Queridos hermanos y hermanas, hoy celebramos con inmensa alegría la solemnidad de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua del Señor. Cristo Resucitado cumple su promesa y envía el Espíritu Santo sobre la Iglesia reunida con María en el Cenáculo. Pentecostés no es solamente un acontecimiento del pasado; es una gracia viva que sigue renovando hoy el corazón de la Iglesia y de cada creyente.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos mostraba aquel momento extraordinario: un viento fuerte llenó toda la casa y aparecieron lenguas como de fuego sobre los discípulos. El Espíritu Santo irrumpe como viento y como fuego. El viento nos recuerda la fuerza invisible de Dios que mueve la historia; el fuego simboliza una presencia que ilumina, purifica y transforma.

Aquellos hombres que antes estaban encerrados por miedo ahora salen llenos de valentía para anunciar las maravillas de Dios. El Espíritu Santo transforma completamente sus vidas. El miedo se convierte en misión. El encierro se convierte en anuncio. La tristeza se transforma en alegría evangelizadora.

Pentecostés es el nacimiento visible de la Iglesia misionera. El Espíritu Santo convierte a los discípulos en peregrinos misioneros, enviados a sembrar la buena semilla del Evangelio en medio del mundo. Ya no podían quedarse encerrados en el Cenáculo. El Espíritu los impulsa a salir, a anunciar, a abrir caminos y surcos para sembrar esperanza en medio de la humanidad.

Y providencialmente hoy, 24 de mayo, celebramos también a María Auxiliadora. Ella estaba presente en el Cenáculo junto a los discípulos, perseverando en la oración y esperando la promesa de Jesús. María sigue caminando con su pueblo y acompañando nuestras luchas, dolores y esperanzas. Ella es verdaderamente Auxilio de los Cristianos y Madre de la Iglesia naciente.

Muchas veces atravesamos situaciones que parecen imposibles: enfermedades, conflictos familiares, dificultades económicas o heridas sociales. Pero María Auxiliadora nos sigue recordando aquellas palabras que el ángel Gabriel le dirigió en el Evangelio de san Lucas: “Porque nada es imposible para Dios” (Lc 1,37). María creyó en esa promesa aun en medio de las incertidumbres, y por eso continúa acompañando hoy nuestras luchas, dolores y esperanzas.

En la segunda lectura, san Pablo nos recordaba: “Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo” y también: “A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Cor 12,4.7). Cada persona recibe dones distintos, pero todos son dados no para el orgullo personal, sino para construir comunión, fraternidad y servicio. Nadie recibe dones solamente para sí mismo.

Luego san Pablo utiliza una imagen profundamente hermosa y muy concreta para comprender la vida de la Iglesia: “El cuerpo es uno y tiene muchos miembros” (1 Cor 12,12). Cristo es la Cabeza y nosotros formamos su cuerpo místico. Así como en el cuerpo humano cada órgano y cada miembro cumplen una función necesaria, también dentro de la Iglesia cada persona tiene un lugar, una misión y una dignidad. Nadie sobra, nadie es inútil, nadie debería sentirse excluido. Todos somos necesarios para construir la comunión y la vida del Pueblo de Dios.

Y así como el cuerpo humano necesita que todos sus órganos funcionen armónicamente, también la sociedad necesita armonía, justicia y solidaridad para mantenerse viva. Cuando un órgano del cuerpo deja de recibir sangre, puede producirse un infarto o un accidente cardiovascular. La circulación se bloquea y el daño puede ser fatal para todo el organismo.

Algo semejante sucede también en el cuerpo social. Cuando se bloquea la solidaridad, cuando falta justicia, cuando algunos viven excluidos o abandonados, el tejido social comienza a enfermarse. El sufrimiento de los demás no puede dejarnos indiferentes.

Por eso san Pablo afirma: “Si un miembro sufre, todos sufren con él” (1 Cor 12,26). Las heridas del pueblo deberían dolernos también a nosotros. Como reflexionábamos también en el Te Deum, cuando una parte del pueblo sufre —los pobres, los enfermos, los jóvenes sin oportunidades, las familias heridas o quienes viven situaciones de exclusión—, toda la sociedad termina enfermándose. Nadie se salva solo. Todos estamos profundamente interconectados como miembros de un mismo cuerpo.

El papa Francisco decía que aparentemente el Espíritu Santo podría parecer que crea cierto “desorden” en la Iglesia por la diversidad de carismas y dones. Pero aclaraba inmediatamente que el Espíritu Santo no crea división; crea armonía. El Espíritu une las diferencias y conduce a la comunión.

Pentecostés aparece así como el gran contraste con la torre de Babel. En Babel, los hombres quisieron construir una torre desde el orgullo, la autosuficiencia y el egoísmo humano, creyendo que podían alcanzar el cielo solamente con sus propias fuerzas. El resultado fue la confusión, la división y la ruptura entre los pueblos. Babel termina siendo símbolo de una humanidad fragmentada por las ambiciones, las rivalidades y los intereses egoístas.

En cambio, Pentecostés es la reconstrucción que el Espíritu Santo realiza en la humanidad. Allí donde Babel había dividido, el Espíritu Santo vuelve a unir. Allí donde el orgullo había levantado muros, el Espíritu abre caminos de encuentro. Pentecostés reconstruye las relaciones humanas, sana el cuerpo social herido y nos ayuda nuevamente a comprendernos como hermanos. El Espíritu Santo nos llama a reconstruir la fraternidad, la convivencia y la comunión entre las personas, las familias y los pueblos.

Jesús mismo advierte sobre este peligro en la parábola del rico insensato (cf. Lc 12,16-21), aquel hombre que acumulaba y acumulaba solamente para sí mismo, olvidándose de Dios y de los demás. Pensaba únicamente en agrandar sus graneros y asegurar su propio bienestar, creyendo que tenía garantizada la vida y el futuro. Pero el Señor le dice: “Necio, esta misma noche te reclamarán la vida” (Lc 12,20).

Esta palabra del Evangelio sigue interpelándonos hoy frente a la injusta acumulación y distribución de los bienes, que termina generando profundas inequidades dentro del cuerpo social: desigualdades en el acceso a la salud, al trabajo digno, al techo, a la educación y a oportunidades verdaderamente humanas para todos. Cuando unos pocos acumulan excesivamente mientras muchos viven en necesidades y exclusión, también el cuerpo social se enferma y se debilita la fraternidad entre hermanos.

Mientras vivimos nuestra vocación ciudadana y cristiana, estamos llamados no solamente a acumular bienes materiales para nosotros mismos, sino sobre todo a acumular tesoros para el cielo mediante el amor, la solidaridad, la justicia y el compartir generoso con los demás. Los bienes adquieren verdadero sentido cuando son administrados con responsabilidad social y abiertos al bien común.

La Doctrina Social de la Iglesia, especialmente el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (cf. nn. 149-151 sobre el bien común y la destinación universal de los bienes) y Fratelli Tutti (cf. nn. 30-31 y 67), nos recuerdan que el bien común, la solidaridad y la fraternidad no son simples ideas abstractas, sino exigencias concretas del Evangelio. La Iglesia enseña que todos somos responsables unos de otros y que una sociedad verdaderamente humana se construye cuando nadie queda excluido, olvidado o abandonado. Allí donde crece la indiferencia, la desigualdad, la violencia o la exclusión, también se debilita el cuerpo social y se hiere la convivencia entre hermanos.

También vemos hoy el sufrimiento de muchos migrantes y refugiados que dejan sus tierras buscando paz y dignidad. Y debemos preguntarnos sinceramente: ¿Los miramos como hermanos o como amenazas? ¿Construimos puentes o levantamos muros?

Paraguay mismo conoce la experiencia de las migraciones. Muchísimos paraguayos tuvieron que partir hacia otros países buscando trabajo y oportunidades para sus familias. Y también nuestro pueblo recibió a personas venidas de otras culturas y naciones que fueron formando parte de nuestra convivencia social.

Y, sin embargo, debemos reconocer con sinceridad que a veces también entre nosotros aparecen actitudes de rechazo, desconfianza o expresiones denigratorias hacia algunos migrantes y refugiados que han llegado últimamente buscando protección o una vida más digna.

A veces el corazón humano cae fácilmente en la discriminación hacia quien es diferente, hacia quien habla otra lengua o viene de otra nación. Incluso entre nosotros puede aparecer aquella actitud que en guaraní muchas veces se expresa diciendo: “Ndaha’éi ñande rehegua”, como diciendo: “No es de los nuestros”.

Pero el Espíritu Santo hace exactamente lo contrario: abre caminos de diálogo, construye puentes, estrecha relaciones y crea fraternidad. Pentecostés nos enseña que todos somos llamados a reconocernos verdaderamente como hermanos. El Espíritu Santo nos ayuda a comprender que nadie vive aislado y que estamos llamados a cuidarnos mutuamente como miembros de una misma familia humana. Por eso necesitamos aprender el lenguaje que el Espíritu nos infunde: el lenguaje del amor, de la solidaridad, de la misericordia, de la cercanía y del encuentro fraterno. Allí donde el mundo muchas veces habla el lenguaje del odio, de la discriminación y de la indiferencia, el Espíritu Santo nos invita a hablar el lenguaje del Evangelio y de la fraternidad. Como podríamos decir también en guaraní: “Opavave ñaikotevẽ ojupe”, es decir: “Todos nos necesitamos”.

Por eso hoy podríamos preguntarnos sinceramente: ¿Tenemos un corazón abierto para acoger y comprender al otro? ¿Construimos puentes o levantamos muros? ¿Ayudamos a sanar heridas o alimentamos divisiones y prejuicios?

En el Evangelio, los discípulos estaban encerrados por miedo. Pero Jesús Resucitado entra en medio de ellos y les dice: “La paz a vosotros”. La primera palabra de Cristo Resucitado es precisamente la paz. No una paz superficial, sino la paz profunda que nace de la presencia de Dios y de la reconciliación interior. Luego Jesús sopla sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo”. Ese soplo recrea el corazón humano y devuelve la vida interior.

También nosotros necesitamos hoy ese soplo del Espíritu Santo para sanar divisiones, reconstruir la esperanza y fortalecer la fraternidad. Necesitamos dejarnos conducir por el Espíritu de Dios para no encerrarnos en nuestros egoísmos, resentimientos o indiferencias.

Recordemos aquellas palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra”. Ese fuego es el fuego del Espíritu Santo que ilumina, purifica y transforma nuestros corazones. Ojalá ese fuego pueda seguir ardiendo en nuestras familias, comunidades y en toda nuestra patria.

Que María Auxiliadora siga acompañando a nuestra Iglesia y a nuestra patria. Que nos enseñe a vivir con un corazón humilde, abierto a la Palabra de Dios y dispuesto a caminar según la voluntad del Señor. Que el Espíritu Santo nos conceda corazones reconciliados, sensibles al sufrimiento de los demás y comprometidos con el bien común. Y que podamos caminar juntos como un solo cuerpo cuyo centro y cabeza es Jesucristo, construyendo una sociedad más fraterna, solidaria y llena de esperanza. María Auxilio de los Cristianos y Madre de Pentecostés, ruega por nosotros.

 

Asunción, 24 de mayo del 2026


Card. Adalberto Martinez Flores
Arzobispo de la Arquidiócesis de Asunción