SANTA MISA
HOMILÍA
Primer Domingo de Cuaresma y Cátedra de San Pedro
Catedral Metropolitana de Asunción
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma, tiempo santo que comenzó el Miércoles de Ceniza, cuando la Iglesia nos invita durante cuarenta días a entrar en el desierto interior para preparar el corazón hacia la Pascua. Y providencialmente, hoy 22 de febrero celebramos también la Cátedra de San Pedro, antigua fiesta nacida en Roma en los primeros siglos para recordar la misión confiada por Cristo al apóstol Pedro como pastor universal.
La cátedra no es simplemente una silla: es el signo del servicio de enseñar, confirmar en la fe y mantener la unidad. San León Magno enseñaba que la Iglesia se levanta sobre la firmeza de la fe de Pedro. Y san Jerónimo, en su carta al papa san Dámaso, decía con claridad: «Yo sigo a Cristo y permanezco en comunión con la cátedra de Pedro; sé que sobre esa piedra está edificada la Iglesia». Así comprendemos que la unidad con Pedro es unidad con Cristo.
El miércoles pasado comenzamos la Cuaresma, tiempo de ejercicio espiritual, como decía Eusebio de Cesarea: ejercitar el corazón, ordenar los deseos, recordar el bautismo, volver a sentirnos hijos amados del Padre. No es un desierto geográfico solamente, sino el desierto de nuestras pruebas, de nuestras tentaciones, de nuestras decisiones. Es tiempo para ajustar los sentidos, abrir los ojos, volver a la fuente de la Palabra y de los sacramentos.
Las lecturas de hoy nos muestran todo el drama y la esperanza del ser humano.
En el Génesis vemos la creación del hombre y la caída de nuestros primeros padres: la serpiente siembra la desconfianza, el hombre quiere ser como Dios sin Dios, y el pecado rompe la armonía con el Señor, con el hermano y con la propia conciencia.
En el Salmo pedimos con humildad: «Crea en mí, Señor, un corazón puro». Es la oración del pecador que reconoce su culpa y confía en la misericordia.
En la carta a los Romanos escuchamos que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, pero por un solo hombre, Jesucristo, sobreabundó la gracia. Cristo es el nuevo Adán que vence donde Adán cayó.
Y en el Evangelio según san Mateo contemplamos a Jesús en el desierto. Donde Adán dudó, Cristo permanece fiel. Donde el hombre cayó, Cristo vence.
Después de escuchar la Palabra comprendemos que las tentaciones de Jesús son también las tentaciones de nuestra vida personal y de nuestra sociedad.
LA TENTACIÓN DEL DINERO QUE DEVORA LA DIGNIDAD HUMANA
Cuando el tentador dice: «Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en pan» (Mt 4,3), propone el pan sin Dios, el bienestar inmediato sin obediencia al Padre. Jesús responde: «No sólo de pan vive el hombre». Cuando el dinero se vuelve ídolo, por el dinero se cometen grandes injusticias. Hay quienes, cegados por la ambición, no convierten piedras en pan, sino que convierten a la persona humana en pan para devorarla. Los seguidores del mal convierten a las personas humanas en mercancías para utilizarlas según su gusto y su paladar, explotando su debilidad, su pobreza o su inocencia. Con el poder del mal que brota de su propia conciencia deformada, y con libertad mal usada, buscan menoscabar al ser humano, degradarlo y transformarlo en esclavo de sus intereses.
Así se explota al trabajador, se roba al pobre, se destruyen familias, se venden conciencias. Se comercia con la dignidad humana en la trata de personas, en el tráfico de mujeres, en niñas y niños víctimas de abusos físicos, psicológicos o sexuales, en trabajadores explotados, en personas obligadas a mendigar o delinquir. A pocos días del Día de la Mujer Paraguaya recordamos a tantas mujeres víctimas de violencia y feminicidio. Cuando el dinero gobierna, la justicia muere, la sociedad se endurece y el corazón se enfría. El pan obtenido sin amor tiene sabor a injusticia.
LA TENTACIÓN DE LA APARIENCIA Y DE LA MENTIRA ORGANIZADA
Cuando el tentador lleva a Jesús al templo y le dice: «Tírate abajo… porque los ángeles te sostendrán» (Mt 4,6), propone el prestigio fácil, la apariencia, el espectáculo religioso. Jesús responde: «No tentarás al Señor tu Dios». Aquí aparece la tentación de agradar a los hombres antes que a Dios, de vivir de halagos y de máscaras. Se manifiesta cuando se dicen palabras que la gente quiere oír, cuando se maquillan cuentas falsas creyendo que el papel aguanta todo, cuando se fabrican números para engañar, cuando se construyen discursos para esconder errores o corrupciones.
Aparece cuando se piden sobornos por trabajos que deben realizarse con honestidad, cuando se venden servicios que son deber de justicia, cuando se “aceitan” trámites o licitaciones, cuando se hacen arreglos secretos, presiones ocultas, favores indebidos. Es el parecer sin ser. Y la consecuencia es grave: se pierde la confianza, se debilitan las instituciones, el pueblo se desanima, la verdad se desprecia. Pero Dios no mira las apariencias; Dios mira el corazón.
LA TENTACIÓN DEL PODER QUE SE SIRVE DE LOS DEMÁS
Cuando el tentador muestra a Jesús todos los reinos del mundo y le dice: «Todo esto te daré si te postras y me adoras» (Mt 4,9), propone el poder sin Dios. Jesús responde: «Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás». Esta tentación aparece cuando el poder se usa para dominar y no para servir, cuando se forman clanes cerrados que se llaman hermanos pero buscan beneficios propios, cuando se manipulan decisiones, cuando se crean redes de corrupción o crimen organizado, cuando se destruye la reputación o la vida de otros para obtener ventaja. Se tejen redes que atrapan la inocencia de niños, mujeres y pobres.
El poder sin servicio se vuelve tiranía, la autoridad se vuelve abuso, la paz social se rompe y la esperanza se debilita. El verdadero poder es servir.
Hoy el Santo Padre, en el Ángelus de este primer domingo de Cuaresma, nos invitó a hacer silencio, a apagar por un rato la televisión, la radio y los teléfonos, para escuchar la Palabra de Dios. Nos recordó que la riqueza, la fama y el poder son pobres sustitutos de la verdadera alegría, y que la penitencia cuaresmal no empobrece nuestra humanidad, sino que la purifica y la fortalece.
La Cuaresma es tiempo de volver al corazón, de romper los ídolos, de sanar las heridas de nuestra sociedad, de proteger a los niños, de defender a las mujeres, de cuidar a los pobres, de vivir con honestidad.
Y hoy, en la fiesta de la Cátedra de San Pedro, pedimos también por el Santo Padre, para que el Señor lo sostenga en su misión de confirmar a los hermanos en la fe.
Al final, queridos hermanos, nos encomendamos a Nuestra Señora de la Asunción, para que nos ayude a caminar firmes en la Palabra, cimentados en la fe de Pedro, diciendo no al mal y sí a Dios.
22 de febrero 2026
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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