HOMILÍA 

HOMILÍA – XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Domingo 27 de septiembre de 2026

Bienvenida a Mons. Gabriel Escobar Ayala, nuevo obispo auxiliar de Asunción, y Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

Lecturas: Ez 18,25-28; Sal 24; Flp 2,1-11; Mt 21,28-32.

 Una bienvenida con alegría a nuestro nuevo obispo auxiliar

Queridos hermanos y hermanas:

Cuentan que, cuando un obispo llegó a su nueva diócesis, alguien le preguntó:

—Monseñor, ¿qué es lo que más le gusta de su nueva diócesis?

—¡La gente! Me han recibido con muchísimo cariño.

—¿Y qué es lo que más le preocupa?

—¡Que me sigan invitando a comer y después me pidan que predique sobre el ayuno!

¡Y hoy no es un día de ayuno, sino de fiesta! Nos reunimos alrededor de la mesa de la Palabra y de la Eucaristía para dar gracias al Señor por la llegada de nuestro querido hermano, Mons. Gabriel Escobar Ayala, nuevo obispo auxiliar de Asunción. Y, por supuesto, después de compartir estas dos mesas, seguramente tampoco faltarán las invitaciones a compartir la mesa de nuestros hogares, donde se expresa el cariño, la fraternidad y la hospitalidad de nuestras familias.

Querido hermano Gabriel, ¡bienvenido a nuestra Arquidiócesis! Después de trece años de servicio episcopal en el Chaco Paraguayo, su experiencia pastoral y misionera será una riqueza para nuestra Iglesia. Lo recibimos con los brazos abiertos, agradecidos por su disponibilidad para esta nueva misión y dispuestos a caminar y trabajar juntos en esta porción de la viña del Señor.

2. «Incluso uno solo de estos pequeños»: Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

Hoy, 27 de septiembre, celebramos la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, bajo el lema «Incluso uno solo de estos pequeños» (cf. Mt 18,10). El papa León XIV nos invita a dirigir nuestra mirada especialmente hacia los niños y adolescentes que se ven obligados a abandonar sus hogares a causa de las guerras, la pobreza, la violencia y otras situaciones que amenazan sus vidas.

Muchos sufren la separación de sus familias, la explotación, el abandono y la incertidumbre sobre su futuro. Algunos han perdido a sus padres; otros emprenden largos y peligrosos viajes buscando un lugar seguro donde vivir. El Santo Padre nos recuerda la importancia de proteger a estos pequeños, prevenir la trata y la explotación, favorecer la reunificación familiar y ofrecerles oportunidades de educación e integración. La acogida no puede limitarse a un gesto ocasional, sino que debe formar parte de la vida de nuestras comunidades.

Jesús nos dice: «El que recibe a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe» (Mt 18,5). Detrás de cada niño migrante hay un rostro, una historia, una familia y una dignidad que debemos respetar. Incluso uno solo de estos pequeños merece toda nuestra atención, protección y cuidado.

3. La migración interna y la movilidad humana en nuestros distritos

Esta realidad también nos toca muy de cerca en Paraguay. Pensemos en tantos hermanos y hermanas de nuestras comunidades indígenas y campesinas que, junto con sus familias, algunas sostenidas solamente por una madre o un padre, dejan el campo y sus comunidades para trasladarse a Asunción, al Gran Asunción y a otras ciudades importantes del país, buscando trabajo, educación, atención médica y mejores condiciones de vida.

También existe una constante movilidad humana dentro de nuestros propios distritos. Muchas familias se trasladan de un barrio a otro o hacia las periferias buscando una vivienda y mejores oportunidades. Sin embargo, encuentran asentamientos donde todavía faltan infraestructura y servicios básicos. Ante las próximas elecciones municipales, debemos prestar especial atención a las necesidades de tantas familias que esperan una solución para acceder a una vivienda y a una tierra propia.

Es importante que las municipalidades de Asunción y de los distritos que conforman el Gran Asunción atiendan especialmente a los territorios sociales, donde numerosas familias buscan establecer sus hogares y construir una vida digna. Estos territorios necesitan una planificación adecuada que permita desarrollar barrios con calles transitables, espacios públicos, escuelas, centros de salud y servicios básicos.

En nuestros municipios existen carpetas acumuladas con solicitudes de regularización y titulación de terrenos que requieren seguimiento y respuestas. Y aquí puede comenzar una gran tarea para nuestros intendentes y concejales. Es necesario agilizar los procedimientos legales y mejorar la coordinación entre las municipalidades y las instituciones nacionales competentes, para que las familias puedan acceder a sus títulos de propiedad sin esperas innecesarias. Detrás de cada carpeta hay una familia que espera una respuesta y anhela vivir con dignidad.

También es urgente asegurar el acceso al agua potable, la energía eléctrica, el saneamiento y el mejoramiento de las viviendas. A esto se suman la atención médica, la educación y las oportunidades de trabajo digno. Se trata de identificar a tantas familias que viven en condiciones precarias y mejorar su calidad de vida, tanto en las periferias como en los centros urbanos. Al mismo tiempo, necesitamos promover oportunidades de desarrollo en el campo, para que nadie tenga que abandonar su tierra por falta de condiciones dignas de vida.

Que nuestros municipios, las gobernaciones y el Gobierno central asuman sus responsabilidades, cada uno dentro de sus competencias, trabajando de manera coordinada por el bien común. La dignidad de la persona humana debe estar por encima de los intereses personales o partidarios. Que nuestras ciudades sean verdaderos hogares para todos, donde ninguna familia quede abandonada.

4. No basta con prometer: hay que cumplir la voluntad de Dios

Algunas de las promesas que escuchamos durante estas campañas electorales pueden parecer grandilocuentes y, en ciertos casos, exageradas, como si todos los problemas de nuestros municipios pudieran solucionarse de la noche a la mañana. Pero, como dice el refrán, «Obras son amores y no buenas razones». Porque las promesas no llenan la olla, no construyen viviendas ni llevan agua potable a nuestros barrios.

Jesús nos recuerda: «Que el sí de ustedes sea sí, y el no, no» (Mt 5,37). No basta con prometer; hay que cumplir. Las familias necesitan compromisos realistas, autoridades responsables y obras concretas que mejoren sus condiciones de vida.

Precisamente, el Evangelio de hoy nos presenta la parábola de los dos hijos (Mt 21,28-32). Un padre pide al primero que vaya a trabajar a su viña. Este responde que no quiere, pero después se arrepiente y va. El padre hace la misma petición al segundo, que responde que sí, pero finalmente no va. Entonces Jesús pregunta a quienes lo escuchan: «¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». Ellos responden: «El primero».

¡Qué enseñanza para todos nosotros! El primer hijo comenzó con un no, pero terminó obedeciendo. El segundo comenzó con un sí, pero sus palabras no se convirtieron en hechos. Lo que importa no es solamente lo que decimos, sino lo que finalmente hacemos. Esta parábola nos interpela a todos: a quienes ejercen responsabilidades públicas, a los padres de familia, a los educadores, a los pastores y a cada uno de nosotros. No basta con expresar preocupación por los migrantes y las familias que viven en condiciones precarias; necesitamos compromisos que se conviertan en acciones.

El profeta Ezequiel nos recuerda que siempre es posible arrepentirnos, cambiar de conducta y volver al camino de la justicia. Dios nos ofrece nuevas oportunidades para convertir nuestro corazón y transformar nuestra manera de vivir.

5. Tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús

San Pablo nos exhorta: «Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). Él, siendo Dios, se hizo servidor, se humilló y entregó su vida por nosotros. Nos mostró que la verdadera grandeza está en el amor y en el servicio a los demás. El apóstol también nos pide que no busquemos solamente nuestros propios intereses, sino que nos preocupemos por los demás. Esta enseñanza debe orientar nuestra vida familiar, comunitaria y social.

Que el ejemplo de Cristo nos ayude a superar el egoísmo, la indiferencia y las divisiones. Necesitamos trabajar juntos, con humildad y espíritu de servicio, especialmente por quienes viven en situaciones de mayor vulnerabilidad.

6. La hospitalidad es una expresión concreta de nuestra fe

Jesús nos dice: «Fui forastero y me hospedaron» (Mt 25,35). La hospitalidad es una expresión concreta de nuestra fe y de nuestro amor a Cristo. Nuestras parroquias, comunidades y familias están llamadas a abrir sus puertas y sus corazones, a escuchar y acompañar a quienes llegan buscando una vida mejor, sin discriminaciones ni prejuicios.

No podemos permitir que nuestros hermanos migrantes se sientan extranjeros o abandonados en su propia patria. Que cada comunidad sea un lugar de encuentro, donde las familias que llegan puedan integrarse, compartir sus dones y encontrar nuevas oportunidades. La acogida también exige reconocer las dificultades de quienes llegan a nuestros barrios y comunidades. Necesitan no solamente palabras de bienvenida, sino también orientación, acompañamiento y oportunidades para construir una vida digna.

7. Una solidaridad que se convierte en obras

La Pastoral de la Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Paraguaya nos invita a acompañar especialmente a los migrantes y sus familias que viven en situaciones de mayor vulnerabilidad. El cinco por ciento de las colectas de nuestras celebraciones será destinado a esta misión de la Iglesia.

Pero nuestra solidaridad no debe limitarse a una colecta. También podemos ofrecer escucha, acogida, orientación y acompañamiento, ayudando a las familias migrantes a integrarse en nuestras comunidades y encontrar nuevas oportunidades. La parábola de los dos hijos nos recuerda que nuestras buenas intenciones deben convertirse en hechos. Cada gesto de solidaridad, por pequeño que parezca, puede abrir una puerta de esperanza para una familia necesitada. Que nuestra fe se traduzca en obras concretas de amor y fraternidad, especialmente hacia quienes más necesitan nuestra cercanía y solidaridad.

8. María, madre que también conoció el exilio

Encomendamos a la Santísima Virgen María a todas las familias migrantes, especialmente a los niños y adolescentes. Ella, junto con san José, tuvo que huir a Egipto para proteger la vida del Niño Jesús ante la persecución de Herodes. María conoce el sufrimiento de quienes deben abandonar su hogar y buscar amparo en tierra extranjera.

Que ella acompañe a nuestros hermanos migrantes, proteja a sus familias y nos enseñe a ser una Iglesia de puertas abiertas, donde cada persona encuentre acogida, fraternidad y esperanza. Que el Señor bendiga también el ministerio de nuestro nuevo obispo auxiliar, Mons. Gabriel Escobar Ayala. Que caminemos juntos, como una Iglesia cercana a su pueblo, atenta al sufrimiento de los más pequeños y comprometida con el bien común y con una sociedad más justa y fraterna.

Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo de Asunción

Asunción, 27 de septiembre de 2026