HOMILÍA
Memoria de san Pío de Pietrelcina
Miércoles, 23 de septiembre de 2026
Tema: «Con san Pío mantengamos el legado de san Francisco»
Lecturas: Jr 9,22-23; Sal 14/15; Ga 6,14-18; Mt 11,25-30.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos la memoria de san Pío de Pietrelcina, sacerdote capuchino e hijo espiritual de san Francisco de Asís. Nació el 25 de mayo de 1887 y fue bautizado al día siguiente con el nombre de Francisco.
Falleció a los 81 años en San Giovanni Rotondo, en un día como hoy, a las dos y media de la madrugada. Poco antes había renovado sus votos religiosos y entregó su vida repitiendo los nombres de Jesús y María.
Su testimonio nos ayuda a reflexionar sobre el tema que hemos escogido: «Con san Pío mantengamos el legado de san Francisco», contemplando algunas florecillas de su vida.
Es muy apropiado hablar de florecillas al comenzar la primavera. Toda flor nace de una semilla escondida que germina, crece, florece y finalmente da fruto. También las florecillas de los santos son pequeños relatos que, reunidos, forman un hermoso ramillete de santidad. Son como parábolas que muestran cómo el Evangelio puede encarnarse en la vida cotidiana y transformar el corazón mediante la oración, la misericordia, el servicio y la reconciliación.
Primera florecilla: un pobre fraile que ora
La primera lectura nos enseña que nadie debe gloriarse de su sabiduría, su poder o sus riquezas. La verdadera gloria consiste en conocer al Señor, que practica la misericordia, el derecho y la justicia.
San Pío llegó a ser conocido en todo el mundo y multitudes acudían a él. Sin embargo, cuando le preguntaban quién era, se definía con sencillez: «Soy solamente un pobre fraile que ora».
Esta es la primera enseñanza que mantiene vivo el legado de san Francisco: la humildad. Ante Dios no cuentan los títulos, la fama ni los aplausos, sino un corazón pequeño, sincero y disponible.
También nosotros necesitamos recuperar la sencillez y comprender que la oración no es una pérdida de tiempo. La oración abre nuestro corazón a la gracia de Dios, ordena nuestros pensamientos y nos da la fuerza necesaria para servir a los demás.
Segunda florecilla: las marcas de Jesús
San Pablo declara: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». Estas palabras se cumplieron de una manera particular en san Pío, quien recibió los estigmas visibles el 20 de septiembre de 1918.
Llevó aquellas marcas durante cincuenta años y tres días. En las últimas horas de su vida fueron desapareciendo y, después de su muerte, no quedó ninguna cicatriz.
Sin embargo, su santidad no consistió simplemente en llevar heridas visibles, sino en su profunda unión con Cristo crucificado. Soportó dolores, pruebas e incomprensiones sin convertir su sufrimiento en motivo de orgullo ni utilizarlo para condenar a los demás.
Las llagas fueron para él un vía crucis que lo llevó a caminar junto a Jesús y junto a quienes sufren. También nosotros estamos llamados a contemplar al Crucificado y reconocer sus heridas en los enfermos, los pobres, los abandonados y cuantos llevan silenciosamente una cruz.
Tercera florecilla: el confesionario de la misericordia
En el Evangelio, Jesús dice: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré».
San Pío hizo visible esta invitación pasando largas horas en el confesionario. Escuchaba, orientaba y llamaba con firmeza a la conversión. No justificaba el pecado, pero jamás cerraba la puerta al pecador arrepentido.
Por medio de su ministerio, muchas personas descubrieron que siempre es posible comenzar de nuevo, porque la misericordia de Dios es más grande que nuestras culpas.
Esta florecilla nos invita a abandonar los resentimientos y a construir una comunidad reconciliada. Podemos decirlo también en nuestro jopara: Ñañembo’e ha ñañyrõkena ojupe. Recemos y perdonémonos unos a otros.
Cuarta florecilla: una casa para aliviar el sufrimiento
La oración de san Pío no lo apartó de la realidad. Por el contrario, lo impulsó a responder concretamente al sufrimiento humano.
En 1956 inauguró la Casa Alivio del Sufrimiento, comprendiendo que la oración debe convertirse en caridad organizada, atención médica y cuidado de los enfermos.
Esta obra prolonga la herencia de san Francisco, quien abrazó al leproso y descubrió en él la presencia de Cristo. Una comunidad verdaderamente cristiana no pasa indiferente ante el dolor, sino que acompaña, consuela y busca respuestas concretas para aliviarlo.
Quinta florecilla: una amistad por encima de las divisiones políticas
San Giovanni Rotondo atravesó fuertes tensiones políticas. En octubre de 1920, un enfrentamiento frente al palacio municipal dejó numerosos muertos, heridos y una profunda división en el pueblo.
Luigi Tamburrano, elegido intendente por el Partido Socialista y alejado de la fe, quedó después marginado por razones políticas. San Pío, sin embargo, mantuvo con él una sincera amistad y fue uno de los pocos que permanecieron a su lado para ofrecerle consuelo.
San Pío no preguntó por su partido antes de reconocerlo como hermano. No convirtió el altar en una tribuna partidaria ni permitió que las diferencias políticas destruyeran la fraternidad.
Esta florecilla conserva uno de los legados más auténticos de san Francisco: ser instrumentos de reconciliación y artesanos de la paz, especialmente cuando las pasiones políticas amenazan con dividir a las familias y a la comunidad.
Edificar la ciudad de los hombres con la mirada puesta en Dios
En la audiencia general celebrada esta mañana, el papa León XIV recordó, siguiendo la enseñanza de la constitución Gaudium et spes, que la actividad humana orientada a mejorar las condiciones de vida responde al designio de Dios.
Los cristianos participamos, como todos los ciudadanos, en la edificación de la ciudad de los hombres, pero lo hacemos con la mirada puesta en nuestro encuentro definitivo con Dios. El progreso solamente será verdaderamente humano cuando esté guiado por la caridad, defienda la dignidad de cada persona y alcance especialmente a los más desfavorecidos.
No debemos identificar ningún proyecto político con la Ciudad de Dios. Pero tampoco podemos vivir como si nuestra fe no tuviera nada que aportar a la vida pública. Mirando hacia la Ciudad de Dios, trabajamos responsablemente para que nuestra ciudad terrena sea más humana, justa, fraterna y solidaria.
Nos acercamos al 4 de octubre, fiesta de san Francisco de Asís, dentro del Año Jubilar en el que conmemoramos los 800 años de su Tránsito o Pascua, ocurrido en 1226. Su legado nos sigue llamando a cuidar la creación, servir a los pobres y trabajar incansablemente por la paz.
Nuestra responsabilidad ante las elecciones municipales
Ese mismo domingo 4 de octubre se celebrarán las elecciones municipales para elegir a los intendentes y miembros de las Juntas Municipales que servirán a nuestras comunidades.
Esta jornada debe ser una oportunidad de esperanza y participación. Los jóvenes pueden hacer una gran diferencia. Quienes hayan cumplido dieciocho años deben verificar con su número de cédula su habilitación y su local de votación en el padrón oficial: padron.tsje.gov.py.
A los jóvenes les decimos: anímense a participar, a conversar respetuosamente y a elegir según su conciencia. Nuestro país necesita su entusiasmo y su compromiso para promover el primer empleo, el estudio y una educación que no deje a ningún estudiante fuera de las aulas.
La Iglesia no señala un partido, una lista ni un candidato. Su misión es formar la conciencia para que cada ciudadano pueda elegir libre y responsablemente, buscando el bien común y la justicia social.
El salmo de hoy nos ofrece un criterio muy concreto: procede correctamente quien practica la justicia, dice la verdad de corazón, no calumnia, no perjudica a su prójimo y no acepta soborno contra el inocente.
Por eso debemos examinar la trayectoria, la conducta pública y las propuestas de los candidatos; su capacidad para administrar con honestidad los bienes públicos; su atención a la infraestructura y al desarrollo humano integral; su compromiso con los más vulnerables, y su disposición para dialogar y unir a los distintos sectores.
No nos dejemos llevar solamente por la abundancia de promesas ni por las apariencias. Tampoco votemos por miedo, presión, regalos o favores recibidos. El voto es libre, y la conciencia y la dignidad de una persona no se compran ni se venden.
Nuestra responsabilidad no termina al depositar el voto. Después de las elecciones debemos acompañar, colaborar, proponer y también exigir transparencia. El bien común no puede delegarse completamente en las autoridades: es una tarea permanente de todos.
Oración y compromiso por la paz
Queridos hermanos y hermanas, las florecillas de san Pío no pueden quedarse en relatos hermosos. Deben convertirse en frutos de oración, misericordia, atención a los enfermos, reconciliación, participación responsable y compromiso con la paz. Cada uno tiene algo que aportar: una palabra que reconcilia, un trabajo realizado con honradez, un servicio al necesitado, un voto libre y consciente y una renuncia al odio y a la violencia.
Pidamos al Señor que el próximo 4 de octubre sea una verdadera celebración cívica: una jornada de libertad sin presiones, de verdad sin engaños, de participación sin violencia y de respeto a la voluntad popular. Que quienes resulten elegidos comprendan que la autoridad no es un privilegio, sino un servicio; y que todos recordemos que la patria y nuestras comunidades se construyen cada día.
Señor Jesús, manso y humilde de corazón, líbranos del odio, la indiferencia, la corrupción y la violencia. Danos una conciencia libre, un corazón reconciliado y unas manos limpias para servir. Ayúdanos a reconocer en cada persona la dignidad que Tú le otorgaste al crearla a tu imagen y semejanza, para que nadie sea excluido, despreciado ni abandonado.
San Pío de Pietrelcina, pobre fraile que oraba, consolaba y reconciliaba, ruega por nosotros. San Francisco de Asís, hermano de los pobres y mensajero de la paz, enséñanos a ser instrumentos de concordia.
Al regresar a nuestros hogares, llevemos el compromiso de rezar y trabajar por la paz. Con la oración en el corazón y la responsabilidad en nuestras manos, edifiquemos juntos la ciudad de los hombres a la luz de la Ciudad de Dios: una comunidad acorde con la dignidad que Dios nos ha concedido y en la que todos podamos vivir como hermanos.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo de Asunción
23 de septiembre de 2026
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