HOMILÍA
Segundo día del Novenario de Santa Rosa de Lima
Tema: «Impulsar una educación integral»
Parroquia Santa Rosa de Lima – Lambaré
Queridos hermanos y hermanas:
Estamos reunidos con alegría en esta querida comunidad, ya muy próximos a celebrar la fiesta de santa Rosa de Lima, gran santa de nuestra Amé En este segundo día del novenario reflexionamos sobre el lema: «Impulsar una educación integral». Se habla mucho de educación, pero no siempre se comprende toda la riqueza que encierra esta palabra.
Educar significa alimentar, formar y acompañar, pero también ayudar a que brote lo mejor que Dios ha sembrado en cada persona. En nuestro dulce idioma guaraní, educación se dice tekombo’e: teko expresa el modo de ser y de vivir, mientras que mbo’e significa enseñar. Por tanto, educar no consiste solamente en transmitir conocimientos, sino en formar a la persona para la vida: su inteligencia, su corazón, su conciencia, su voluntad, su capacidad de convivir y su apertura a Dios.
La primera lectura nos presenta un hermoso ejemplo de educación integral. San Pablo escribe a Timoteo, quien recibió la fe desde su niñez. El apóstol recuerda que esa fe habitó primero en su abuela Loida y en su madre Eunice (cf. 2 Tm 1,5). Una abuela, una madre y un apóstol lo acompañaron para que desarrollara sus capacidades y respondiera a la vocación recibida. Timoteo no fue educado solamente para adquirir conocimientos, sino para llegar a ser un discípulo maduro y un servidor de la comunidad.
San Pablo le recomienda: «Permanece fiel a la doctrina que aprendiste» (2 Tm 3,14), y añade: «Toda la Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para corregir y para educar en la justicia» (2 Tm 3,16). La Palabra ilumina la inteligencia, corrige los errores, forma la conciencia y prepara a la persona para hacer siempre el bien. Esta es la finalidad de la educación cristiana: aprender la verdad, vivir con rectitud y poner nuestros conocimientos y talentos al servicio de los demá
Jesús mismo aparece hoy como Maestro y educador. San Marcos nos dice: «Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato» (Mc 6,34). Jesús primero mira, luego se compadece y finalmente enseña. Su enseñanza nace del amor y de su preocupación por cada persona.
Jesús no ofrece palabras apresuradas ni respuestas superficiales: permanece con la gente y le dedica tiempo. El verdadero educador mira a sus alumnos, conoce sus necesidades, escucha sus preguntas y los acompaña con paciencia. Educa con la palabra, pero también con la cercanía, la coherencia y el testimonio de su propia vida. Educar es un acto de amor.
Esta es también la hermosa misión de nuestros catequistas. La catequesis hace resonar la Palabra de Dios en la mente y en el corazó El catequista no enseña únicamente unas oraciones o unas verdades: ayuda a encontrarse con Jesucristo y lo muestra mediante su propia vida. Hoy, en la memoria de san Pío X, patrono de los catequistas, agradecemos de corazón a todos los educadores en la fe de esta comunidad. Gracias por su tiempo, su perseverancia, su cercanía y su generosa entrega.
Los primeros educadores son los padres y las madres, acompañados muchas veces por los abuelos y las abuelas. Yo he conocido abuelas y abuelos que tuvieron poca educación formal, pero fueron grandes maestras y maestros de la vida y de la fe. Con su sabiduría sencilla enseñaban a rezar, respetar, compartir, trabajar honradamente y confiar en Dios. Como vemos en la vida de Timoteo, aquello que se siembra durante la niñez puede orientar toda una existencia y convertirse más tarde en servicio a la comunidad.
Como Iglesia, nos preocupa profundamente la educación integral de nuestros niños, adolescentes, jóvenes y adultos. Queremos una educación que no solamente prepare para aprobar exámenes o conseguir un empleo, sino que forme personas libres, responsables, solidarias, capaces de discernir, convivir y comprometerse en la construcción de una sociedad más justa y fraterna.
Algunos datos de nuestro país deben interpelarnos. De cada diez adolescentes y jóvenes de entre 15 y 19 años, casi tres ya no asisten a una institución educativa; en las zonas rurales son más de tres de cada diez. Detrás de cada uno hay un rostro, una familia, capacidades que podrían desarrollarse y un proyecto de vida que corre el riesgo de quedar truncado.
La Constitución Nacional reconoce el derecho de toda persona a una educación integral y permanente; establece la responsabilidad de la familia, el municipio y el Estado, y declara obligatoria la Educación Escolar Básica y gratuita en las instituciones públicas (cf. arts. 73, 75 y 76). El Estado debe garantizar docentes preparados, instituciones dignas y seguras, alimentación, materiales y condiciones que permitan ingresar, permanecer y concluir los estudios. Como Iglesia y como sociedad debemos colaborar y pedir que este derecho se cumpla efectivamente para todos.
Las leyes y las instituciones necesitan personas que las hagan realidad: educadores que asuman su misión con preparación, vocación y amor. Un lindo ejemplo de esta vocación educativa es la beata María Felicia de Jesús Sacramentado, nuestra querida Chiquitunga. Estudió en el Colegio María Auxiliadora de Villarrica, se formó como docente en la Escuela Normal Manuel Gondra y continuó su preparación en la Escuela Normal de Profesores Presidente Franco, en Asunción.
Su profesión fue la docencia y, durante los años 1951 y 1952, ejerció como maestra en la Escuela Parroquial Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, de los Padres Redentoristas. También fue una dedicada catequista. Enseñaba la fe mediante canciones, dibujos y relatos bí Educaba con cercanía, alegría y el testimonio de su vida. Su deseo era: «Quiero que todo se sature de Cristo». Chiquitunga unió la preparación profesional, la formación humana y la transmisión viva de la fe.
Otro gran educador fue san Roque González de Santa Cruz, primer santo paraguayo. Anunció el Evangelio a los pueblos indígenas compartiendo la vida con ellos, aprendiendo su lengua, conociendo su cultura y acompañando sus necesidades. Procuró la formación integral de las comunidades y la protección de los más vulnerables. Su corazón incorrupto continúa hablándonos de un corazón encendido por el amor a Cristo y entregado a sus hermanos.
Llegamos así a santa Rosa de Lima, patrona de esta comunidad. En este año recordamos con alegría el º aniversario de su nacimiento. Nació en Lima el 20 de abril de 1586 y murió el 24 de agosto de 1617, con apenas 31 años. Fue educada principalmente en su familia; aprendió a leer y escribir, cultivó la música, la poesía, el bordado y el trabajo manual. Sin enseñar desde una cátedra, se convirtió en una gran maestra de la vida cristiana.
Santa Rosa continúa educándonos como una eximia catequista que hace resonar la Palabra de Dios en nuestro corazó De ella recogemos algunas enseñanzas para impregnarlas en el corazón y plasmarlas en nuestra vida. Ella decía: «Fuera de la cruz no hay otra escala por donde subir al cielo». Jesús cargó con su cruz y en ella fue crucificado por nuestra salvación. Lo que parecía derrota se convirtió en victoria y en camino hacia la vida.
Esas cruces están hoy en la pobreza, la enfermedad, el abandono, la violencia, las adicciones y la falta de educació Santa Rosa no se limitaba a indignarse ante la pobreza ni a lamentarse por el dolor ajeno. En su propia casa preparó un espacio para recibir y cuidar personalmente a los pobres y enfermos. Convertía la compasión en servicio y la fe en obras concretas.
Por eso afirmaba: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús». No basta indignarnos frente a la pobreza; debemos preguntarnos qué podemos hacer para aliviarla. No basta hablar de los enfermos; debemos acompañarlos. No basta lamentar la falta de educación; debemos comprometernos para que ningún niño ni joven quede abandonado.
Todos estamos llamados a ser centinelas unos de otros, ayudándonos a desarrollar los talentos recibidos de Dios. Entre esos dones, el talento por excelencia es la fe, que también necesita ser alimentada y desarrollada. Nunca debemos cansarnos de aprender, profundizar la Palabra de Dios y conocer mejor las enseñanzas de la Iglesia. San Agustín, gran maestro de la fe, escribió en Las Confesiones: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». La educación integral debe ayudarnos también a conocer a Dios y encontrar en Él el sentido de la vida.
Después de 440 años de su nacimiento, santa Rosa continúa brillando como una estrella. En ella se cumplen las palabras del profeta Daniel: «Los que enseñaron a muchos la justicia brillarán como las estrellas por toda la eternidad» (Dn 12,3). Pidamos al Señor, por su intercesión, que bendiga a nuestros padres, abuelos, docentes, catequistas y educadores. Que podamos hacer resonar la Palabra de Dios, impregnarla en el corazón y plasmarla en nuestra vida, uniendo conocimientos y valores, inteligencia y corazón, fe y servicio.
Viernes, 21 de agosto de 2026.
Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción
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