HOMILÍA
CUARTO DÍA DE LA NOVENA
PARROQUIA SANTOS ARCÁNGELES – VILLA ELISA
Tema: «Impulsar una educación integral»
Lecturas: 2 Timoteo 3,14-17; Salmo 118,9-12; Marcos 6,30-34
Queridos hermanos y hermanas:
Con profunda alegría nos reunimos en este cuarto día de la novena de nuestra Parroquia Santos Arcángeles. Saludo cordialmente a toda la comunidad parroquial, a los Padres Agustinos Descalzos, a la Comunidad de Adoradores, a las instituciones educativas, a los queridos docentes, a los estudiantes y a las familias que hoy nos acompañan.
El lema que nos convoca es: «Impulsar una educación integral». Esta reflexión se enlaza profundamente con el Año del Bien Común que vivimos como Iglesia en Paraguay. La educación es un bien de todos porque mediante ella se forma la persona, se fortalece la familia y se construye el presente y el porvenir de nuestra sociedad.
En nuestro dulce idioma guaraní, educación se dice tekombo’e. Teko expresa nuestro modo de ser y de vivir, mientras que mbo’e significa enseñar. Educar no se reduce meramente a transmitir conocimientos teóricos. Significa formar a la persona en todas sus dimensiones para la vida: su inteligencia, su corazón, su conciencia, su voluntad y su apertura constante a Dios.
La primera lectura nos presenta un testimonio muy hermoso. San Pablo le escribe a Timoteo con estas palabras: «Permanece fiel a lo que aprendiste y de lo que estás convencido, porque sabes bien de quiénes lo aprendiste» (2 Tm 3,14).
Timoteo no transitó ese camino en solitario. La fe cobró vida primero en su abuela Loida y en su madre Eunice. Una abuela, una madre y un apóstol lo acompañaron de cerca para ayudarlo a responder con fidelidad a su vocación, hasta convertirlo en un discípulo maduro y un servidor de su comunidad.
A nosotros nos sucede de igual manera. Somos fruto de tantas personas que caminaron a nuestro lado: nuestros padres, los abuelos, los maestros, los catequistas y los sacerdotes, quienes nos enseñaron a rezar, a respetar al prójimo, a trabajar con honradez y a afrontar con entereza los momentos difíciles. Quizás no recordemos cada una de sus palabras, pero sí guardamos el testimonio de su ejemplo, de sus correcciones oportunas y de su confianza.
San Pablo añade que «toda la Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para corregir y para educar en la justicia» (2 Tm 3,16). La Palabra de Dios ilumina nuestra mente, rectifica la conciencia y nos impulsa a obrar el bien. En eso consiste la esencia de la educación cristiana: conocer la verdad, vivir con integridad y poner nuestros talentos al servicio de los demás.
En el Evangelio contemplamos a Jesús en su labor de guía. Los discípulos regresan de la misión y le relatan todo lo que hicieron y enseñaron. Al verlos agotados, el Señor les dice: «Vengan ustedes solos a un lugar tranquilo para descansar un rato».
Al desembarcar, Jesús contempla a la multitud y se compadece profundamente de ella, «porque eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles largamente» (Mc 6,34). Como buen maestro y buen pastor, Él no observa una masa anónima, sino rostros concretos con nombres y trayectorias propias, valorando a cada persona en su dignidad más alta.
En otro momento, Jesús se dirige al Padre en oración con estas palabras: «Te alabo, Padre, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes, y se las revelaste a la gente sencilla» (Mt 11,25).
El Señor se revela y nos manifiesta la verdad, permaneciendo oculta a los soberbios y entregándose plenamente a los sencillos. Él mismo se nos da a conocer como el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6); es el Camino que nos conduce al Padre, la Verdad que ilumina nuestra inteligencia y la Vida que transforma nuestro interior.
En esta comunidad animada por los Padres Agustinos Descalzos, recordamos aquella enseñanza de san Agustín: «Nosotros hablamos con la voz y golpeamos sus oídos, pero el verdadero Maestro está adentro». El educador orienta, corrige y acompaña con paciencia, pero es Dios quien transforma verdaderamente el corazón por medio de su Espíritu.
Al volver la mirada hacia nuestra realidad nacional, la situación nos invita a una profunda reflexión. Durante el año 2023, cerca de un millón y medio de niños y jóvenes se encontraban matriculados en el sistema educativo del país.
Sin embargo, las cifras de la deserción escolar interpelan fuertemente la conciencia del país: en el 2024, aproximadamente 38.000 adolescentes de entre 15 y 17 años permanecían fuera del sistema educativo, lo que representa miles de aulas vacías y proyectos de vida amenazados.
Detrás de cada estadística hay un rostro humano, un joven que debe trabajar prematuramente o una familia que atraviesa privaciones. Por ello, cada estudiante que culmina sus estudios representa una esperanza fortalecida, mientras que cada exclusión constituye un llamado urgente a nuestra responsabilidad social.
Ante este panorama, exhortamos con firmeza a toda la sociedad y a las autoridades competentes a asumir la educación como una causa nacional y prioritaria, situada por encima de cualquier ámbito, cuidando siempre los recursos indispensables para trabajar por la calidad, asegurar la perseverancia estable en las aulas y consolidar un programa de recuperación y rescate para aquellos que han abandonado el sistema escolar y para comprender por qué muchos dejaron las aulas, afianzando un compromiso conjunto en favor del bien común.
El mandato evangélico de «denles ustedes de comer» tiene también un profundo eco en la mesa del saber. Así como duele el hambre del cuerpo, nos interpela el hambre de educación de un pueblo que sufre una verdadera desnutrición en la mente y en el espíritu cuando falta la luz de la enseñanza. La educación está llamada a ser semilla fecunda sembrada en buena tierra para producir frutos abundantes de bien y dignidad. Como bien recordaba el insigne maestro paraguayo Ramón Indalecio Cardozo: «Solamente con el amor se puede hacer el milagro de la educación».
No basta con garantizar el acceso al aula; es imperativo ofrecer una educación de calidad que alcance a todos los rincones del país, con especial atención en las comunidades rurales, indígenas y periféricas, asegurando una infraestructura adecuada, tecnología apropiada y una justa inversión en la labor docente.
Asimismo, la formación permanente de los educadores debe cultivar tanto la excelencia académica como la dimensión ética y humana, dotándoles de la sensibilidad necesaria para escuchar, guiar y contener los desafíos que enfrentan los estudiantes en la actualidad.
De manera muy especial, animamos a los educadores cristianos a impregnar su labor cotidiana con los valores del Evangelio. Su misión va más allá de una asignatura religiosa; se trata de testificar con la propia vida la justicia, la acogida y la rectitud moral.
En este horizonte brilla con luz propia el testimonio de nuestra compatriota, la beata María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga. Ella supo conjugar su sólida formación como maestra normalista y catequista con una entrega espiritual profunda, enseñando tanto con la palabra como con la coherencia de su vida.
Su aspiración constante era que «todo se sature de Cristo». Ojalá que ese mismo deseo inspire la labor diaria de nuestros docentes, haciendo que la luz del Evangelio se refleje en su trato y en su enseñanza.
Celebrando recientemente la llegada de la primavera y el Día de la Juventud, constatamos que los jóvenes no son meramente una promesa futura, sino el presente vivo de nuestra sociedad. Ellos necesitan tierra fértil, oportunidades reales de desarrollo y espacios de trabajo digno.
Queridos jóvenes: a ustedes les corresponde custodiar y transmitir la antorcha de la fe. Dicha transmisión no se realiza mediante discursos vacíos, sino a través de una conducta recta, el servicio desinteresado y la coherencia entre lo que se profesa y lo que se vive, siguiendo el legado que nos dejaron figuras como Loida, Eunice y el apóstol san Pablo.
Los Santos Arcángeles continúan iluminando nuestro caminar: San Miguel nos enseña a defender la verdad frente al mal; San Gabriel nos anima a comunicar palabras de esperanza; y San Rafael nos muestra cómo sanar las heridas del camino mediante la cercanía y el cuidado.
Hoy expresamos nuestra sincera gratitud a los docentes por su entrega cotidiana, tantas veces silenciosa y sacrificada. Oramos para que ninguno de ellos se sienta aislado en su tarea y para que la sociedad y el Estado reconozcan y respalden con justicia su noble misión.
Que Jesús, nuestro Buen Pastor, bendiga a las familias, fortalezca a los estudiantes y guíe a nuestras autoridades. Que la Santísima Virgen María, la beata Chiquitunga, san Agustín y los Santos Arcángeles intercedan por esta comunidad para que sepamos construir, a través de la educación, una sociedad más justa, fraterna y comprometida con el bien común. Amén.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo de Asunción
Villa Elisa, 22 de septiembre de 2026
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