Queridos hermanos y hermanas,

Jn 15, 9-17

El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo.

El Papa Benedicto nos dejó un bellísimo comentario en su primera encíclica (Sobre el amor cristiano-Deus caritas est nn. 16-18, 2005). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios.

¿Se puede mandar, exigir el amor? Nadie ha visto a Dios jamás, ¿cómo podremos amarlo? Y además, el amor no se puede mandar; a fin de cuentas es un sentimiento.

La Escritura sobre el amor a Dios dice: «Si alguno dice: “amo a Dios”, y aborrece o escracha a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4, 20). Pero este texto no excluye el amor a Dios, como si fuera un imposible; por el contrario, en la Primera carta de Juan se nos dice, el amor a Dios es exigido rotundamente. Lo que se subraya es la inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo.

Las dos vías estan estrechamente entrecruzadas. La afirmación de amar a Dios es mentiroso si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia. El versículo de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.

Dios se ha hecho visible: en Jesús podemos ver al Padre (cf. Jn 14, 9). De hecho, Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. Mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía. Lo encontramos en el más pequeños. Mt. 25. También lo encontramos en el rostro de Jesús, visibilizado en los más carenciados.

La iglesia, cómo buena samaritana, a lo largo de los siglos siempre se ha ocupado de los rostros sufrientes de de Cristo, de los enfermos a lo largo de la historia, con la creación de hospitales, centros asistenciales, centros de recuperación de adicciones para rehabilitar a aquellos que han sido víctimas de las drogas. La presencia de la Iglesia en los centros hospitalarios, a través de la Pastoral de la Salud, Pastoral del Cuidado, de los albergues para adultos mayores, desamparados, albergues para pacientes con enfermedades crónicas, albergues para personas con discapacidad, (Pequeño Cottolengo) niños en situación de calle, víctimas de abusos, de víctimas de tratas de personas, comedores comunitarios, para mitigar el hambre, la desnutrición, la inseguridad alimentaria. La dedicación abnegada de tantos sacerdotes y diáconos, de religiosas y religiosos, y de muchos laicos, de profesionales de la salud, que han testimoniado que para dar salud, han enfrentado y enfrentan serios riesgos de contagios y han ofrendado hasta sus propias vidas por rescatar a otras.

La implicancia de amar a dios y al prójimo, tiene también dimensiones sociales. La corrupción, pública y privada, no deja de dañar nuestra confianza. Muchos recursos se han despilfarrado, recursos destinados a mejorar las condiciones de vida de nuestro pueblo, en especial de los sectores vulnerables. Seguimos necesitando y reclamando el bien común, la optimización de la salud, de la educación, del alimento, de la dignidad de toda vida, del trabajo y el ingreso justo, de la jubilación, de la vivienda, de servicios públicos de calidad y de políticas firmes y sostenidas que afiancen la equidad y el desarrollo para todos.

Oración para Aprender a Amar de Madre Santa Teresa de Calcuta.

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida; Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua; Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor. Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo; Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro; Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado. Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos; Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos. Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión; Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender; Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona. Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos; Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.

Deberíamos preguntarnos, cuando encontramos a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Dios: ¿somos capaces de hacer esto? Oramos por la paz en Medio Oriente, en Europa en Asia, el cese de las hostilidades y violencia, para abrir corredores humanitarios y salvar vidas. Corredores de caridad como Jesús ha abierto para hacer siempre el bien y sembrar la paz.

Por intercesión de María, nuestra Madre, abrámonos para acoger este don del amor, para caminar siempre en esta ley de los dos rostros, que son un rostro solo: la ley del amor.

5 de mayo 2024

+Adalberto Card. Martínez Flores