultados inmediatos. Pero después, cuando uno se da cuenta, descubre que detrás muchas veces hay manipulación, mentira y engaño. Y no me refiero solamente a las drogas o a las adicciones visibles, que también destruyen. Me refiero a todo aquello que parece ayudar, pero en realidad te confunde, te vacía, te quita libertad y te va apagando por dentro.
Nos prometen éxito sin esfuerzo, felicidad sin compromiso, progreso sin valores, futuro brillante sin sacrificio. Mucha fachada, mucha propaganda, mucho brillo… pero poca verdad. Y después viene la decepción, el cansancio, la frustración, el vacío.
Esto se parece mucho a la estafa de aquel que va con ilusión a comprarse un buen par de zapatos. Los elige de la estantería, se los prueba, siente que le calzan bien, que son cómodos, que le dan seguridad. Camina un poco, se mira al espejo, queda satisfecho. Y escucha: “Estos son los mejores zapatos. Aunque sean un poco más caros, valen la pena”. Entonces, con ingenuidad y confianza, paga un precio alto, convencido de haber hecho una buena elección. Se deja llevar por el brillo, por el envoltorio, por la apariencia atractiva. Después se los envuelven como un regalo, con papel bonito, con moños, con sonrisa. Todo parece perfecto. Llega a su casa contento, abre la caja con ilusión… y adentro solo encuentra arena y piedras. Engaño, mentira, corrupción. Lo que parecía bueno, no lo era.
Así pasa muchas veces en la vida. Elegimos personas, proyectos, caminos, propuestas, dejándonos llevar por lo exterior, por lo que promete mucho, por lo que parece atractivo. Y después descubrimos que estaba vacío, que no tenía contenido, que no nos hacía bien.
Muchas de nuestras decisiones se parecen también a poner mal la dirección en el GPS. Creemos que vamos bien, avanzamos confiados, pero sin darnos cuenta terminamos en calles cerradas, en caminos sin salida, en lugares donde no queríamos llegar. Y entonces pagamos caro el error. A veces no nos roban solo dinero: nos roban la paz, la esperanza, la confianza, la alegría, el sentido de la vida.
Muchos jóvenes terminan heridos, cansados, desilusionados, sin saber en quién creer, sin saber para qué vivir, sin saber hacia dónde ir. Y frente a este mundo de apariencias, hoy Jesús se pone delante de nosotros y nos ofrece algo distinto: la verdad. Él no engaña. No manipula. No vende humo. Él nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. No hay promesa más firme. No hay contrato más seguro. No hay camino más verdadero.
La Palabra de Dios de hoy nos ilumina profundamente. El profeta Sofonías nos invita a buscar al Señor con humildad, con justicia, con sencillez. Dios quiere formar un pueblo sin mentira, sin doblez, sin corrupción, un pueblo con corazón limpio, un pueblo que confía en Él.
El Salmo nos muestra el rostro de nuestro Dios: Él mantiene su fidelidad para siempre, hace justicia al oprimido, da pan al hambriento, libera al cautivo, sostiene al huérfano y a la viuda, acompaña al que sufre. Y el salmista le dice al Señor: “Tú eres mi único bien”. Nada puede reemplazar a Dios. Ningún éxito, ninguna riqueza, ninguna fama puede llenar el corazón como Él.
San Pablo nos recuerda que Dios no eligió a los más poderosos ni a los más famosos según el mundo. Eligió a los pequeños, a los frágiles, a los sencillos. Y nos dice algo central: Jesucristo es para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. En Él lo tenemos todo.
Jesús mismo nos enseña: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí da mucho fruto”. Unidos a Él florecemos. Separados de Él nos secamos. Él ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia. Vida verdadera, vida plena, vida con sentido.
El lema de nuestra Novena Misión Juvenil Nacional nos orienta: “Unidos por el bien común”. No es solo una frase bonita. Es un proyecto de vida. Buscar el bien común es poner a Dios en el centro, educar el corazón en el Señor, vivir desde Él y para Él. Cuando Dios es nuestro primer bien, todo se ordena.
Esta misión ha sido una verdadera escuela de fe y de vida. Muchos de ustedes han caminado kilómetros para abrir caminos de salvación, de sanación y de consolación. Han entrado en hogares donde hay dolor, pobreza, soledad, conflictos, heridas profundas. Allí se dieron cuenta de que todos tenemos problemas, pero que hay familias y comunidades que viven situaciones todavía más duras. Esta experiencia nos abrió los ojos del alma y del corazón.
Nos hizo más sensibles, más humanos, más solidarios. Nos enseñó que hay más alegría en dar que en recibir. Nos mostró que servir vale la pena.
Esta Novena Misión Juvenil Nacional también nos desafía a continuar en este espíritu. No termina hoy. Es un inicio. Nos llama a ser discípulos misioneros en nuestras propias comunidades, en nuestras parroquias, capillas, diócesis y vicariatos. Nos invita a animarnos mutuamente, a fortalecernos como hermanos, a sostenernos en la fe.
La evangelización será efectiva si vivimos unidos en Cristo, si nos amamos de verdad, si compartimos nuestra vida y nuestros bienes, si nos reunimos con frecuencia, si rezamos juntos, si nos cuidamos unos a otros.
Y esa fuerza no nace solo de nosotros. Nace de la savia que recibimos de Cristo: su Palabra, su Eucaristía, su Presencia viva, la vida comunitaria.
Queremos agradecer profundamente a todos los misioneros que han venido de distintos lugares, dejando su casa, su comodidad y su tiempo. Gracias a las familias que abrieron sus puertas. Gracias a las comunidades que acompañaron. Gracias a todos los que sostuvieron con la oración.
Que nuestros programas pastorales fortalezcan comunidades juveniles vivas, fraternas, comprometidas y misioneras.
Hoy miramos a María, nuestra Madre. Ella nos cuidó, nos acompañó, nos sostuvo, especialmente en las periferias geográficas y existenciales.
A Ella confiamos nuestros sueños, nuestras luchas y nuestras fragilidades. Que nos cubra con su manto y nos acerque siempre a su Hijo.
Señor, aquí estamos. Con nuestras luces y sombras. Queremos seguirte, servirte y anunciarte. Porque solo en Vos nuestra vida tiene sentido.
Amén.
01 de Febrero del 2026
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