“Llamados a cuidar juntos de la casa común”
“La tierra está llena de tus criaturas Señor” (Salmo 103).

Este Salmo es una alabanza sobre el poder creador de Dios. El salmista observa lo creado y se maravilla por cada cosa como un reflejo de la bondad y poder de Dios. Todo existe por obra de Dios, y sin su aliento, los seres vivos vuelven al polvo. Pero, el Señor tiene poder de recrear y renovar la faz de la tierra con su soplo de vida: “Escondes el rostro y se anonadan, les retiras el aliento y expiran, y vuelven al polvo. Envías tu aliento y los creas y renuevas la faz de la tierra” (Salmo 103 29-30).

El Señor nos hizo una casa común con gran sabiduría. ¿Cómo es esta casa común? Es la casa de los pobres: La Iglesia, que goza de un alto índice de confianza y de credibilidad, es morada de todos los hermanos. Es el lugar donde se vive el fundamento de nuestra identidad, originalidad y unidad. Aquí, vivimos marcados por el evangelio de Cristo; en esta realidad marcada por la abundancia de pecados, el descuido de Dios, conductas viciosas, opresiones, violencia, ingratitudes y miserias, pero, es un lugar donde sobreabunda la gracia de la victoria de Dios en la pascua que remedia todas nuestras pobrezas (DA: 8).

Es la casa de la naturaleza: Por eso, bendecimos a Dios que nos ha dado la naturaleza creada que es su primer libro para poder conocerlo y vivir. Agradecemos a Dios por habernos hecho sus colaboradores para que seamos solidarios con su creación de la cual somos responsables. Él mismo nos ha encomendado la obra de sus manos para que la cuidemos y la pongamos al servicio de todos. Bendecimos a Dios porque nos ha llamado a ser instrumentos de su Reino de amor y de vida, de justicia y paz (DA: 24).

Es la casa de las mujeres: Donde urge tomar conciencia de la situación precaria que afecta la dignidad de muchas mujeres. Algunas de ellas niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas de violación dentro y fuera de casa: tráficos, violación, servidumbre y acoso sexual; desigualdades en esfera del trabajo, de la política y de la economía, explotación publicitaria (DA: 48).

Es la casa tierra: Es nuestra hermana la hermana tierra. Es nuestra casa común y el lugar donde hacemos alianza con Dios, con los seres humanos y la creación. Desatender la biodiversidad es un atentado contra la vida. El laico misionero, a quien Dios le encargó la creación, debe contemplarla, cuidarla y utilizarla, respetando siempre el orden que le dio el Creador. La tierra es un espacio de vida y lugar de convivencia de todos, y signo de la bondad y belleza de Dios. La creación manifiesta la providencia de Dios, y se nos entregó para cuidarla y la transformemos en fuente de vida digna para todos (DA: 125).

Es la casa y escuela de oración: Aquí, es donde los laicos comparten la fe, esperanza y amor al servicio de la Palabra de Dios. Como los primeros discípulos en la Iglesia nos reunimos para escuchar las enseñanzas de los apóstoles y participar en la fracción del pan y las oraciones (cf. Hechos 2, 42). Aquí nos nutrimos con el pan de la palabra y el cuerpo de Cristo. Participamos de pan de la vida, y del Cáliz de la salvación, y nos hacemos familiares de Dios (cf. 1 Corintios 10, 17); (DA: 158).

Es la casa del encuentro con Jesús: La Iglesia es nuestra casa, aquí tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo. Es el lugar del encuentro con Cristo, gracias a la acción invisible del Espíritu Santo. Quien acepte a Cristo como vecino: Camino, Verdad y Vida, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta casa y en la casa del Padre, en la otra vida (DA: 246).

Es la casa de los valores: Lugar de experiencia singular de la proximidad, fraternidad y solidaridad (DA: 324).

Un hogar donde se procura vivir los principios fundamentales: una casa donde se proclaman los principios de un buen hogar que aborrece el mal, y busca: La verdad que nos hace libres (cf. Juan 8 32). La verdad nos ayuda a una convivencia ordenada, fructífera y respetuosa de la dignidad humana. San Pablo dice: “Dejen la mentira, y hable cada uno con verdad con el prójimo” (Efesios, 4, 25).

La justicia: pues, dice San Agustín: “Desterrada la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes latrocinios? (Hurto o fraude que se comete contra los bienes públicos). El amor: es importante mientras llega el orden justo, suple la falta de justicia, sin renunciar a la justicia.

La libertad para buscar la igualdad, como un reconocimiento cada vez mayor de la persona, de una misma naturaleza y origen, dotado de alma racional y creados a imagen de Dios. Somos personas redimidas por Cristo, tenemos una misma vocación y un idéntico destino. De ahí que, hay que vencer y eliminar toda discriminación, por ser contrario al plan de Dios (cf. GS: 29).

Libertad para participar; cada uno de nosotros tenemos el derecho de ser el autor principal de nuestro propio destino (MM: 151; PT: 26).

Ser actor de nuestro destino implica participación y responsabilidad en la vida pública, en la gestión pública, en la seguridad de los derechos, el respeto y la promoción de los derechos humanos. El poder si está solo en manos de políticos y especialistas de la gestión pública, puede caer en grandes desaciertos e injusticias (cf. OA: 24).

¿Para qué sirve todo esto? Y para enfrentar la enfermedad, el erotismo del poder en sí mismo y la corrupción de los bienes públicos.
Es la casa de los hermanos: Allí todos tienen una morada para vivir y convivir con dignidad. Un espacio de reconciliación consigo mismo, con el hermano y con Dios. Un lugar para construir puentes, para anunciar la verdad y ser bálsamo para las heridas. La reconciliación está en el corazón de todos los cristianos (DA: 334).

Es la casa misionera: Una misión de persona a persona, de casa en casa, de comunidad en comunidad. El laico es la proximidad de Dios y de la Iglesia en su barrio, es el socorro de Dios ante las necesidades de los vecinos, es la defensa de los derechos y promoción de lo justo, honesto y solidario (DA: 550).

Oración: “Jesús de Nazaret, gracias por convocarnos en tu casa común, lugar donde sobreabunda la gracia pascual que remedia todas nuestras pobrezas. Te bendecimos por darnos la naturaleza creada como primer libro para poder conocerte y amarte. La tierra es un espacio de vida y signo de tú bondad y belleza. Ella manifiesta tú providencia. Quien acepte ser tú vecino, Señor, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta casa y en la casa del Padre, en la otra vida” Amén.

 

Pbro. Víctor Giménez, Vicario General de la Arquidiócesis de la Santísima Asunción