LA EUCARISTÍA, FUENTE DE COMUNIÓN, DE CARIDAD Y DE FRATERNIDAD

Hermanas y hermanos en Cristo:

Hoy es un día de acción de gracias y de alegría porque el Señor se ha querido quedar con nosotros para alimentarnos, para fortalecernos, para que nunca nos sintamos solos. La Sagrada Eucaristía es el viático, el alimento para el largo caminar de la vida hacia la verdadera Vida. Jesús nos acompaña y fortalece aquí en la tierra. Cristo se nos da en cada Misa, y se queda con nosotros en cada Sagrario del mundo… Y en el sagrario viviente que debe ser el corazón de cada uno de nosotros.
Todo el mensaje que hemos de escuchar y vivir está contenido en “el pan”. El capítulo sexto del Evangelio según san Juan refiere el milagro de la multiplicación de los panes, seguido de un gran discurso de Jesús, uno de cuyos fragmentos escuchamos hoy. Nos interesa mucho entenderle, no sólo para vivir la fiesta del “Corpus” y el sacramento de la Eucaristía, sino también para comprender uno de los mensajes centrales de su Evangelio.
El sacramento se llama Eucaristía: es la suprema acción de gracias al Padre, que nos ha amado tanto que nos dio a su Hijo por amor. He aquí por qué el término Eucaristía resume todo ese gesto, que es gesto de Dios y del hombre juntamente, gesto de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
La Eucaristía constituye la cumbre de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, vuelca, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, de tal modo que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos.
Jesús está presente en el sacramento de la Eucaristía para ser nuestro alimento, para ser asimilado y convertirse en nosotros en esa fuerza renovadora que nos devuelve la energía y nos devuelve el deseo de retomar el camino después de cada pausa o después de cada caída. Pero esto requiere nuestro asentimiento, nuestra voluntad de dejarnos transformar en nuestra forma de pensar y actuar.
Somos comunidad, alimentados por el cuerpo y la sangre de Cristo. La comunión con el cuerpo de Cristo es un signo efectivo de unidad, de comunión, de compartir. No se puede participar en la Eucaristía sin comprometerse a una fraternidad mutua, que sea sincera.
Jesús nos ha dejado el Sacramento de su presencia real, concreta y permanente, para que, permaneciendo unidos a Él, podamos recibir siempre el don del amor fraterno. «Permaneced en mi amor» (Juan 15, 9), decía Jesús; y esto es posible gracias a la Eucaristía. Permanecer en la amistad, en el amor.
La Eucaristía produce doble fruto: el primero, la unión con Cristo y, el segundo, la comunión entre los que se alimentan de Él, genera y renueva continuamente la comunidad cristiana. Este es el misterio de la comunión, de la Eucaristía: recibir a Jesús para que nos transforme desde adentro y recibir a Jesús para que haga de nosotros la unidad y no la división, nos lleva a la concordia y no a la discordia. Cristo quiere entrar en nuestra existencia e impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista esta coherencia entre liturgia y vida.
El corazón se llena de confianza y esperanza pensando en las palabras de Jesús citadas en el Evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de atención hacia los necesitados y hacia las necesidades de tantos hermanos y hermanas, con la certeza de que el Señor cumplirá lo que nos ha prometido: la vida eterna.
El apóstol Pablo afirma: “Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Cor 10,17).
La Eucaristía es la que hace de una comunidad humana un misterio de comunión, capaz de llevar a Dios al mundo y el mundo a Dios. El Espíritu Santo, que transforma el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, transforma también a cuantos lo reciben con fe en miembros del cuerpo de Cristo, para que la Iglesia sea realmente sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre ellos. (Benedicto XVI, 2011).
La palabra “comunión”, que nosotros usamos para designar la Eucaristía, resume en sí mismo la dimensión vertical (relación con Dios) y la horizontal (relación con los hermanos) del don de Cristo. Es muy bella y elocuente la expresión “recibir la comunión” referida al hecho de comer el Pan eucarístico. En efecto, cuando realizamos este acto, entramos en comunión con la vida misma de Jesús, en el dinamismo de esta vida que se da a nosotros y por nosotros.
De la Eucaristía, deriva, por tanto, el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, como testifican los grandes Santos sociales, que fueron siempre grandes almas eucarísticas. Quien reconoce a Jesús en la Hostia Santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es forastero, desnudo, enfermo, encarcelado; y está atento a todas las personas, se compromete, de modo concreto, con todos los que tienen necesidad. Del don del amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra especial responsabilidad de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna.
El Evangelio mira desde siempre a la unidad de la familia humana, una unidad no impuesta por las alturas, ni por intereses ideológicos o económicos, sino a partir del sentido de responsabilidad de los unos hacia los otros, porque nos reconocemos miembros de un mismo cuerpo, del cuerpo de Cristo, porque hemos aprendido y aprendemos constantemente por el Sacramento del Altar que la comunión, el amor es la vía de la verdadera justicia.
Hay multitudes hambrientas que necesitan pan. Hay toda una humanidad abocada a la muerte y al vacío, carente de esperanza, que necesita a Jesucristo. Hay un Pueblo de Dios creyente y caminante que necesita encontrarle visiblemente para seguir viviendo de Él y alcanzar la vida. Tres clases de hambre y tres experiencias de saciedad, que corresponden a tres formas de pan: el pan material, el pan que es la persona de Jesucristo y el pan eucarístico.
Hoy, Fiesta del Corpus, es para nosotros un día de la caridad; somos invitados, no por compasión, sino por mandato del mismo Jesús a partir, repartir y compartir el pan con el prójimo necesitado; es una invitación a un estilo de vida sencillo, austero, para que los otros puedan vivir con la dignidad que les corresponde como hijos de Dios.
Jesús es para nosotros: Pan que alimenta y alienta, Vino que alegra el corazón, abrazo de Padre tierno, Consuelo del Espíritu, Esperanza que no defrauda. La Eucaristía es para nosotros, cristianos, el motor de nuestro compromiso en la transformación del mundo, recordando que la caridad, bien entendida, empieza por los prójimos más próximos.
Tenemos el ejemplo de la Beata María Felicia de Jesús Sacramentado, la querida Chiquitunga. Para ella, la Eucaristía era la fuente que nutría e impulsaba su apostolado. Era tal su amor a la Eucaristía que en su vida consagrada adoptó el nombre dedicado a Jesús Sacramentado.
En su lucha interior para definir su lugar en la Iglesia al servicio del Reino, si optaba por la vocación laical o por la vida consagrada, pronunció esta bella oración: Hoy renuevo ante ti, Jesús Hostia, este deseo sincero de inmolar mi vida en aras de tu amor…Te ruego, Jesús Hostia, que en ningún momento desfallezcamos; antes bien, que nos convenzamos de que ¡el verdadero amor está ahí, junto a ti, en Ti mismo, Señor!
San Juan Crisóstomo decía: “¿Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. No lo honréis aquí con vestidos de seda y fuera le dejéis padecer de frío y desnudez (Homilía 50).
No se puede disociar la Eucaristía del amor y del servicio al prójimo. Recordemos que los principales mandamientos de nuestra fe se resumen en amar a Dios y al prójimo.
La caridad no es solo el principio que implica los espacios pequeños como las amistades, la familia, el grupo cercano, sino también significa ponerla en práctica en las relaciones sociales, económicas y políticas.
El Paraguay es un país bendecido. Produce alimento suficiente para satisfacer las necesidades de su población; es rico en recursos naturales. Sin embargo, cientos de miles de paraguayos pasan hambre, con familias empobrecidas que sufren múltiples privaciones, por la inequidad en la distribución de los bienes materiales y espirituales.
La comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo exige una profunda conversión del corazón, que lleve a un cambio de mentalidad y de actitudes de todos los bautizados. En esta Solemnidad del Corpus Christi, invito a los católicos que ocupan cargos de responsabilidad política, social, económica y a todas las personas de buena voluntad, en cuyas manos están las decisiones que afectan la vida, los bienes y la dignidad de nuestro pueblo a asumir un verdadero compromiso con el bien común de la nación.
Busquemos la reconciliación y la comunión entre paraguayos por medio de un diálogo social sincero, con sentido de patria.
El que ha sido alimentado por Cristo debe dar y darse a los demás. La Eucaristía es semilla de caridad. El que los pobres tengan qué comer también brota de la Eucaristía. Por eso, el que frecuentando la Eucaristía no crece en la caridad, es que en realidad no recibe a Cristo y le está rechazando.
Si bien celebramos una vez al año la fiesta del Cuerpo de Cristo, la Iglesia proclama cada día esta gran y hermosa noticia: Él se nos da diariamente como alimento y se queda en nuestros Sagrarios para ser la fortaleza y la esperanza de una vida nueva, sin fin y sin término. Es un misterio siempre vivo y actual.
La procesión del Corpus hace presente a Cristo por los pueblos y las ciudades. Pero esa presencia no debe ser cosa de un día, ruido que se escucha y se olvida. Ese pasar de Jesús nos trae a la memoria que debemos descubrirlo también en nuestro quehacer ordinario. Junto a la procesión solemne de este día, debe estar la procesión callada y sencilla, de la vida corriente de cada cristiano que tiene la dicha de haber recibido la fe y la misión divina de encarnar a Cristo y ser testigos de su amor, siendo sal, luz y fermento del evangelio en la sociedad.
Que caminemos en procesión, llamando a la paz entre hermanos y hermanos y a la concordia, que la reconciliación y el respeto a la vida humana sea objetivo y meta. No mas a los atentados y agresiones contra la vida desde la concepción hasta la muerte. No mas a la violencia homicida, violencia en la familia y comunidades, con feminicidios, infanticidios, homicidios, con amenazas de muertes, de extorsiones, secuestros y tráficos de personas y del veneno de las drogas, que causan dispersión y destrucción, y atentan contra la pacifica convivencia y la paz social social. El Señor ha querido quedarse entre nos para señalarnos el camino de la unidad y la fraternidad social, la constructiva paz que nos llleva a caminar como hermanos.
Sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por los caminos del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples semillas de grano, custodiamos la firme certeza de que el amor de Dios, encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y que la muerte. Sabemos que Dios prepara para todos los hombres, cielos nuevos y tierra nueva, en la que reinan la paz y la justicia, y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra verdadera patria. (Benedicto XVI).
Pidamos al Señor que este sacramento siga manteniendo viva su presencia en la Iglesia y que fortalezca nuestras comunidades en la caridad y en la comunión, según el corazón del Padre, y que nos impulse a la misión, para anunciar a todos, la alegría del Evangelio.
Así sea.
Asunción, 10 de junio de 2023.

+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Asunción