SANTA MISA
HOMILÍA
Parroquia Santísima Trinidad
Hermanas y hermanos:
Estamos celebrando 170 años de la bendición de este templo, dedicado a la Santísima Trinidad. No podemos no sentirnos conmovidos por la celebración de esta Eucaristía, donde Jesús, aquel Jueves Santo en la Última Cena, ha dicho: «Hagan esto en memoria mía» (cf. Lc 22,19).
Y celebramos la misa como ese regalo tan grande que el Señor nos ha dado. Un don tan grande que, cuando tomó el pan dijo: «Esto es mi Cuerpo», y cuando tomó el cáliz con el vino dijo: «Esta es mi Sangre» (cf. Lc 22,19-20), y añadió: «Hagan esto en memoria mía».
En aquella primera Eucaristía, con sus discípulos, el Señor ha querido quedarse en medio de nosotros, en las especies del pan y del vino, en su Cuerpo y en su Sangre, para seguir alimentándonos con el Pan de Vida. Hoy, en esta misa, también lo hacemos: «Hagan esto en memoria mía».
Y aquí podemos contemplar también el misterio más profundo: este templo se vuelve verdaderamente templo cuando en él se celebra la Eucaristía. Porque la Eucaristía es la presencia viva de Cristo, es el mismo Señor que se entrega, que habita, que permanece. Así, quien recibe la Eucaristía se convierte en morada, en sagrario vivo, en templo donde Dios habita.
De algún modo, podemos decir que el templo mismo se hace eucarístico, porque aquí Cristo se ofrece, aquí Cristo habita, aquí Cristo alimenta a su pueblo. Y también nosotros, al comulgar, nos convertimos en templo vivo, en presencia de Dios en medio del mundo.
Y el mismo Jesús nos da una clave cuando dice: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19), refiriéndose al templo de su Cuerpo; y en tres días, al tercer día, ha resucitado de entre los muertos: Jesús resucitado es el templo glorioso, aquel Cuerpo herido y entregado por amor que el Padre ha glorificado. Y ese amor es el que nos mueve, como lo expresa la tradición espiritual: «No me mueve, mi Dios, para quererte… muéveme ver tu cuerpo tan herido», porque es el gran amor que Él nos ha tenido, que ha dado la vida por mí, como dice san Pablo: «me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20); y ante ese amor, contemplando su Cuerpo herido y glorioso, el corazón creyente aprende a amar sin miedo y a confiar plenamente en Él.
Por eso, hacer esto en memoria de Él, como en aquella primera Eucaristía con sus discípulos, es entrar en el misterio profundo de la vida en Cristo, de tal manera que Él se nos ofrece en su Cuerpo y en su Sangre, para que nosotros también seamos transformados, renovados por el Espíritu, y vivamos en Él como verdadero templo de Dios.
Y también la memoria se remonta a estos años de la edificación de este templo, cuyos pobladores de ayer y de hoy han contribuido grandemente para hacer de este lugar una casa de Dios, una casa dedicada a la Santísima Trinidad, templo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y así como hemos contemplado el Cuerpo de Cristo herido y glorioso, también este templo, en la vida de la comunidad, ha conocido sus alegrías y sus heridas: ha sido lugar de bautismos, primeras comuniones, confirmaciones de jóvenes y adultos, casamientos y celebraciones festivas, signos de vida nueva y de esperanza; en fin, un lugar donde ha resplandecido la presencia de Dios en la vida comunitaria, sobre todo volcada hacia los lugares más vulnerables de la parroquia; pero también ha sido lugar de despedidas, de dolor, de lágrimas compartidas, recogiendo el sufrimiento de tantas familias. Y no podemos dejar de hacer memoria del incendio del 1 de agosto de 2004, que ha cobrado muchas víctimas y que permanece también como una memoria dolorosa y agradecida, en la que encomendamos a todos al Señor y sostenemos la esperanza en Él.
Ciertamente, como dice el apóstol san Pablo: «Ustedes están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular» (Ef 2,20), y continúa diciendo que en Él toda la construcción se va levantando para ser un templo santo en el Señor, y que también nosotros somos edificados para ser morada de Dios en el Espíritu (cf. Ef 2,21-22).
Así, hacer un templo no es solo levantar paredes, sino también edificar y ser edificados por Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, construyendo la vida de los creyentes, las familias que son templos domésticos de su presencia, la Iglesia doméstica, edificada sobre el cimiento firme de la fe en Cristo; y cuya misión es seguir siendo defensora de la vida, transmisora de la fe de generación en generación, promotora del bien social y cuna de vocaciones.
Y hoy, además, el Evangelio nos ilumina profundamente. El Señor dice a Nicodemo: «El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5). Y aquí queremos destacar que, a lo largo de estos años, muchas generaciones han sido sumergidas en las aguas del Bautismo en este templo para renacer a la vida nueva. Hoy los recordamos y hacemos memoria de todos aquellos que han nacido de lo alto en este lugar, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y elevamos una memoria agradecida por nuestras generaciones pasadas, que han transmitido la fe y han hecho de este templo un lugar de vida nueva.
También todos estamos llamados a ser constructores en el Señor, sembradores de la Buena Noticia. Es el mandato del Señor: «Vayan y anuncien la Buena Noticia en todas partes» (cf. Mc 16,15), anunciar a tiempo y a destiempo. Y la oración es la palanca que mueve el corazón de Dios. Por eso, en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, después de que Pedro y Juan fueron puestos en libertad, todos los discípulos, unánimemente, dijeron: «Señor, Tú hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos… Permite a tus servidores anunciar la Palabra con toda libertad; extiende tu mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios en el nombre de Jesús, tu santo Servidor» (cf. Hch 4,24-30). Y el Señor también pone en nuestras manos el prodigio de sanar y curar, de levantar corazones, de liberar a tantos espíritus heridos o confundidos, para que la vida nueva del Espíritu actúe en nosotros.
Así como la Iglesia es una Iglesia en salida, como nos habló el papa Francisco, una Iglesia misionera en salida, podríamos también definir este templo como un templo de la Santísima Trinidad en salida, un templo abierto. Si bien es de esplendorosa belleza y es un patrimonio histórico, por otro lado reconocemos y sabemos que el patrimonio más grande es ser hijos e hijas de Dios, porque Él es nuestro Padre.
En este templo también recordamos que muchos cristianos han sido enviados al recibir el Bautismo. Y como ya nos decía el Señor a Nicodemo, aquel hombre notable y conocedor de las Escrituras, que le preguntaba: «Maestro, sabemos que Tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que Tú haces si Dios no está con Él» (cf. Jn 3,2).
Y Jesús le responde: «El que no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios… Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu» (cf. Jn 3,3.5-6).
Las pilas bautismales de este templo han recibido a muchos cristianos, hermanas y hermanos, que han sido sumergidos en el agua para renacer a la vida nueva. Y hacemos hoy un recordatorio, sobre todo, de aquellos que han pasado, que han sido parte de esta historia y que han dejado un legado espiritual muy grande.
Ese legado hace que este templo sea más grande de lo que vemos. Porque 170 años no son solo un número: estamos hablando de un siglo y setenta años, casi dos siglos de fe viva, de generaciones que han creído, han celebrado y han transmitido la fe.
Pero siempre ponemos toda nuestra confianza, como decíamos ayer en el Domingo de la Misericordia: «Jesús, en Vos confío». Porque no hay otro fundamento, no hay otro cimiento más que Cristo el Señor. Como dice la Palabra: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127,1). Por eso, confiados en Él, seguimos edificando, sabiendo que es Dios mismo quien sostiene, quien guía y quien da fruto a toda obra realizada en su nombre.
13 de abril de 2026
+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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