SANTA MISA
HOMILÍA 

Segundo Domingo de Cuaresma 

Catedral Metropolitana de Asunción

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy estamos celebrando el Segundo Domingo de Cuaresma, según el Evangelio de hoy, san Mateo 17, 1-9, en el que se nos llama a pasar del desierto de las tentaciones, como hemos visto y oído el domingo pasado cuando se habló de las tentaciones de Jesús. Pasamos ahora a ser invitados, con Pedro, Santiago y Juan, a subir a la montaña de la Transfiguración, donde Jesús les invita a un lugar apartado.

Como hemos escuchado también en la primera lectura del libro del Génesis 12, 1-4, el Señor llama a Abram a dejar su tierra y ponerse en camino, confiando en su palabra. A veces sucede, cuando se escala un cerro, como a mí me ha tocado la oportunidad también de escalar en la cordillera del Ybytyruzú, que uno siente que el cielo se va acercando y la tierra se va alejando. Cuando uno ve la cumbre tan lejana, las distancias parecen inalcanzables, pero con cada paso pareciera que el cielo se ve cercano.

La experiencia de Jesús, en cierto momento de conversación con Moisés y Elías, nos muestra el encuentro con la Ley y los Profetas; Moisés, a quien el Señor dio la Ley en el Sinaí, y Elías, uno de los grandes profetas que llamó al pueblo a volver a Dios. Así los apóstoles, en esa atmósfera celestial, se sienten bien, y ahí Jesús se transforma, sus vestiduras y su rostro resplandecientes; era un escenario sobrenatural. Y de la nube luminosa salió una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo. Cuando el Padre dice en quien tengo puestas mis complacencias, quiere decir que el Padre se alegra en el Hijo.

Y como dice la segunda lectura de la carta de san Pablo a Timoteo 1, 8-10, Dios nos ha llamado y nos ha iluminado por medio de Cristo Jesús, nuestro Salvador. Escalar la montaña es también acercarse más al cielo de su palabra, donde Él nos habla. Muchos de los que estamos aquí hemos experimentado momentos de sobrecogimiento, una experiencia de cercanía y de escucha de su palabra.

Escuchar su palabra es nutrirnos de la vida; encontramos la brújula de la sabiduría que nos conduce por el camino correcto para encontrar la plenitud de la verdad. Nos encontramos con Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.

En la experiencia de muchos místicos, llegar a esta unión con Dios requiere el esfuerzo de subir la montaña. Caminar y subir es un ejercicio y condición para la vida cristiana. No todo siempre es fácil. Recordamos a María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga, que buscó en la oración reflejar la luz de Cristo en su vida.

En esta misa, en este día 1 de marzo, recordamos también a los héroes. No queremos quedarnos solamente en los héroes de cruentas batallas. Cuando éramos niños aparecían muchas revistas de historietas: Superman, Batman, Roy Rogers, la Mujer Maravilla, Patoruzú, Tarzán. También estaban las revistas llamadas Vidas Ejemplares, que narraban las historias de los santos. En el intercambio de revistas preferíamos las hazañas de héroes fuertes y victoriosos, pero con el tiempo entendimos que los verdaderos héroes son también los santos.

Recordamos a nuestros héroes y heroínas de la fe, como San Roque González de Santa Cruz y sus compañeros mártires. San Juan Pablo II decía que el corazón incorrupto de San Roque González fue testimonio de su gran amor a Dios y al prójimo.

 De la vida de nuestros santos entendemos la ejemplaridad de sus vidas, de estos misioneros que, por su palabra y el amor al prójimo, han abierto caminos para que Jesús, el Camino, sea conocido.

 Escuchar a Jesús es escuchar la palabra contra las palabras de muerte y derrumbe, que nacen de corazones corrompidos. Hemos sido puestos sobre esta tierra, nacidos como predilectos del Padre, en quien se complace, para escribir con nuestro testimonio de vida la ejemplaridad de una historia de vida, como nos recordaba san Pablo en la segunda lectura, para consagrarnos a Dios, para brillar la luz de Cristo.

 Hay situaciones donde uno puede tener diferencias con el hermano; podemos ser incompatibles en modos de ser y de pensar, tener pensamientos distintos, pero nuestras palabras deben ser siempre conciliatorias, evitando choques frontales y difamatorios. Nuestras palabras y actitudes deben respetar la dignidad de cada persona, para no ser jueces y verdugos en relación a los diferentes. Hay personas tan conflictivas que siempre usan palabras agresivas para insultar y difamar, ocultando sus propias carencias, fragilidades y ambigüedades. Si bien, Jesús ha llegado para ayudarnos a separar con paciencia y misericordia el buen trigo de la cizaña.

 Del monte de la Transfiguración, Jesús baja al monte del Calvario, donde aparece despojado de sus vestiduras. Allí, en la desfiguración, nos abre las puertas de la esperanza con su resurrección. La muerte no tiene la última palabra.

 La Palabra está viva, como Jesús resucitado entre nosotros; de ahí nuestra esperanza. Agradecemos al Señor presente hoy en su Palabra y en su presencia entre nosotros, donde dos o más están reunidos, ahí estoy yo, dice el Señor. Presente en su Iglesia, con el Papa León XIV, y ofrecemos en este día nuestras oraciones a María Santísima, que acompañó al Hijo en la cruz y comparte la gloria en el cielo, María Santísima, Nuestra Señora de la Asunción.

01 de Marzo 2026

Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano