SANTA MISA
HOMILÍA 

Inicio de Cuaresma
Miércoles de Ceniza 2026

Catedral Metropolitana de Asunción

Queridos hermanos y hermanas:

Con el paso del tiempo muchos de nosotros nos vamos gastando. Se gasta la paciencia, se gasta la esperanza, se gasta la fe. Seguimos viviendo, trabajando, hablando… pero ya no alumbramos como antes. La lámpara sigue encendida, pero la luz es débil.

Cuando el corazón se desgasta aparece la ironía, el sarcasmo, la indiferencia; nos defendemos con la burla para esconder nuestras heridas. Como decimos en guaraní: Ñañembohory ha ñañomi ñande kangy, nos burlamos y escondemos nuestras debilidades. Pero hoy, después de las noches de carnaval, la Iglesia nos invita a quitarnos las máscaras: Jaipe’a ñande maskára ha ñañemboja Ñandejára rendápe, quitamos nuestras máscaras y nos acercamos a Dios. Nos presentamos ante el Señor desenmascarados y desmaquillados, con un corazón sincero, sin maquillajes ni disfraces, sin cera que tape las grietas, como antiguamente hacían algunos artesanos del mármol que ponían cera para esconder las fisuras. La Cuaresma nos llama a un corazón sincero, sin cera, tal como somos ante Dios.

Hoy la Palabra de Dios nos habla por medio del profeta Joel: “Vuélvanse a mí de todo corazón” (Joel 2,12‑18). Volver al Señor es volver a la fuente del aceite que alimenta la lámpara. Es recargarnos de su misericordia, de su compasión, de su gracia, porque Él es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia, y se conmueve ante la desgracia.

Hoy, al recibir la ceniza, tocamos nuestro pecho como diciendo: Señor, despierta mi corazón endurecido; reaviva la fe cansada, la esperanza debilitada, el amor enfriado.

La conversión no termina en uno mismo. Cuando un corazón se convierte cambia una familia; cuando muchas familias cambian, cambia el barrio; cuando muchos corazones vuelven a Dios, cambia la sociedad. La conversión social es la suma de corazones convertidos.

También nuestra comunidad forma un cuerpo social, y ese cuerpo necesita revisión y diagnóstico, como cuando hacemos análisis clínicos para ver si los valores están equilibrados. En medicina existen rangos normales que indican salud. Cuando el azúcar o el colesterol salen de esos rangos, el médico advierte que hay peligro. Del mismo modo, cuando en la sociedad suben la violencia, la mentira, la corrupción o la indiferencia, y bajan la solidaridad, la justicia, la verdad y la compasión, significa que los valores del cuerpo social están alterados y la comunidad se debilita.

Necesitamos recuperar y estabilizar nuestros valores: la confianza entre vecinos, el respeto a los niños, el cuidado de los ancianos, la honestidad en el trabajo, la justicia en las instituciones, la cercanía con los pobres. Cuando estos valores se alteran, aparecen enfermedades sociales como la violencia, el abandono, la desigualdad y la desesperanza.

La Cuaresma es tiempo de diagnóstico y también de tratamiento. Hoy recibimos las cenizas en la frente como signo humilde de verdad: recordamos que somos polvo, que la vida es breve, y que necesitamos volver a Dios. Las cenizas nos llaman a sanar los rangos alterados de nuestra vida, también nuestros rangos espirituales y psicológicos: la fe debilitada, la esperanza cansada, el amor enfriado, la paz interior perdida. Pero no estamos solos: tenemos a Jesús, el Señor, médico de nuestras almas, que nos conoce profundamente, conoce nuestro corazón y quiere sanarnos, estabilizarnos y devolvernos el equilibrio interior. Él nos ofrece remedios eficaces: el sacramento de la reconciliación, donde recibimos el perdón y la paz; la Eucaristía, donde Cristo nos fortalece con su presencia; y el camino concreto de la Cuaresma que podemos llamar las tres A: el ayuno, que purifica nuestros deseos; la ayuda, que abre nuestras manos al hermano necesitado; y el acercamiento a Dios, en la oración sincera que renueva nuestra fe. Así nuestros valores se equilibran, nuestro corazón se sana y el cuerpo social recobra su fortaleza.

En este espíritu queremos rezar por el niño Tobías Suárez, arrastrado por los raudales de las lluvias recientes en la zona de San Lorenzo. Nos unimos a su papá, a su mamá y a toda su familia, pidiendo al Señor que sea encontrado y que Dios los sostenga en esta hora de angustia.

Recordamos también la historia del joven Tobías, que la Biblia sitúa hace unos 2.700 años, en tiempos del exilio de Israel. Era un hijo amado que salió de viaje acompañado por el ángel Rafael y regresó para devolver la vista a su padre Tobit. Esa historia nos habla de la fe de una familia que espera y confía en Dios. Hoy esa fe nos sostiene cuando rezamos por nuestros niños y por nuestras familias.

El Evangelio nos muestra el camino para volver a encender la lámpara: la oración que nos devuelve a Dios, el ayuno que purifica el corazón, la limosna que devuelve el amor a los demás. Estas prácticas son el aceite que mantiene viva la luz de la fe y nos ayudan a recuperar y estabilizar nuestros valores personales y comunitarios.

Hermanos y hermanas, hoy es tiempo de recomenzar. Hoy es tiempo de quitar las máscaras. Hoy es tiempo de volver al Señor. Digamos en silencio: Señor, crea en nosotros un corazón nuevo, vuelve a encender la luz que se había apagado.

Que María Santísima de Caacupé nos acompañe en este camino de conversión y renueve nuestra Iglesia y nuestro Paraguay.

Ñandejára, eme’ẽ oréve py’a pyahu ha jerovia mbarete. Amén.

18 de febrero 2026

Adalberto Card. Martínez Flores

Arzobispo Metropolitano