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18 abril
2017
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Homilía MISA CRISMAL

Monseñor Edmundo Valenzuela, Arzobispo Metropolitano
Jueves Santo, 13 de abril de 2017

Agradecemos a Dios, que nos llama al servicio de la caridad, desde la litúrgica eucarística que nos reúne al inicio del Tríduo Santo. En estos tres años, acompañamos pastoralmente a nuestros jóvenes con el lema “abrazarse a Cristo Jesús” para que ellos sean los portadores de una Patria nueva, desde la evangelización que realiza la Iglesia. Necesitamos la cultura de la paz, del encuentro y del diálogo. Con nuestros jóvenes, alejemos de nuestras comunidades toda violencia, tanto de palabras como de acciones que producen sólo división, odio, enemistad. Estamos llamados a la comunión, que pasa necesariamente por la reconciliación, el perdón y el diálogo. Este motivo esté al centro de nuestro encuentro eucarístico.

Este día está dedicado a la bendición de los santos óleos: catecúmenos, enfermos y el de crisma. Es un día sacerdotal, día en que Jesucristo instituyó la Eucaristía, el Sacerdocio y con el gesto del lavatorio de los pies, el servicio de la caridad al prójimo.

La liturgia cristiana ha hecho suyo el uso del Antiguo Testamento, según el cual los reyes, sacerdotes y profetas eran ungidos con el óleo de la consagración, pues ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa precisamente “Ungido del Señor”.

Mediante esta consagración fuimos constituidos “Pueblo sacerdotal, la Nación santa”, identificados al Mesías. Por la unción de los santos óleos de los catecúmenos, el Pueblo de Dios se deja purificar, alejado del apego al mal y al pecado. Por el óleo de los enfermos, se deja fortalecer la pasión y resurrección de Cristo, y con el óleo del santo crisma, se dispone a recibir la gracia del bautismo, identificándose así a Cristo, profeta, sacerdote y servidor de los hermanos.

Esta Misa crismal, en la cual el obispo concelebra con su Presbiterio, manifiesta la comunión existente entre el obispo y sus presbíteros en el único y mismo sacerdocio y ministerio de Cristo. Y reunido con el Pueblo santo de Dios, manifiesta que la Iglesia está sustentada por el Bautismo por el que todos somos un Sacerdocio real, dentro del cual se encuentra el Sacerdocio Ministerial para santificar a los fieles, discípulos misioneros de Jesucristo.

Tomamos conciencia de que somos cristianos, es decir, ungidos por los sacramentos y enriquecidos por la Gracia del Espíritu Santo, y recibimos la misma misión que Jesucristo, el Mesías, el Ungido: anunciar la Buena Nueva, la salvación del hombre, libre de toda esclavitud – de las tantas y nuevas esclavitudes actuales – para ser discípulos misioneros en un mundo cargado de tensiones, polarizados por problemas políticos, sociales, económicos, culturales. Por eso, el Papa Francisco nos invita a no cansarnos en la solución de los mismos, evitando toda violencia.

A propósito de ataduras ideológicas, quiero llamar la atención sobre la autenticidad de la fe cristiana. En estos días también se tendrá en Paraguay un encuentro de la Masonería. Les recuerdo a los cristianos, que no se puede ser católico y masón, porque son incompatibles para la fe cristiana, los principios de la masonería. No se dejen engañar nuestras familias y nuestros jóvenes por quienes digan lo contrario. La apostasía es negar la propia fe cristiana. Junto con el sincretismo, constituyen alejamiento práctico y doctrinal de la comunidad que, siendo pecado grave exige una renuncia clara a la masonería y al sincretismo religioso, para acercarse a los sacramentos de la Iglesia.

Hoy también venimos a rezar para que cada cristiano y católico se aparte de la tentación de la violencia, en todas sus formas, recordando el Mensaje del Papa Francisco para este año en la Jornada Mundial de la paz, que practiquemos la no violencia, resistamos al mal, a las injusticias, a la misma violencia con el pensamiento, el sentimiento y las obras no violentas, como resistencia activa al mal. En la práctica, devolviendo a quienes usan de la violencia, gestos de perdón, reconciliación, cercanía y racionalidad. El Pueblo santo de Dios no necesita recurrir a devolver mal por mal, sino “amar al enemigo” con gestos de no violencia activa. Recordamos la famosa oración de San Francisco de Asís, donde haya odio, ponga yo amor…

De ahí, la práctica constante del diálogo, de la cultura del encuentro. El año dedicado a los jóvenes, centrado en “abrazarse a Cristo Jesús” no debe ser simplemente unos slogans, sino convertirse en prácticas de reconciliación, que resuene en nuestros corazones las palabras de Jesús “ustedes son mis amigos”. Fuimos ungidos para esa misión! No cedamos a la intolerancia, a la enemistad, a las ofensas e insultos de unos contra otros… Diría Jesús, eso lo hacen los que no creen en Dios, los paganos. Ustedes, amen a sus enemigos, recen por ellos…

Les invito a todos a cultivar en la mente y el corazón la cultura del diálogo, franco, respetuoso de la diversidad de opciones de los otros. Esta es la salida, no la sordera o el ausentismo a la difícil y penosa tarea de poner juntos los problemas y buscar salidas buenas para todos, como vencedores – vencedores.

Necesitamos hoy escuchar qué mensaje nos da la Palabra de Dios proclamada.

 Nación sacerdotal (Is 61,1-3a.6a.8b-9)

 Queridos hermanos sacerdotes: Hemos escuchado, en la primera lectura, como el texto de Isaías profetiza la conformación del pueblo de Israel, que regresa del exilio, como una nación sacerdotal: “Ustedes serán llamados «sacerdotes de Yahvéh» y los nombrarán «ministros de nuestro Dios»” (Is 61,6).

El profeta vislumbra con estas palabras el tiempo venidero, el rol sacerdotal que el pueblo santo cumplirá en la reconstrucción de Israel que fuera devastada por los enemigos y exiliados sus habitantes.

 La nación debía reconstruirse al regreso del exilio; las instituciones debían restablecerse y se disponían a edificar de nuevo la nación devastada.

 El mensajero presenta su misión profética. Recibe el encargo para ser enviado y para ejercer el rol de un ministro de la palabra. El anuncio se refiere al triunfo de la justicia en Israel, en las relaciones comunitarias y ciudadanas; y al cese de las injusticias y opresiones extranjeras contra los judíos.

El profeta debe pregonar, debe ser un heraldo de la palabra, deberá ser anunciador de la buena noticia. Para esta tarea está equipado con el don del Espíritu, que es unción o consagración carismática (cf. Is 48,16). Con su palabra comienza curando por dentro a los que sufren, porque propaga y promulga un año jubilar de parte del Señor.

La acción divina hace sucumbir a los enemigos, por un lado; y por el otro, concede la gracia porque resarce al pueblo por los sufrimientos. La buena noticia lleva fuerza de convicción y opera una transformación interna que llama al consuelo. Son beneficiarios los afligidos que sufren pacientemente. La consolidación interna busca su expresión, el gozo cambia los ritos de luto en ritos de fiesta.

Isaías anuncia un pacto perpetuo, una alianza eterna que desborda los límites de una justicia conmutativa o distributiva al establecer un sistema nuevo de relaciones. Las naciones reconocerán la acción de Dios porque Dios bendice infundiendo fecundidad como bendijo a Abrahán para que sea modelo deseable para todos. Ahora bendice a su pueblo como estirpe elegida, como raza bendita de Yahwéh.

 Reino de sacerdotes (Ap 1,4b-8)

 El texto proclamado del Apocalipsis(Ap 1,4b-8), libro de profecía por excelencia del Nuevo Testamento,la comunidad, reunida en asamblea litúrgica, reconoce que Jesucristo la ama y la ha purificado con su sangre de sus pecados y la ha constituido un “Reino de sacerdotes para su Dios y Padre”.

En la confesión de fe de la comunidad se subraya la segunda venida de Jesucristo que se describe con palabras del profeta Daniel (7,3): “Va a venir acompañado de nubes”; una venida que será visible para todos y que será motivo de duelo de todas las razas de la tierra.

Al final del saludo, el lector proclama que ha hablado “el Señor Dios, el Todopoderoso”, el “Alfa y la Omega”… “Aquel que es, que era y que va a venir” (v. 8).

 La unción espiritual y la misión (Lc 4,16-21)

En el Evangelio, San Lucasrelata que Jesús fue a Nazara o Nazaret, en la región de Galilea (v. 14), “donde se había criado”. Es la ciudad donde vivió su infancia y su adolescencia junto a sus padres: José y María. Lucas pone de relieve que Jesús acostumbraba acudir a la sinagoga como lo hacía un judío observante que dedica el “día séptimo de cada semana al estudio de la ley y de las costumbres y tradiciones hebreas”.

Es posible que Jesús haya sido invitado por el presidente de la Sinagoga a leer y comentar un texto de la Escritura, como les sucedió a Pablo y a Bernabé en Antioquía de Pisidia (Hch 13,15). El servicio litúrgico sinagogal del šabāt en la antigua Palestina consistía en el canto de un salmo, la recitación comunitaria del šema’ (“Escucha Israel”) y de las “Dieciocho bendiciones” o Tepillā y la lectura de una parte de la ley o Toráh y una sección de los profetas. Seguía un comentario sobre las lecturas escriturísticas y terminaba la celebración con la bendición impartida por el presidente de la asamblea.

A Jesús le entregaron un papiro que contenía el texto hebreo del Profeta Isaías, específicamente, del Tercer Isaías (Is 61,1-9). Es probable que en ese šabāt, conforme con la secuencia establecida por el ciclo litúrgico de la Sinagoga, correspondiese la proclamación de un texto de Isaías. Lo mismo sucedía con la lectura de la Ley o Toráh. Al desenrollar el papiro, Jesús encuentra el pasaje que se refiere a la unción del profeta. Y comenzó a proclamarlo.

Comienza diciendo: “El Espíritu del Señor sobre mí”, expresión que recuerda la imagen de su bautismo cuando el evangelista relata que “…se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, y llegó una voz del cielo: ‘Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado’” (Lc 3,21-22). Jesús explica el motivo de este descenso del Espíritu sobre él indicando que esa  acción se corresponde con su unción. Dios lo unge, lo consagra con la fuerza de su Santo Espíritu con el fin de cumplir con su ministerio.

La unción, que consistía en derramar aceite sobre la cabeza del ungido, se realizaba en el antiguo Israel para constituir un rey o para consagrar a un sacerdote o Sumo Sacerdote. El aceite de la unción servía, además, para curar, vigorizar y fortalecer o para el incremento del bienestar. Pero la unción tenía, sobre todo, un carácter jurídico y sacro, en especial cuando se ungía al rey de Israel. Este procedimiento constituía un acto de legitimación porque el monarca, o el Sumo Sacerdote, con la unción recibían los honores, la fuerza y el poder; pero, al mismo tiempo, por ese mismo acto, el gobernante quedaba sometido directamente a Yahwéh-Dios y, de ordinario, recibía un encargo o una misión. El ungido se convertía, por usar una expresión, en “vasallo de Yahwéh” para ejercer un oficio legítimo.

En el caso de Jesús que anuncia, en la Sinagoga de Nazareth, que el pasaje de Isaías se aplica a su persona, la unción implica la comunicación y la posesión del Espíritu Divino. Esto significa que está dotado con el Espíritu de Dios y constituido Mesías y profeta escatológico

El ministerio mesiánico-profético de Jesús, según san Lucas, consiste, básicamente, en “predicar la buena noticia”, evangelizar, proclamar el plan de salvación de Dios. Esa buena noticia, cuya profecía corresponde a Isaías, tiene como destinatarios a los pobres que en este pasaje se especifica con los cautivos, los ciegos y los oprimidos.

Los cautivos son los que carecen de libertad, encarcelados justa o injustamente por un delito real o presunto. Pero también son los prisioneros de las deudas y de otras formas de esclavitudes que necesitan condonación o perdón. Todos necesitamos un “jubileo”, un tiempo especial de liberación para dejar el “hombre viejo” y asumir, con fe, los desafíos que trae consigo la vida del “hombre nuevo”.

La ceguera no solo implica la limitación física de vivir en la oscuridad sin poder ver la luz y contemplar las maravillas de la creación; también es signo de la falta de fe, de una vida sin el auxilio de Dios. Es una tremenda pobreza de la condición humana que recuerda una pobreza más profunda: la pobreza existencial y espiritual.

La opresión indica la sujeción de la persona a un dominador. Se trata de la sumisión del hombre y de la mujer a una servidumbre que tiraniza y avasalla, La opresión mengua o anula la libertad humana porque sofoca y asfixia la posibilidad del ser humano de manifestarse con libertad. La raíz de todas las opresiones es el pecado, es decir, el sometimiento a la dictadura del maligno con el fin de apartarnos de Dios llevando una vida opuesta al Evangelio de Cristo.

Jesús proclama el “año de gracia del Señor”, un tiempo especial en el que se anuncia la intervención de Dios para otorgar la salvación y la liberación de los oprimidos, de los ciegos, de los cautivos, de los pobres, y de todos aquellos que viven en las periferias sociales y existenciales de la humanidad.

Al culminar el anuncio del pasaje de Isaías, Jesús entregó el volumen al ayudante de la liturgia y proclamó: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura, mientras estabais escuchando”. Todos lo reconocieron y quedaron sorprendidos por las palabras de gracia que salían de su boca.

De este modo, la antigua profecía se cumplió en Jesús de Nazaret que vino a nosotros como Mesías misericordioso y compasivo para otorgarnos el indulto y la libertad que necesitábamos para amar a Dios y a nuestros hermanos, para ser anunciadores del Evangelio, testigos del Reino, discípulos y misioneros de Cristo muerto y resucitado.

Queridos hermanos sacerdotes: Nuestro sacerdocio y nuestro ministerio episcopal y presbiteral, configurado al sacerdocio de Cristo, “en su naturaleza específica y en sus fundamentos bíblicos y teológicos” es interpretado como “servicio a la gloria de Dios y al sacerdocio bautismal de los hermanos” (LG 10 y 18; Ratio Fundamentalis, 31).

Los presbíteros, en efecto, en comunión con el orden episcopal, forman parte inseparable de la comunidad eclesial y, al mismo tiempo, son constituidos pastores y guías, por voluntad de Cristo y en continuidad con la obra de los Apóstoles. Por tanto, “el sacerdote se sitúa no solo en la Iglesia, sino también al frente de la Iglesia” (Ratio Fundamentalis, 32).

Precisamente porque son pastores y están al frente de la grey del Señor, los presbíteros “están llamados a cultivar su dinamismo misionero, ejercitando con humildad el deber pastoral de guía autorizado, maestro de la Palabra y ministro de los sacramentos, viviendo una fecunda paternidad espiritual” (Ratio Fundamentalis, 33). En este sentido, el sacerdote está llamado a no caer en el “clericalismo ni cedan a la tentación de orientar la propia vida hacia la búsqueda del aplauso popular, considerando a la Iglesia como una simple institución humana. Esta actitud les haría ineficaces en el ejercicio del ministerio de conducir a la comunidad” (RatioFundamentalis, 33).

Además, la ordenación presbiteral, que le ha constituido guía del Pueblo, con la efusión del Espíritu Santo, mediante la imposición de las manos del Obispo, no debe conducir al presbítero a “dominar a los que les han sido encomendados” (1 Pe 5,3): “toda autoridad ha de ejercitarse con espíritu de servicio y dedicación desinteresada al bien del rebaño” (RatioFundamentalis, 34).

Queridos hermanos presbíteros: En la ordenación, mediante la unción sagrada, han sido “configurados a Cristo, Cabeza, Pastor, siervo y Esposo, participando de su único sacerdocio y de su misión salvífica, como colaboradores del Obispo. Así podrán ser, en la Iglesia y en el mundo un signo visible del amor misericordioso del Padre” (RatioFundamentalis, 35).

 



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