XVII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Memoria de san Joaquín y santa Ana
VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores
1. Queridos hermanos y hermanas: el gran poeta español Francisco de Quevedo, una de las figuras más brillantes del Siglo de Oro, contempló con extraordinaria lucidez el inmenso poder que el dinero ejerce sobre el corazón humano. En su célebre poema «Poderoso caballero es don Dinero» comienza diciendo: «Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado…». Con fina ironía desenmascara una sociedad que termina arrodillándose ante el dinero, confundiendo la riqueza con la dignidad y el poder con el verdadero valor de las personas. Han pasado casi cuatro siglos y aquellas palabras siguen teniendo una sorprendente actualidad. También hoy corremos el riesgo de rendir culto al dinero y olvidar que la verdadera riqueza nace de una conciencia recta, de un corazón honesto y de una vida vivida según la voluntad de Dios. Si Quevedo contemplara algunas realidades de nuestro tiempo, quizá escribiría otro poema con un título igualmente provocador: «Poderoso don Zoquete».
2. En nuestra tierra bien podría decirse: «Quien mayor zoquete acumule en el bolso, más orondo y pío será su responso (porque quienes han acumulado grandes fortunas deshonestas probablemente tendrán más coronas de flores en sus exequias; pero muchas de ellas serán coronas enviadas por serviles, aduladores e interesados, más preocupados por las apariencias que por la verdad). Quien más variados zoquetes cultive al amparo de los poderes y de las arcas públicas y privadas, más abundante será la cosecha de la traición, la parca y la vergüenza. Cuando el zoquete, en su carrera desenfrenada, arribe al podio de los primeros, los últimos en el podio de la decencia serán humillados». Son palabras duras, pero nos ayudan a mirar de frente una tentación permanente del corazón humano: creer que el dinero puede comprarlo todo. El «don Zoquete» compra voluntades, compra conciencias, compra votos, compra silencios y compra favores, títulos, compra y paga por vidas humanas. Zoquetes que embarran la honestidad. Pretende incluso comprar la verdad y la justicia. Sin embargo, jamás podrá comprar una conciencia en paz ni la felicidad que solo Dios puede regalar.
3. La Palabra de Dios de este domingo nos invita precisamente a cambiar la mirada. Mientras el mundo corre detrás de riquezas que pasan, el Señor nos enseña a buscar un tesoro que nunca pierde su valor. Hoy hemos escuchado aquella escena tan hermosa en la que Dios se acerca al joven Salomón y le dice: «Pídeme lo que quieras». ¡Qué pregunta tan grande! Salomón podía pedir riquezas, poder, fama, una larga vida o la derrota de sus enemigos. Sin embargo, pide solamente un corazón dócil para gobernar y discernir entre el bien y el mal. Esa fue la petición que alegró el corazón de Dios. Porque un corazón sabio vale mucho más que todos los tesoros del mundo.
4. También nosotros necesitamos pedir cada día ese mismo regalo. No solamente quienes tienen responsabilidades de gobierno, sino todos. Los padres y madres de familia necesitan un corazón sabio para educar a sus hijos. Los docentes necesitan un corazón sabio para formar a las nuevas generaciones. Los jueces necesitan un corazón sabio para hacer justicia. Los comunicadores necesitan un corazón sabio para servir a la verdad. Los sacerdotes y los obispos necesitamos un corazón sabio para pastorear el pueblo de Dios. También cada uno de nosotros necesita esa sabiduría para tomar decisiones rectas, para distinguir el bien del mal y para no dejarse seducir por aquello que brilla por fuera, pero vacía el corazón por dentro.
5. Acabamos de responder con el salmista: «Amo tus mandamientos más que el oro purísimo». ¡Qué distinta es la lógica de Dios! El mundo suele decir que el oro vale más que todo; la Palabra de Dios nos enseña exactamente lo contrario. El oro puede comprar muchas cosas, pero no puede comprar la paz interior, el perdón, la amistad sincera, la unidad de una familia o la esperanza que sostiene en medio del sufrimiento. En cambio, quien ama la Palabra del Señor encuentra una riqueza que nadie puede robarle. Los bienes materiales se gastan, se deterioran y un día quedan atrás. La Palabra de Dios, en cambio, permanece para siempre e ilumina el camino de nuestra vida.
6. San Pablo nos regaló hoy una de las afirmaciones más consoladoras de toda la Sagrada Escritura: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman». No significa que todo lo que nos sucede sea bueno. También conocemos el dolor, la enfermedad, la injusticia y la muerte. Lo que significa es que Dios nunca abandona a sus hijos y que tiene la fuerza para sacar un bien incluso de aquello que nosotros no comprendemos. Cuando confiamos en Él, las lágrimas no tienen la última palabra; el fracaso no tiene la última palabra; el pecado no tiene la última palabra. La última palabra siempre la tiene el amor misericordioso de Dios, que continúa escribiendo la historia de nuestra salvación aun en medio de nuestras fragilidades.
7. En el Evangelio, Jesús nos habla del tesoro escondido y de la perla de gran valor. Para buscar la plata yvyguy o los tesoros enterrados se necesitan detectores de metales. Hay personas que pasan años recorriendo campos y montes con la esperanza de encontrar un cofre escondido. Algunos lo encuentran, la mayoría no. Jesús toma esa imagen tan cercana a nuestra cultura para enseñarnos que existe un tesoro infinitamente más grande. No se encuentra debajo de la tierra, sino dentro del corazón. No se descubre con un detector de metales, sino con un corazón humilde, abierto a Dios y dispuesto a escuchar su Palabra. El Reino de Dios es ese tesoro escondido por el que vale la pena dejarlo todo.
8. Pidamos hoy al Señor que nos dé un corazón tan sabio como el de Salomón, para que podamos detectar ese tesoro que muchas veces buscamos afuera, cuando en realidad lo encontramos adentro. Como decía san Agustín después de haber buscado la felicidad por tantos caminos equivocados: «Tú estabas dentro de mí, y yo fuera; y por fuera te buscaba». ¡Qué verdad tan profunda! Muchas veces buscamos la felicidad en el dinero, en el prestigio, en el poder o en el éxito. Corremos de un lado para otro pensando que allí encontraremos la paz. Sin embargo, el Señor nos espera en lo más profundo del corazón. Allí comienza el Reino de Dios y allí nace la verdadera alegría que nadie puede quitarnos.
9. San Pablo dirá también: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro». ¡Qué hermosa imagen! Somos frágiles, enfermamos, envejecemos y un día partiremos de este mundo. Tenemos los días contados, aunque nadie conoce el día ni la hora. Sin embargo, Dios ha querido poner el mayor de los tesoros en nuestra pobreza. El tesoro no somos nosotros; el tesoro es Jesucristo que vive en nosotros por la gracia. Cuando vivimos unidos a Él, nuestras debilidades dejan de ser un obstáculo y se convierten en el lugar donde resplandece la fuerza de Dios. Por eso nunca debemos despreciar nuestra fragilidad; debemos ponerla en las manos del Señor.
10. Esa misma sabiduría aparece reflejada en el libro de Tobit. Cuando siente cercana la muerte, no reúne a su hijo para repartirle dinero o propiedades, sino para dejarle la mejor herencia: la fe, el amor a Dios, la honestidad, la misericordia y la práctica de la justicia. Los bienes materiales pasan de una generación a otra y muchas veces se pierden. La fe, en cambio, cuando es vivida y transmitida con amor, permanece para siempre. ¡Cuántos de nosotros hemos recibido ese tesoro de nuestros padres o de nuestros abuelos! Ellos quizá no nos dejaron grandes riquezas, pero nos enseñaron a rezar, a trabajar con honestidad, a respetar a los demás y a confiar siempre en Dios.
11. Hoy celebramos también a san Joaquín y santa Ana, los padres de la Santísima Virgen María y, por tanto, los abuelos de Jesús. Según la tradición de la Iglesia, vivieron durante muchos años con el sufrimiento de no tener hijos. Ya en la ancianidad, cuando parecía que toda esperanza se había apagado, Dios escuchó sus oraciones y les concedió el nacimiento de María. ¡Qué inmenso tesoro recibieron aquellos santos esposos! En aquella niña humilde y sencilla Dios estaba preparando la llegada del Salvador del mundo. María sería la Madre del Hijo de Dios, aquella que diría «sí» para que el Verbo se hiciera carne y habitara entre nosotros. El mayor tesoro de Joaquín y Ana no fue una riqueza material, sino esa hija bendita que Dios les confió para bien de toda la humanidad.
12. Por eso, en esta Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores, instituida por el papa Francisco en el año 2021, queremos dar gracias por el tesoro que representan nuestros mayores. En ellos encontramos la memoria viva de la fe, la sabiduría que dan los años, el testimonio de quienes han sabido mantenerse firmes en medio de tantas pruebas. Como nos recuerda el papa León XIV, los mayores no son un peso para la sociedad ni para la Iglesia; son una riqueza que debemos escuchar, cuidar y agradecer. Que san Joaquín y santa Ana intercedan por todos nuestros abuelos y personas mayores. Que el Señor nos conceda un corazón sabio como el de Salomón, capaz de descubrir el verdadero tesoro del Reino de Dios. Y que María Santísima, el mayor tesoro confiado a aquellos santos abuelos, nos conduzca siempre hacia Jesucristo, el Tesoro infinito que llena de sentido nuestra vida y nos abre las puertas de la eternidad.
Asunción, 26 de julio de 2026
Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
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