SANTA MISA
HOMILÍA
SEXTO DÍA DEL NOVENARIO DE SANTA CATALINA DE SIENA
Tema: Asegurar una salud integral.
Queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos conduce a contemplar la salud integral como don de Dios y camino de salvación. En la primera lectura vemos a Saulo, después Pablo, como un hombre herido en lo profundo, ciego por un fanatismo “religioso”, convencido de hacer justicia con sus propias manos, respirando amenazas contra los discípulos del Señor. Su corazón ardía, sí, pero no por el amor sino por un celo sin luz. Y precisamente allí, en esa oscuridad interior, sale a su encuentro Cristo resucitado como luz que salva. “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Qué palabra tan profunda. El Señor no lo aplasta, lo convierte; no lo condena, lo sana. En el camino de Damasco Pablo se encuentra con la Luz. Aquí resuena el prólogo del Evangelio de san Juan: Cristo es la luz verdadera que vino a iluminar a todo hombre; la luz que brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron.
Esa luz penetra la oscuridad de Saulo, derriba sus falsas seguridades, le hace caer para enseñarle a levantarse de otra manera. Pierde la vista para empezar a ver de verdad. Queda en silencio para aprender a escuchar. También nosotros tenemos cegueras que el Señor quiere iluminar: la dureza del corazón, la violencia que se disfraza de justicia, el orgullo espiritual, la indiferencia frente al dolor ajeno. La salud integral comienza cuando dejamos que Cristo ilumine nuestras oscuridades.
Es conmovedor que el Señor quiera sanar a Pablo a través de Ananías. La curación pasa por la Iglesia, por la comunidad, por la mediación fraterna. “Saulo, hermano mío…”. Qué palabra sanadora. Cuando caen de sus ojos como escamas nace una mirada nueva. El perseguidor se vuelve apóstol. Así obra la gracia: sana para enviar. No hay salud integral sin fraternidad.
El salmo nos impulsa a la misión: “Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio”. Quien ha sido tocado por la luz no puede guardarla para sí. El Evangelio es medicina para el mundo. “Inquebrantable es su amor por nosotros”, hemos cantado. Saberse amado por Dios es ya una forma profunda de curación.
El Evangelio nos lleva al corazón de la salud integral, cuando Jesús dice: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo… mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. Cristo no solo ilumina como luz; también alimenta como pan. Él mismo se hace alimento para la vida del mundo. La Eucaristía es pan para nuestra salud física y espiritual, pan de comunión y pan de vida eterna.
Jesús no habla de un pan lejano; se nos da como pan vivo presente, aquí entre nosotros, ofrecido en esta Eucaristía. En cada misa el cielo se abre y se nos anticipa. Como decía Carlo Acutis, la Eucaristía es la autopista al cielo. Cristo está aquí. Está entre nosotros. Se nos da como Pan vivo.
Resplandece también el testimonio de Santa Catalina de Siena, cuya devoción eucarística fue ardiente. Para ella la Eucaristía era verdaderamente el Pan de Vida que alimenta el alma y transforma el corazón. Desde ese Pan aprendió a amar a la Iglesia, a servir a los pobres, a cuidar a los enfermos y a trabajar por la paz. La Eucaristía fue para ella escuela de humildad, fuego de caridad y medicina del alma.
Cristo Eucaristía es medicina para nuestras heridas interiores, alimento para nuestras fragilidades, fortaleza para nuestros cansancios, remedio para nuestras soledades. Los Padres de la Iglesia la llamaban medicina de inmortalidad. Quien se nutre del Pan vivo aprende también a convertirse en pan partido para los demás.
Las lecturas de hoy forman un solo anuncio pascual: Cristo nos ilumina como a Pablo, nos envía como proclama el salmo y nos alimenta en la Eucaristía con el Pan vivo bajado del cielo. Luz para nuestras cegueras, misión para nuestras vidas, pan para nuestro camino. Allí está la verdadera salud integral.
Pidamos que la luz que derribó a Pablo derribe también nuestras oscuridades; que el Pan vivo que hoy recibimos cure nuestras heridas visibles e invisibles; que esta Eucaristía nos llene ya del cielo. Y que, alimentados por la carne verdadera y la sangre verdadera de Cristo, siguiendo el ejemplo eucarístico de Santa Catalina de Siena, podamos vivir por Él y ser testigos de la luz, servidores de la salud integral y peregrinos de esperanza.
Que el Señor nos conceda comprender que la Eucaristía no es solo algo que recibimos, sino Alguien que nos transforma. Que el Pan vivo bajado del cielo fortalezca nuestra fe, cure nuestras heridas, avive nuestra esperanza y haga de nuestras comunidades lugares donde florezca la vida. Amén.
24 de abril de 2026
+ Adalberto Card. Martínez Flores
Arzobispo Metropolitano
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