LA FAMILIA, CUNA DE LA VIDA Y FUNDAMENTO DE LA PAZ

Hermanas y hermanos:

A pocos días de la Solemnidad de la Natividad del Señor, la liturgia nos invita a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. Cada pesebre nos muestra a Jesús junto a la Virgen y a san José, en la cueva de Belén. Dios quiso nacer en una familia humana, quiso tener una madre y un padre, como nosotros.

La Iglesia entera está todavía invadida por la alegría de la Navidad. La alegría de la que participan los corazones de hombres y mujeres, reanima las comunidades humanas, se manifiesta en las tradiciones, en las costumbres, en el canto y en la cultura entera.

Jesús quiso pertenecer a una familia que experimentó las dificultades de tantas familias, para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios. La huida a Egipto causada por las amenazas de Herodes nos muestra que Dios está allí donde el hombre está en peligro, allí donde el hombre sufre, allí donde huye, donde experimenta el rechazo y el abandono; pero Dios está también allí donde el hombre sueña, espera volver a su patria en libertad, proyecta y elige en favor de la vida y la dignidad suya y de sus familiares (Francisco, 2013).

La santidad de toda familia está en reconocer y aceptar a María como Madre, a José como padre y custodio, y a Jesús como centro de todo, que es quien los une en el amor.

En primer plano está hoy el recuerdo y la veneración por la Familia de Nazaret. Ésta es presentada en el canto inicial de la Misa: “Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre”. El pasaje evangélico nos hace seguir a esta familia en sus peripecias: la fuga a Egipto, luego el regreso y su establecimiento en Nazaret.

La primera y la segunda lectura nos muestran claramente que la intención de la liturgia no se agota aquí. La historia de la Sagrada Familia da pie para una reflexión sobre algunos aspectos de la familia en general, realizado a la luz de la palabra de Dios.

Para la sociedad, la familia es el núcleo fundamental en la que se basa su propia existencia y subsistencia; para la comunidad cristiana, la familia es la “iglesia doméstica”, cuna de la vida y fuente de todas las vocaciones.

La primera lectura subraya el respeto y el honor que deben caracterizar las relaciones entre los miembros de la misma familia, sobre todo entre padres e hijos. Se trata de una profundización en el cuarto mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Además, contiene la exhortación urgente referente al anciano, que necesitamos repetir con más insistencia en la sociedad actual: Hijo mío, socorre a tu padre en su vejez… Aunque pierda su lucidez, sé indulgente con él, no lo desprecies, tú que estás en pleno vigor.

En el Salmo se resalta la singular presencia de Dios en la familia, en la comunión matrimonial del marido y de la mujer, en la comunión que lleva al amor y a la vida. Dios está presente en esta comunión como Creador y Padre, dador de la vida humana y de la vida sobrenatural, de la vida divina. De su bendición participan los cónyuges, los hijos, su trabajo, sus alegrías, sus preocupaciones.

“Dichoso el que respeta al Señor y sigue sus caminos; comerás del trabajo de tus manos, serás afortunado y feliz. Tu esposa será como una vid fecunda dentro de tu casa; tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa. Así será bendecido el hombre que respeta al Señor:  ¡Que el Señor te bendiga desde Sión! ¡Que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida! ¡Que veas a los hijos de tus hijos! ¡Paz a Israel!  (Salmo 128).

¡Qué bello himno a la familia, fundamento de la paz de nuestro pueblo!

De la salud moral e integridad de la familia, de su defensa y promoción, dependen la calidad de los ciudadanos, la cohesión y entendimiento en la sociedad, la capacidad de convivir en la diferencia, del compartir, de la tolerancia, de la solidaridad, de la fraternidad, del cuidado mutuo, del intercambio y enriquecimiento intergeneracional.

Los valores fundamentales de la persona humana se forjan en la familia que, a veces, no es la familia completa, según el ideal de perfección, pero donde el ser humano ha encontrado y se ha nutrido de amor: de la abuela viuda que acoge, protege y se convierte en madre de sus nietos, de la mamá que ha criado sola a sus hijos, del papá que se hace cargo del cuidado los niños porque la mamá ha tenido que emigrar en busca de empleo para el sustento de su hogar; en fin, como dice tan bellamente en un poema mi hermano obispo Francisco Javier Pistilli, nuestra realidad nos habla y nos muestra que también allí, en esas casas, hay “posada para la Sagrada Familia que se siente acogida en belenes de cálida humildad… Donde el amor sin reproches endereza corazones, nace el Niño y la Familia, y se hace Navidad”. (Encarnación,16/12/2022).

El Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia por el camino doloroso del destierro, en busca de refugio en Egipto. José, María y Jesús experimentan la condición dramática de los refugiados, marcada por miedo, incertidumbre, incomodidades (cf. Mt 2, 13-15.19-23). Lamentablemente, en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste realidad. Casi cada día, vemos y leemos noticias de refugiados que huyen del hambre, de la guerra, de otros peligros graves, en busca de seguridad y de una vida digna para sí mismos y para sus familias.

Cientos de miles de paraguayos han tenido que emigrar y buscar nuevos horizontes y oportunidades en Argentina, Brasil, Estados Unidos, España, Italia y varios otros países vecinos o de otros continentes.

En tierras lejanas, incluso cuando encuentran trabajo, no siempre los refugiados y los inmigrantes encuentran auténtica acogida, respeto, aprecio por los valores que llevan consigo. Sus legítimas expectativas chocan con situaciones complejas y dificultades que a veces parecen insuperables. Por ello, mientras fijamos la mirada en la Sagrada Familia de Nazaret en el momento en que se ve obligada a huir, pensemos en el drama de los inmigrantes y refugiados que son víctimas del rechazo y de la explotación, que son víctimas de la trata de personas y del trabajo esclavo. Pero pensemos también en los demás «exiliados»: yo les llamaría «exiliados ocultos», esos exiliados que pueden encontrarse en el seno de las familias mismas: los ancianos, por ejemplo, que a veces son tratados como presencias que estorban. Muchas veces pienso que un signo para saber cómo va una familia es ver cómo se tratan en ella a los niños y a los ancianos. (Francisco, Ángelus, 2013).

El Evangelio nos muestra otra realidad lacerante de nuestra sociedad actual, la amenaza contra la vida inocente, sobre todo del niño por nacer. Por una cuestión de ambición, de egoísmo sin límites, Herodes se ensaña contra los inocentes y ordena matarlos.

Cuántos hoy asumen la actitud de Herodes y toman decisiones que atentan contra la vida indefensa del niño por nacer a través del aborto, ya sea por un egoísmo personal, ya sea como política traducida en leyes que legalizan el asesinato. El aborto es abominable, tanto desde la conciencia moral como desde las leyes. En la República del Paraguay, la Constitución Nacional reconoce y protege la vida desde la Concepción hasta la muerte natural (Art. 4). Por consiguiente, ninguna voluntad personal o política puede estar por encima de este mandato constitucional.

Así también, la Constitución Nacional reconoce a la familia como fundamento de la sociedad y garantiza su promoción y protección integral. Esta incluye a la unión estable del hombre y la mujer, a los hijos y a la comunidad que se constituya con cualquiera de sus progenitores y sus descendientes (Cfr. Art. 49, CN).

Es mandato constitucional que todos los habitantes de la República accedan a buena calidad de vida, mediante planes y políticas de Estado que reconozcan factores condicionantes, tales como la extrema pobreza y los impedimentos como la discapacidad o de la edad (Art. 6).

Frente a esto, es absolutamente necesario y urgente impulsar las políticas públicas que favorezcan su estabilidad e integridad: techo y trabajo digno; educación de calidad; acceso a la atención integral de la salud; oportunidades para una vida digna, plena y feliz de cada uno de sus miembros.

Con las palabras del Salmo decimos: ¡Que el Señor nos bendiga! ¡Que veamos la prosperidad del Paraguay todos los días de nuestra vida! ¡Que veamos a los hijos de nuestros hijos! ¡Paz a Paraguay y al mundo entero!  (Salmo 128).

Lo dije en Navidad y lo repito hoy ante ustedes, hermanas y hermanos: La inequidad social estructural del Paraguay amenaza la paz social. La justicia, el derecho y el diálogo son el camino de la paz… Muchos hijos e hijas de esta tierra, familias enteras, son obligadas a huir a Egipto por las necesidades no satisfechas en nuestra propia tierra. Viven desplazados… el brillo del sol de justicia se apaga por la inequidad en el rancho campesino, indígena… Porque la tierra, el techo, el trabajo, la salud y educación les han sido negados y/o despojados.

“Desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, expresó con sabiduría San Pablo VI.  Un desarrollo económico que no tiene en cuenta a los más débiles y desafortunados no es verdadero desarrollo. Si la sociedad excluye del desarrollo y del bienestar a una parte de la población, la paz social se verá siempre amenazada. El desarrollo debe ser sin exclusiones y el modelo y las políticas económicas deben estar centradas en el bien común y en el acceso de todos a una vida digna y plena.

Esto también vale para las naciones del mundo y para sus relaciones en pos de una convivencia armónica.

No podemos dejar de mencionar el inmenso dolor de la guerra y los conflictos en varias partes del mundo, sobre todo la guerra en Ucrania. “La guerra en Ucrania se cobra víctimas inocentes y propaga la inseguridad, no sólo entre los directamente afectados, sino de forma generalizada e indiscriminada en todo el mundo; también afecta a quienes, incluso a miles de kilómetros de distancia, sufren sus efectos colaterales —basta pensar en la escasez de trigo y los precios del combustible—.” (Francisco, Mensaje Jornada Mundial de la Paz 2023).

Los inocentes, niños y ancianos, son los que más sufren las consecuencias de las guerras. Este pensamiento sobrecoge los corazones sensibles, como los del Papa Francisco quien, recordando la guerra en Ucrania, sollozó ante la imagen de la Inmaculada Concepción en Roma el pasado 8 de diciembre.

Por ello mismo, el Santo Padre llama a todas las naciones a trabajar por la paz, teniendo como horizonte la experiencia de la pandemia del COVID en los años anteriores y que de nuevo nos está amenazando:

Dice Francisco: “Debemos retomar la cuestión de garantizar la sanidad pública para todos; promover acciones de paz para poner fin a los conflictos y guerras que siguen generando víctimas y pobreza; cuidar de forma conjunta nuestra casa común y aplicar medidas claras y eficaces para hacer frente al cambio climático; luchar contra el virus de la desigualdad y garantizar la alimentación y un trabajo digno para todos, apoyando a quienes ni siquiera tienen un salario mínimo y atraviesan grandes dificultades. El escándalo de los pueblos hambrientos nos duele. Hemos de desarrollar, con políticas adecuadas, la acogida y la integración, especialmente de los migrantes y de los que viven como descartados en nuestras sociedades. Sólo invirtiendo en estas situaciones, con un deseo altruista inspirado por el amor infinito y misericordioso de Dios, podremos construir un mundo nuevo y ayudar a edificar el Reino de Dios, que es un Reino de amor, de justicia y de paz.” (Mensaje Jornada Mundial de la Paz 2023).

En esta fiesta de la Sagrada Familia, reconozcámonos como hermanos. Hay un reconocimiento básico, esencial para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal: percibir cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona siempre y en cualquier circunstancia… Todo ser humano tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no puede ser negado por ningún país…Volvamos a promover el bien, para nosotros mismos y para toda la humanidad, y así caminaremos juntos hacia un desarrollo genuino e integral (Cfr. Fratelli Tutti, 106,107,113).

Que estos pensamientos con que despedimos el año se constituyan en utopías dinamizantes para mirar con esperanza que la Patria Soñada, que otro mundo, más equitativo,  y más fraterno, es posible. La inflación económica de estos días sigue impactando a los más vulnerables en las canastas básicas. Frente a las problemáticas sociales, económicas, invitamos a promover la austeridad presupuestaria del Estado, la solidaridad con los sectores carenciados, un verdadero dialogo social y consensos encaminándonos hacia las  elecciones generales,  que busquemos puntos de encuentro entre todos los sectores para construir un Paraguay mejor, contrarrestando así cualquier forma de división y conflicto.

Hacemos nuestra la campaña para estos días de fiestas que realiza el director del Hospital del Trauma, Dr. Agustín Saldivar: “No manejes ka,ure”. Que festejemos sin excesos e imprudencias que puedan traer lutos y llantos a nuestras familias por víctimas de accidentes y otras tragedias.

Por nuestros pecados de omisión, pedimos perdón y, por las gracias y bendiciones recibidas, damos gracias, alabamos y bendecimos al Señor, al Dios que nos regala la vida y nos concede nuevas oportunidades para que el 2023 sea año de paz, fraternidad, reconciliación y diálogo.

Que María Santísima, esposa de José, Madre de Jesús y Reina de la Paz, interceda por el Paraguay y por el mundo entero.  

Así sea.

Asunción, 30 de diciembre de 2022, fiesta de la Sagrada Familia.

 

+ Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano de la Santísima Asunción

Presidente de la Conferencia Episcopal Paraguaya